El hombre no es una vaca. Si las vacas fueran capaces de expresar una utopía, esta sería sencilla: pasto rico e inagotable, un macho que la cubra cuando va toronda y tranquilidad, que es lo que más se busca. Por eso da igual en qué capítulo abramos una hipotética Historia Universal de las Vacas, siempre encontraríamos un panorama muy parecido.

Pero el hombre no es una vaca y, por lo que conocemos a partir de los primeros registros, siempre ha sabido que no es una vaca. Gilgamesh el sumerio sabe que no es una vaca. Cuando dan a elegir a Aquiles el de los Pies Ligeros una vida próspera y tranquila, pero anónima, o una muerte temprana y gloriosa, elige la muerte en batalla, porque sabe que no es una vaca.

A lo largo de los siglos, las distintas civilizaciones han variado un tanto con respecto a las aspiraciones del hombre y de las sociedades, pero, al menos, todas ellas han coincidido en que no son rebaños a los que les baste pasto abundante.

Por eso la interpretación materialista de la realidad es tan hueca, tan inane, y por eso sería imposible siquiera levantar una civilización sobre ella.

Ha habido que esperar a nuestro tiempo para que se imponga, por contra, la extraña conclusión política de que, al final, sí somos poco más o menos que vacas, y que no hay nada que no arregle una hoja Excel bien estructurada. Para mayor sorpresa, ha sido en nuestros tiempos la derecha, antaño bastión de los valores, el bando que más insiste en hacernos felices distribuyendo correctamente el forraje, aunque ni eso consiguen.

La persona individual se ha convertido, a ojos de nuestros gobernantes, en unidades intercambiables de producción y consumo, lo que simplifica considerablemente su labor. En esta mentalidad no hay historia común, ni memoria compartida, ni proyecto colectivo, solo un conjunto de agentes económicos que deben producir, consumir y, llegado el caso, ser sustituidos.

Porque si el hombre es una vaca —si basta con que haya suficiente pasto, suficiente seguridad y suficiente tranquilidad— entonces da lo mismo quién ocupe el prado. Si faltan brazos, se traen de fuera. Si sobran, se prescinde de ellos. Si unos envejecen, se sustituyen por otros más jóvenes. Todo encaja perfectamente en la hoja de cálculo. Pero el hombre no es una vaca.

Pero cualquier comunidad política, también la nuestra, es una trama de lealtades, de referencias comunes, de hábitos compartidos que no se transfieren automáticamente con un contrato de trabajo o un permiso de residencia.

La idea de que las poblaciones son intercambiables sólo puede sostenerse si se ha reducido previamente al hombre a esa condición de animal satisfecho y se convierte la política en una cuestión de gestión de flujos: de capital, de mercancías, de personas. Todo entra, todo sale, todo se ajusta.

Pero ninguna civilización ha perdurado sobre la idea de individuos intercambiables. Todas han necesitado algo más difícil de medir: un cierto sentimiento de pertenencia, una conciencia de continuidad en el tiempo, de estar participando en algo que no empieza ni termina con uno mismo. Por eso es «vienen a pagarnos nuestras pensiones», además de ser falaz, no convence a nadie. Es un planteamiento que parte de la premisa de que da igual quién esté dentro.

Sin embargo, no se puede sustituir una comunidad política y pretender que siga siendo la que era. Puede cambiar, por supuesto, como ha cambiado siempre. Puede incorporar elementos nuevos, como ha hecho siempre. Pero no puede ser tratada como si fuera una pieza más en un engranaje económico sin pagar un precio.

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