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La remigración: el mito movilizador que reaviva la voluntad europea

La huelga general, la revolución proletaria, la restauración monárquica, el Frexit [Francia abandona la UE] , Gaza… cada corriente política tiene su mito que moviliza a sus militantes y simpatizantes. Ese objetivo último, cuya futura consecución podría suponer la victoria, permite arrastrar a las masas en su estela. Nuestra época individualista, reacia a los grandes relatos movilizadores, parece carecer de él. Sin embargo, para la juventud europea arraigada, ese mito es el de la remigración.

 


 

Tener razón no basta; todo movimiento necesita un mito. Desde Georges Sorel hasta José Carlos Mariátegui, varios pensadores socialistas han reflexionado sobre la noción de mito político movilizador: una imagen poderosa de un futuro potencial que expresa las aspiraciones de un colectivo y despierta la pasión y la acción. El mito soreliano no vale por su veracidad, sino por su eficacia: crea una dinámica. Es una proyección cuyo objetivo es poner en marcha las energías, una imagen que permite hacer converger las mentes hacia un objetivo común que hace las veces de perspectiva.

Cada mito está anclado en un momento histórico concreto. La huelga general era el mito movilizador de Sorel (se articulaba en torno a un poderoso movimiento sindicalista). En el siglo XX, los regímenes totalitarios se basaron en gran medida en relatos movilizadores. Estas construcciones simbólicas, independientemente de su relación con la verdad, estructuraron poderosos imaginarios colectivos. Demostraron que un mito no necesita ser exacto para ser eficaz: basta con que sea compartido. En 1947, Thomas Mann describía esta capacidad de las sociedades de masas para estructurarse en torno a relatos simplificados, emocionales y, en ocasiones, desconectados de la realidad. El mito político, escribía en esencia, actúa como una «fe que forma comunidad», una fuerza que trasciende la mera argumentación racional.

«Un mito político no se decreta. En cambio, nos corresponde a nosotros identificarlo e instrumentalizarlo», escribe François Bousquet. Surge, se cristaliza, se impone. No se reduce a un programa político detallado ni a una política pública de aplicación inmediata. Más bien funciona como una representación global, una imagen sencilla y radical de un futuro posible. Su fuerza radica precisamente en esa simplicidad: propone una solución clara a una situación percibida como compleja o angustiante. Ofrece un horizonte, una dirección, un relato. En este sentido, cumple varias funciones: dar sentido, unir, estructurar un imaginario común y, sobre todo, suscitar el compromiso.

El mito no se analiza únicamente en términos de viabilidad o racionalidad. Pertenece a un registro diferente: el de la proyección, el afecto y la identificación. Traza un paisaje mental en el que la acción no sólo parece posible, sino necesaria.

 

La historia como campo de posibilidades

Una de las características de los mitos políticos es mantener abierta la cuestión del futuro. Rechazan el fatalismo y cuestionan la idea de una evolución irreversible. Independientemente de los análisis sobre el declive o la transformación de las sociedades, afirman que la historia aún está por escribir. Esta visión se basa en la idea de que las trayectorias históricas pueden modificarse mediante la voluntad colectiva. En este marco, el mito desempeña un papel de acelerador: busca crear el futuro. Actúa como una palanca, un catalizador de energía militante. No dice lo que será, sino lo que podría suceder si una masa crítica de individuos lo hace suyo.

Lejos de haber desaparecido, los mitos políticos siguen pudiendo estructurar compromisos y visiones del mundo. Dan testimonio de una necesidad persistente de relatos globales, capaces de dar una dirección a la acción colectiva. Ya se analicen como un proyecto, un eslogan o una construcción simbólica, ilustran sobre todo la permanencia del hecho mítico en la política. Porque, en definitiva, una sociedad no se mueve únicamente por programas o estadísticas, sino también por representaciones. Y mientras persista esta necesidad de sentido y de proyección, habrá mitos que la alimenten.

 

La remigración: una necesidad para los europeos

La remigración se inscribe en esta lógica y se perfila como el mito más unificador para el campo de los defensores de la civilización europea. No hace falta explicar aquí las razones por las que la remigración es más necesaria que nunca y vital para la supervivencia de nuestro pueblo. La demografía hace la historia y las cifras confirman el Gran Reemplazo y la absoluta necesidad de la remigración.

A pesar de todo, la remigración es un término difícil de imponer en el lenguaje corriente, ya que sigue cargado de fuertes connotaciones políticas e ideológicas, a menudo percibidas como radicales o incluso extremistas. Esta carga conflictiva y negativa frena su difusión entre el gran público, donde suscita más rechazo o controversia que adhesión.

Sin embargo, es precisamente en la imagen de la remigración donde podríamos encontrar ese mito capaz de aglutinar las voluntades. Para que la remigración se convierta en una imagen movilizadora, es necesario que el debate político se centre en torno a la inmigración. Pero la política electoral no es más que una parte de la lucha política.

 

Por todo eso, nuestra revista Éléments-El Manifiesto dedica su n.º 5 a la REMIGRACIÓN


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Continuidad del pensamiento de la Nueva Derecha

El regreso a su país de origen de la mayoría de los inmigrantes no europeos presentes en nuestro territorio constituye la culminación política de la producción intelectual de la Nueva Derecha. Ya en los años 70 y 80, el etnodiferencialismo y el concepto de identidad ocupaban un lugar central en la lucha ideológica librada por los pensadores de la Nueva Derecha. «El deseo de igualdad, que sucedió al deseo de libertad, fue la gran pasión de los tiempos modernos. La de los tiempos posmodernos será el deseo de identidad», analizaba Alain de Benoist en 2002.

En esta línea, los movimientos intelectuales o militantes franceses (desde el Instituto Iliade hasta Génération identitaire) y europeos (Cumbres de la remigración) se esfuerzan por poner de relieve la remigración basándose en la defensa de una identidad europea arraigada en una historia de larga trayectoria, en una transmisión directa desde los indoeuropeos —el primer pueblo portador de un modelo de organización social, de referencias culturales y de relatos fundacionales que constituyen la memoria más antigua de la civilización europea—.

La influencia de este movimiento, aunque numéricamente reducida (intelectuales, think tanks, grupos activistas, influencers), se hace cada vez más perceptible en el debate público y el ámbito de lo dicible se abre a estas temáticas, sobre todo entre las generaciones más jóvenes. Influir en el vocabulario para orientar las representaciones: tal es la lógica metapolítica que está en marcha. «La simple palabra “identitario”, ignorada antes de la década de 2000 fuera de la extrema derecha, ha pasado a formar parte del uso corriente, tras una evolución que los militantes del “gramscismo de derechas” consideran una victoria en la guerra de palabras que han emprendido», confirma el politólogo Jean-Yves Camus.

La idea de la remigración, durante mucho tiempo confinada a los márgenes de la derecha radical, se infiltra ahora en el debate político europeo. Mediante la organización de encuentros y la publicación de textos, el término está siendo adoptado en toda Europa por activistas e intelectuales (Jean-Yves Le Gallou, por supuesto, el austriaco Martin Sellner, el alemán Benedikt Kaiser, el portugués Afonso Gonçalves, la neerlandesa Eva Vlaardingerbroek y el británico Tommy Robinson) y por partidos políticos (el FPÖ austriaco, Reconquista! en Francia).

 

Unir a la derecha europea

La remigración constituye una imagen lo suficientemente poderosa como para unir a la «derecha europea», que hoy en día se encuentra fragmentada. El objetivo es aglutinar a todas las personas que aún se interesan por el futuro de nuestra civilización, reunirlas en torno a una base común, más allá de las divisiones partidistas y al margen de las diferencias que deben dejarse de lado. «Debemos formar una amplia coalición en torno a la cuestión más importante: nuestra existencia y nuestra continuidad etnocultural. Si estáis de acuerdo con esto, sois de los nuestros», recuerda Martin Sellner.

Es en el mito político y en la acción donde se forjará la voluntad de recuperar nuestro legado en gran parte de la juventud. Es en la lucha y en las situaciones concretas donde la gente se revela. Hoy en día, ¿cuáles son las causas a las que dedicarse? No existe ningún mito movilizador para las ideas de nuestros adversarios, ya sea para el advenimiento de la «startup nation» o de la sociedad líquida. Nuestra labor consiste en despertar las conciencias y demostrar que hay una causa por la que movilizarse.

La civilización europea, con tres milenios de historia a sus espaldas, sólo sobrevivirá si los pueblos tienen el valor de defender lo que son. Sólo podrá recuperar su grandeza con una condición: reconocer plenamente lo que es y asumir lo que conforma su identidad. No hay que bajar nunca los brazos ni rendirse. Ahora más que nunca, la historia está abierta.

© Éléments

 

“Textos imposibles de encontrar en
cualquier otra publicación” —José Javier Esparza

 

 

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