Hartos de que sus agentes se jueguen la piel persiguiendo por aguas del Estrecho a las ultrarrápidas lanchas de los narcotraficantes, la Guardia Civil suplicó a don Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, que tuviera la bondad de que, si ya no les daba material adecuado, le permitiera al menos defenderse de los narcos disparando a los motores de sus lanchas —nada más que a los motores, no se vayan ustedes a creer—. Pese al bondadoso corazón que, como todo el mundo sabe, palpita en el pecho de don Fernando, la petición fue desoída alegándose que «la sociedad no lo entendería».
¿Por qué un gobierno es capaz de llevar a cabo acciones tan ignominiosas como las siguientes? Por un lado, dota a sus guardias de medios navales grotescamente inferiores a los de los delincuentes que deben perseguir. ¿Puede alguien imaginar que una embarcación de aluminio de 6 metros detenga a un monstruo de 5.000 kilos de fibra de vidrio, lanzado a 60 nudos? No contento con ello, el gobierno en cuestión suprime, como suprimió no hace mucho, la unidad especial destinada a combatir el narcotráfico. Pero hay mucho más. En realidad, tampoco serviría de gran cosa que los guardias civiles dispusieran de sus mejores hombres y de sus más veloces embarcaciones si siguieran sometidos a la más esperpéntica de las prohibiciones: ¡hacer uso de sus armas de fuego! Y añádase a todo ello este recochineo suplementario: cuando tales medidas producen su consecuencia lógica y los guardias civiles, como ha vuelto a suceder ahora, acaban hechos picadillo, los culpables —auténticos homicidas por omisión e imprudencia temeraria— tienen el cuajo de calificar su fallecimiento no como muerte en acto de servicio, sino como «accidente laboral».
¿Qué razones pueden llevar a un gobierno a cometer tanta vileza? Diversas razones, desde las más graves —infiltración del narcotráfico en los engranajes oscuros del Estado— hasta las más imbéciles, como desidia administrativa, o esta otra, con la que Marlaska rechazó la petición de poder disparar contra las narcolanchas: «la sociedad no lo entendería».
Se trata, claro está, de un burdo pretexto, pero sólo en parte. Es cierto: hay una parte de la sociedad que no entendería que, al interceptar a los narcos, alguno, ¡oh, desgracia!, resultara muerto. El buenismo y la blandenguería constituyen pilares básicos del Sistema en el que estamos envueltos… y que una parte de la población ha acabado por abrazar.
Basta, por supuesto, con no hacerles caso; basta con desdeñar los melindrosos sentimientos de tales masas. El problema es que para ello hace falta un temple aguerrido y unos principios opuestos a los del igualitarismo democrático que rige nuestros días. Para ello, para que el país no perezca, como tantos países hispanoamericanos, bajo la ola de violencia y putrefacción del narcotráfico —y añadámosle: bajo la ola de la invasión migratoria, con sus bandas, sus violencias y sus delincuencias—, para todo ello hace falta que aparezca también por nuestros lares alguien del temple, el valor y la decisión de un Nayib Bukele.





















