Este artículo que Víctor Lenore publica en IDEAS —brillante tanto por sus análisis como por las informaciones que brinda— podría llevar como subtítulo: «Cuando las élites cambian, todo cambia». Y esto es lo que nuestros populistas identitarios muchas veces no acaban de ver. Infestados por el igualitarismo de nuestros democráticos tiempos, a menudo creen que para cambiar el orden del mundo basta con que el Pueblo (póngase la mayúscula) se concientice, actúe y luche por su libertad y la de todos. Ahí está el error. Porque si ello es necesario, indispensable sobre todo cuando las élites están tan adocenadas como hoy, ello no es en absoluto suficiente. Por sí solo poco puede el pueblo. Ningún orden del mundo, ninguna configuración de sentimientos, creencias, valores, ningún imaginario colectivo se ha transformado nunca por la sola acción de las masas populares. El mundo y el imaginario que lo sustenta sólo se transforma cuando la sensibilidad y la acción de las masas populares se une con la que afecta a una parte relevante de las élites. No sólo por los medios económicos que éstas aportan; también por el propio peso e influencia que ejercen.
Por eso es tan importante que personajes como el norteamericano Elon Musk, o el francés Vincent Bolloré, o el australiano Rupert Murdoch, o la italiana Georgia Meloni al frente de su gobierno adopten las actitudes y comportamientos que nos cuenta el siguiente artículo. Sólo así, con el volantazo «todo a la derecha» dado por una parte de las élites, se puede ganar la batalla cultural.
¿Es posible que en España no surja ningún personaje parecido entre nuestras calladas, apocadas o izquierdizadas élites?
Las secciones de Cultura de los medios españoles están hiperventilando por la decisión de 130 escritores franceses de abandonar el sello Grasset. El motivo es el despido de Olivier Nora, que llevaba 26 años como director, y acaba de ser despedido por Vivendi, el conglomerado dirigido por el magnate de la derecha francesa Vincent Bolloré (en la fotografía). Por supuesto, hay motivos ideológicos —más que artísticos— para el berrinche: temen que la editorial abandone el credo progresista, como ya ha ocurrido con otros proyectos de la empresa, entre ellos la cadena CNews, la editorial Gayard y el periódico Le Journal du Dimanche.
Pocas veces hemos visto tan claro el funcionamiento de la hegemonía progresista: consideran la cultura su corral y cualquier enfoque distinto debe ser señalado y boicoteado. Su gran mérito es militar en la intolerancia y además conseguir culpabilizar a cualquier derechista que quiera tener voz el debate público. Entre las plumas que se apuntaron a la deserción destacan Bernard-Henri Lévy, Frédéric Beigbeder, Virginie Despentes, Pascal Bruckner y el español Paul B. Preciado.
La respuesta de Bolloré ante la fuga ha sido para enmarcar: “Estoy en mi casa y hago lo que quiero”. Cualquier intento de acuerdo hubiera supuesto la renuncia a profundizar en el cambio. Los autores rebeldes pueden encontrar acomodo en decenas de editoriales y Vivendi gana sitio para voces no izquierdistas. Se reprocha a Bolloré que, tras cambiar a la editora del sello Fayard en 2022, se comenzasen a publicar libros de Nicolás Sarkozy y de Jordan Bardella, joven líder lepenista con muchas posibilidades de llegar al Elíseo. La izquierda concibe la industria editorial como frente de propaganda y se le funden los plomos cuando pierden poder. Los progres rechazan incluso algo tan natural como publicar las reflexiones de un presidente conservador.
En España estamos en un lugar parecido, aunque a menor escala: hace dos décadas, nadie quiso editar Testimonio (2007), las memorias políticas de Sarkozy. Terminó por atreverse el sello marxista Akal, que recibió un chaparrón de criticas. Por lo visto, la tan cacareada “pluralidad” de la que hace bandera el progresismo no es tan necesaria cuando se trata de incluir a sus adversarios. En Akal justificaron la decisión por el valor del texto como documento histórico, algo que por lo visto tampoco se les había ocurrido a los canceladores.
Bolloré es una figura de la que carecemos en la piel de toro: un gran empresario que no se avergüenza de ganar espacios para que circulen ideas derechistas, tradicionalistas y socialpatriotas. Su patrimonio neto estimado supera los 9.900 millones de dólares, sólidamente asentado en los sectores de la energía y la logística. Eso le permite adentrarse en el mundo de la comunicación, donde controla Canal + (con televisiones en África y Vietnam, además de Francia), la agencia de publicidad Havas, el grupo Legardére (Paris Match, la radio Europe 1…), el grupo editorial Editis y Universal Music Group. Imaginen lo que podría hacer si aumenta su posición de alrededor del 12% por ciento en el grupo español Prisa, principal sostenedor del poder cultural de la izquierda en España. Por supuesto, Bolloré ha sido comparado con el magnate australiano Rupert Murdoch por la firmeza con que defiende principios conservadores y los aplica en sus empresas. Sin compromisos de ese voltaje, no se gana ninguna batalla, no digamos ya una guerra.
Además de transformar el mundo corporativo, también es posible disputar el sector estatal, como ha demostrado Giorgia Meloni en sus primeros años como presidenta de Italia. Quien haya leído sus espléndidas memorias, Yo soy Giorgia (2024, Homo Legens), sabe que estamos ante una de las líderes más cultas de Europa, devota de la poesía de Pasolini, capaz de incorporar a su programa político propuestas del adversario comunista Gramsci —la cuestión meridional— y de explicar su patriotismo citando a Plutarco. Por si fuera poco, también fue una chica de barrio y con esa energía se ha aplicado a usar el poder que tiene para cambiar las cosas. Su propuesta más ambiciosa consiste en convencer a la Unión Europea de que traslade su capital de Bruselas a Roma, cambiando burocracia por la reconexión con las raíces cristianas y del impero romano. ¿Quién podría no estar de acuerdo con eso?
Según cuenta Ángel Gómez Fuentes, en un recomendable artículo para ABC, desde que Meloni llegó a la presidencia “no se ha limitado a gestionar presupuestos culturales, sino que ha intervenido en instituciones, nombramientos y agendas simbólicas”. Hasta finales del próximo agosto, se puede ver en el palacio Vittoriano de Roma —símbolo de la unidad nacional— una exposición sobre el exilio giuliano-dálmata: la salida forzada en los años cuarenta de entre 250.000 y 350.000 italianos de las antiguas tierras venecianas del Adriático. Fueron obligados a huir de la persecución de las milicias comunistas yugoslavas del Mariscal Tito. Hablamos de un capítulo minimizado por la izquierda italiana, que siempre ha tratado de silenciar los miles de cadáveres de compatriotas que terminaron en fosas comunes, víctimas de los partisanos. ¿Imaginan una exposición sobre Paracuellos en el Museo de Historia Nacional de España? Aquí ni siquiera tenemos uno, para evitar que se enfade el separatismo.
Yendo a lo estrictamente cultural, los responsables de los ministerios de Meloni han actuado siempre sin complejos, organizando exposiciones que provocan alergia a la izquierda, entre ellas una sobre el movimiento futurista —vanguardia ligada al fascismo— y otra sobre la saga de El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Meloni suele citar a este autor, a quien considera educación política básica para miles de antiprogresistas de todo el planeta. Sus nombramientos institucionales, desde la RAI hasta la Bienal de Venecia, están guiados por un saludable sesgo antiprogresista, que más allá de sus convicciones personales era necesario para corregir un enfoque contrario de casi un siglo. Se trata de mostrar a los italianos la cara oculta de su historia, eclipsada de forma sistemática por el socioliberalismo. Meloni es una guerrera veterana, que en 1998 fundó para la juventud conservadora el festival Atreju. inspirado en el personaje de La historia interminable (1979) de Michael Ende que se enfrenta a la creciente Nada posmoderna.
Todo esto ha sido posible gracias a que sabe rodearse de colaboradores brillantes, tanto Pietrangelo Buttafuoco (director de la Bienal de Venecia) como de los ministros de Cultura Gennaro Sangiuliano y Alessandro Giuli. En España tenemos intelectuales de esa talla, pensemos en Luis Alberto de Cuenca, Félix de Azúa, José Javier Esparza José María Marco, Juan Manuel de Prada, Miguel Ángel Quintana Paz y Enrique García-Máiquez, entre muchos otros. Máiquez organizó este año el brillante seminario La feracidad del páramo, reivindicando la literatura de la posguerra, un ciclo cuyo lugar natural hubiera sido la Biblioteca Nacional y una serie documental en TVE.
Resulta deprimente que en la derecha española, incluso en la voxera, haya tanto talibán de la motosierra, partidario de cerrar el ente público, liquidar el ministerio de Cultura y terminar con toda financiación cultural. Si hay que liquidar algo que sea la Agencia de Cooperación y Desarrollo Internacional (AECID), hoy investigada por no justificar más de 21 millones en gastos (lo más parecido que tenemos a USAID, que tan bien hizo en cerrar el trumpismo).
Italia ha demostrado lo mucho que puede conseguir en tres años cuando existe buen criterio y voluntad política. “El mayor éxito de Meloni no es que todos los artistas se hayan vuelto conservadores, sino que en determinados ámbitos el miedo a declararse conservador parece haberse reducido. Hoy se inauguran exposiciones sobre autores de derecha, se ruedan ficciones sobre héroes nacionales controvertidos u olvidados (como Gabriele D’Annunzio) y la Bienal de Venecia, templo del arte contemporáneo global, ensaya también explorar la identidad italiana sin complejos. En la industria editorial, casas tradicionalmente de izquierda publican ahora ensayos conservadores sin el estigma de antaño; en el cine, productoras exploran narrativas patrióticas que hace cinco años habrían sido comercialmente tóxicas”, resume Gómez Fuentes.
Hay que afrontar con alegría la pésima situación de España, donde las secciones de Cultura de medios de derechas están infestadas de redactores y jefes progresistas, algunos incluso cercanos al wokismo. Lo mismo ocurre en el Partido Popular, donde abundan altos cargos de sensibilidad cultural indistinguible del PSOE, caso de Andrea Levy, Borja Sémper y María Guardiola. Hasta que le convencieron de lo contrario, Alberto Nuñez Feijóo ni siquiera quería tener ministerio de Cultura, institución que seguramente percibe como una fuente de conflictos y poco más. La señal definitiva de que vamos por un pésimo camino es que nuestro parque temático patriótico, Puy du Fou en Toledo, fue impulsado por una empresa francesa. Lo más probable, si me permiten el humor negro, es que el pendulazo cultural hispano lo tenga que financiar directamente Vincent Bolloré. Si queremos evitar ese ridículo, debemos ponernos ya a perfilar un plan de batalla.
© IDEAS, La Gaceta





















