Necesita el mundo un nuevo Renacimiento. Pero no sólo un renacer de la identidad de nuestras comunidades nacionales, de nuestro asentamiento en el tiempo, de nuestro arraigo en la historia. Necesitamos un Renacimiento que tenga la fuerza del otro: la grandeza del Renacimiento que, al desencadenar en los siglos XV y XVI aquella especie de vinculación colectiva con Grecia y Roma, forjó el más colosal arraigo histórico jamás conocido.
Pero el Renacimiento no se quedó en ello. Junto con Grecia y Roma renacía todo un saber vivir y gozar, toda esa especie de gracia alada que es el sello distintivo de la belleza que nos extasia al leer los sonetos de Petrarca o de Garcilaso, al estremecernos ante la majestad grácil del David de Miguel Ángel, al sobrecogernos jubilosos ante las Venus de Botticelli o las Madonne de Raffaello, al sentir como que el aire se nos corta al descubrir la cúpula que Bruneleschi plantó, ingrávida, en la catedral de Florencia. Etcétera, etcétera.
El arte, la belleza… Es esto lo que debe renacer. No como un goce estético individual y válido para turistas, sino como la marca misma del tiempo. Un tiempo, el nuestro, que constituye precisamente la negación misma de todo eello. Es el tiempo de lo que en Italia se ha empezado a llamar —dice Mateo Brandi en el siguiente video— el ‘pulcrocidio’; el ‘bellocidio’, diremos en román paladino para designar el mayor crimen de nuestra época: la persecución y aniquilación de la belleza.
Vean y escuchen lo que dice Mateo Brandi : es demoledor y, a la vez, alentador. Lo realmente demoledor sería que ni siquiera nadie dijese lo que dice.
(Como el texto está en italiano, les ofrecemos la traducción debajo del video.)
J. R. P.
El paisaje italiano, que es tan envidiado y fotografiado, es el ejemplo perfecto de armonía entre el hombre y la naturaleza.
¿Por qué son tan hermosos nuestros pueblos?
¿Por qué ese paisaje hecho de árboles y construcciones del ser humano
es tan agradable a la vista?
Porque ha encontrado el equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
Ahora bien, ese equilibrio, nosotros en Italia y no sólo en Italia, lo hemos traicionado.
Por ello hemos inventado un término, que quisiéramos que la Academia de la Crusca tomara en consideración: ‘pulcrizidio’ (‘bellocidio’), el asesinato de lo bello.
Aquello a lo que estamos asistiendo en nuestras ciudades es el asesinato de la belleza .
Y fijaos: no se trata solamente del aspecto económico o pecuniario.
Se trata de mucho más.
Si la nuestra es la época de la depresión, como repetimos a menudo, es porque la gente está mal en su propia ciudad.
Es porque, desde la Segunda Guerra Mundial y luego desde su fin, las ciudades italianas y no sólo italianas se han desarrollado de forma inhumana.
Ciudades y enteros suburbios alienantes, feos, con condiciones de vida precaria
Pero si fue así, es porque hubo la voluntad de que fuera así.
Y las ideas se combaten con las ideas.
Entonces, a la idea que ellos tienen de una ciudad malsana, distópica, loca, demencial, debemos contraponer nuestra idea de ciudad.
Yo creo, espero y sueño con una Italia que se convierta en una inmensa obra a cielo abierto, un nuevo Renacimiento en el ámbito de la vivienda, en el de lo artístico, de lo urbanístico, de lo arquitectónico, para repensar nuestra ciudad.
Porque en muchos casos hay que replanteárselo todo, especialmente en los suburbios.
Tenemos todas las capacidades para hacerlo; pero falta la voluntad política y falta la visión.
¡Y estas dos cosas somos nosotros quienes debemos aportarlas!
También para que nuestras ciudades vuelvan a ser hermosas
la REMIGRACIÓN se impone
♦ Pero ¿en qué consiste?
♦ ¿Cómo hacerlo con tantísimos implicados?
Es lo que se debate en ÉLÉMENTS-EL MANIFIESTO
Siga el gran tema en el que nos jugamos el futuro





















