España entró en la UE…. y en la UE se arruinó

En la UE, sí. Nada de «entrar en Europa», que en Europa ya estábamos desde el primer día de su historia. Y tampoco nada de infamar a Europa poniendo su nombre a ese mamotreto burocrático-globalista que es la negación misma de la civilización europea.

Pero además, si la UE descalabra de este modo el espíritu de todos los pueblos y naciones de Europa, a nosotros también nos ha descalabrado económicamente.

Al entrar en la UE, nos obligaron a acabar con la gran industria y con el feraz agro que producía más de lo que consumíamos. Nos convertimos en un país de turismo, hoteles, sol, discotecas, bares y tapas. Y consentimos gustosos. Perdón: nuestras malhadadas «élites» políticas, económicas, periodísticas y eclesiásticas lo consintieron en nuestro nombre.

De todo esto habla este artículo que, difundido a través de la cuenta de María Ouser en Instagram, está haciéndose viral en las redes.

 


 

Entrar en la UE nos salió caro. Éramos un país autosuficiente. Hubo un tiempo en que España fabricaba su acero y su pan, pero entrar en Europa tuvo un precio. Hubo un día en que España tenía la flota pesquera más grande de Europa. Fábricas que rugían en cada provincia. Campos que producían más de lo que podíamos comer. Éramos un país que fabricaba sus barcos, su acero y su pan.  Un país que vivía de su trabajo y miraba al mar y a la tierra con orgullo.

Pero un día firmamos un pacto. Nos dijeron que era un billete al futuro, y lo que llegó fue el mayor desmantelamiento económico de nuestra historia. Éste es el precio oculto de entrar en Europa. España se convertía en el número 12 de la Comunidad Económica tras la firma del Tratado de Adhesión, que tuvo lugar el 12 de junio de 1985. La ceremonia en el Palacio Real fue presentada como un acontecimiento histórico. La prensa habló del gran salto adelante, pero nadie explicó que ese salto se pagaba con un precio oculto. Este precio estaba escrito en cláusulas técnicas y en anexos que apenas unos pocos especialistas leyeron.

Se trataba de compromisos muy concretos: cerrar parte de nuestra industria, reducir la flota pesquera, limitar nuestra producción agrícola y ganadera, y todo ello, según Bruselas, para evitar distorsiones en el mercado común. Éramos la primera potencia pesquera del continente, producíamos más frutas, hortalizas y aceite que muchos países juntos. Nuestros astilleros competían con los de Francia, Italia o Alemania en contratos internacionales. Con otras palabras, llegábamos fuertes en sectores que otros no querían que crecieran más. En los meses previos a la adhesión, Bruselas ya había dejado claro el camino: reconversión industrial y modernización sí, pero entendida como reducción, como desmantelamiento planificado.

Éste es el punto de partida. La España que entra en Europa es un país con músculo en el mar, en el campo y en la industria; pero paso a paso esos pilares se fueron desmontando, no por accidente, no por incompetencia, sino porque así estaba pactado desde el principio.

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