¿Qué nos pasa? ¿Qué es esta debilidad nuestra, ese “etnomasoquismo”, como lo llamaba Guillaume Faye? ¿Qué es esa manía de autoflagelarnos, de entonar el “mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa”? ¿Cómo no vemos que, si todas las civilizaciones son, en principio, igual de respetables, igual de válidas (no universalmente, sino válidas para el lugar en el que han crecido), la nuestra no deja de ser la más grande, la más hermosa, la más poderosa (a condición de olvidarnos de la manía, que nos viene del cristianismo, de universalizarla e imponerla por doquier)? Y en cualquier caso, ¡es la nuestra, maldita sea!
Hay una cita, que aparece como epígrafe de la novela Las espadas, de Roger Nimier, que puede hacernos reflexionar en estos tiempos convulsos:
Sobre todo, no te mientas a ti mismo. Quien se miente a sí mismo pierde el respeto hacia él y hacia los demás. Puede ser el primero en ofenderse. A veces nos gusta ofendernos, ¿verdad?
Tanto que se siente una gran satisfacción. Y así es como se llega al verdadero odio.
«Mentirse a uno mismo» es más o menos lo que lleva haciendo Occidente desde el final de la segunda gran guerra europea, en mayo de 1945. Poner tanto empeño en destruir poco a poco, alternando dosis pequeñas y fuertes, cualquier sentimiento de pertenencia, cualquier reacción ante el olvido de su grandeza pasada, es un suicidio metódicamente organizado.
Y ahí estamos: con la pistola sen la sien y el tambor cargado, no hay ninguna posibilidad de escapar. Para salir adelante, para guardar la pistola en el cajón, hay que aceptar volver a decirse la verdad, enderezarse, rechazar el abandono y, por fin, repeler al enemigo que se instala en nuestro interior.
Lo conocemos desde hace mucho tiempo. Se llama: globalismo.
El motor de la desintegración: el globalismo
Es el globalismo lo que está en el origen de la desintegración de nuestras sociedades occidentales: esa falta de voluntad, ese rechazo a ser fuertes y orgullosos, esa máquina de fabricar cobardía y de retroceder sin cesar ante los imperativos de un mundo sin fronteras: el dominio de los mercados financieros sobre la política interior, la desaparición de los lazos ancestrales que sustentan los equilibrios de la ciudad.
Es, en cierto modo, la culminación de esa ofensa que nos infligimos a nosotros mismos hasta llegar al verdadero odio de uno mismo.
No hay que buscar en ningún otro sitio.
El terrorismo, ya sea islamista o ideológico, no es, en definitiva, más que una consecuencia de este globalismo destructor de naciones.
Los autores de estos crímenes ciegos también lo saben; ésa es su principal fuerza.
Y los ideólogos, desde la extrema izquierda revolucionaria hasta los liberales apátridas, lo convierten en su principal argumento contra el bando nacional. Hay que diluir.
Síntomas políticos y llamamiento a reaccionar
Las secuelas de la muerte de Quentin, ese joven linchado y asesinado en la ciudad de Lyon, nos han aportado un testimonio más de esa autoflagelación crónica que consiste más en sufrir que en demostrar realmente no sé qué virginidad ideológica.
Es también otra expresión del odio hacia uno mismo.
Ya de por sí, sin poder esgrimir una razón objetiva y válida para no participar en el homenaje rendido a Quentin el pasado sábado, el Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen volvió a considerar oportuno echar otra moneda a la máquina de la autodemonización.

Médiapart, como la oficina apenas encubierta de los servicios de inteligencia que siempre ha sido, ha considerado oportuno publicar un artículo sobre uno de los amigos de Quentin, asistente parlamentario de una diputada del RN de la Drôme, atribuyéndole mensajes publicados en redes sociales que demostrarían su «nazificación comprobada».
Apenas se publicó este artículo, sin tomarse la molestia de reflexionar, ni siquiera de comprobar una posible manipulación, el RN emitió un comunicado en el que se desmarcaba con virulencia de este asistente parlamentario e indicaba el procedimiento para su despido.
¿Por qué tal rapidez de reacción ante esta eterna y metódica campaña de demonización orquestada por sus peores adversarios?
Estos últimos siempre encontrarán, e incansablemente, comentarios y declaraciones —a menudo sacados de contexto— y etiquetas que validen esa demonización permanente.
¿Hasta cuándo el bando nacional y el RN, su principal representante con posibilidades de tomar las riendas del poder político en 2027, seguirán cayendo en estas ridículas trampas, ante los peligros que nos acechan?
Porque hablemos claro: ¿proviene el principal peligro que nos amenaza de la ultraderecha, a la que los guardianes de un régimen en decadencia ponen continuamente en primer plano?
¡Por supuesto que no!
Estas burdas manipulaciones ideológicas sólo tienen un objetivo: alejar cada vez más al país real para obligarle a no saber ya quién es quién y quién hace qué.
Así pues, en lugar de convertirse en instrumento de su propio odio —no hacia el otro, sino hacia sí mismo—, el bando nacional haría mejor en ocuparse de lo esencial en lugar de lo superficial, que, en definitiva, sólo tiene un objetivo:
Reducirlo a reaccionar en lugar de actuar.
Entonces, por supuesto, se argumentará que estas manipulaciones mediáticas y de otro tipo son un auténtico veneno y que es imprescindible responder a ellas.
Lo dudo profundamente y la actualidad reciente es prueba de ello.
El país legal, mediático e institucional se aleja inexorablemente del país real. Este último, sin olvidar quién es ni de dónde viene, y deseando seguir sintiéndose orgulloso de su historia y sus raíces, quiere salir de las tinieblas en las que el sistema vigente desea precipitarlo para siempre.
Rechacemos la ofensa que se nos ha infligido, recuperemos el orgullo de lo que somos y de lo que hemos sido, y llegará el renacimiento. Esto tendrá como precio dejar de caer en el arrepentimiento perpetuo, sea cual sea.
La vieja máxima romana —«¿Qué importa que nos quieran, con tal de que nos teman?»—, repetida una y otra vez, lleva mucho tiempo siendo aplicada por los sucesivos poderes políticos y sus secuaces. Estos últimos, como chacales solitarios, acechan y atacan en nuestras calles a todo aquel que se oponga a su ideal mortífero. No tienen otra motivación que obligar a sus oponentes a someterse a su sola voluntad y hacerlos desaparecer.
Al fin y al cabo, sólo se representan a sí mismos, al tiempo que acaparan toda la atención benevolente de aquellos que, con la mano en el corazón, proclaman su oposición a toda violencia política, venga de donde venga.
El problema, en nuestras viejas naciones saciadas —y esto no es nada nuevo—, es el líder de la manada. A veces tose, se queda tumbado, a menudo se cree una oveja y balbucea de la mañana a la noche.
Se pone las zapatillas de casa para envolver sus convicciones, por miedo a que el frío gélido de sus traiciones llegue a congelarlo. He aquí, en cierto modo, ese «respeto humano», expresión que ha caído en desuso, que ilustra bien esa vieja actitud burguesa que consiste en preocuparse más por la opinión ajena y por lo que se dirá, que por defender a capa y espada lo que debe defenderse.
Francia y los demás países de Occidente no necesitan zapatillas de estar por casa. Necesitan volver a encontrar un camino que los lleve a su propia liberación, y eso sólo puede hacerse aceptando levantar la cabeza en lugar de inclinarla ante la más mínima orden, manteniendo la mirada firme frente al enemigo en lugar de dejar que nos imponga continuamente su propia partitura.
Jean Cau lo expresaba mejor que nadie:
«No sucumbir, no romper. No doblegarse. No aceptar la derrota que se instala en nuestro interior. Rechazar la fealdad que nos lame con su lengua tibia. Decir NO para salvar nuestro SÍ. Nuestro valor, por el momento, está solitario en este bosque. ¿Qué hacer? Desbrozar. Trazar un sendero.» (Jean Cau, La gran prostituta).
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