De la aplastante victoria del musulmán izquierdista radical Zohran Mamdani en las elecciones municipales de Nueva York, muchos (una minoría, pero holgada) han extraído las lecciones adecuadas, que no son la radicalización de una ciudad que es desde hace décadas feudo de la izquierda demócrata, ni la llegada de un peligroso muyahidín.
La verdadera lección es que, en una sociedad realmente multicultural, en la que la cultura dominante no es tal y no se impone sobre el resto, sino que cede ante la cosmovisión de los recién llegados, la democracia es un disparate. Si lo prefieren, es imposible.
La democracia exige un ‘demos’ cohesionado. En sociedades tribalizadas, con una población compuesta por la suma de distintos contingentes étnicos y culturales, los partidos tienden a convertirse en meras pantallas de los grupos de interés de cada tribu, y las elecciones se convierten en una guerra de conquista en la que el ganador se lo lleva todo y reparte el botín, en este caso el dinero de los contribuyentes y los puestos de responsabilidad pública.
El caso de estudio más fascinante en este sentido en Estados Unidos se dio al mismo tiempo que la victoria de Mamdani, en otra importante ciudad norteamericana en la que el candidato de origen extranjero fue derrotado, Mineápolis, el epicentro de la locura de Black Lives Matter.
Minnesota, el estado del que Mineápolis es la ciudad más importante, solía tener una población bastante cohesionada, con un fuerte componente de inmigrantes de primera hora procedente de los países escandinavos. Así fue hasta el estallido de la guerra civil en Somalia en los noventa del pasado siglo, cuando el conflicto y la subsiguiente hambruna provocaron una masiva salida de refugiados, muchos de los cuales acabaron en Estados Unidos y, de un modo especial, en Minnesota.
Minnesota alberga la mayor comunidad somalí de Estados Unidos, con estimaciones de entre 61.000 y 86.000 personas de origen somalí en el estado (alrededor del 1,1-1,5% de la población total de Minnesota, de unos 5,7 millones). Buena parte de estos recién llegados se concentraron en Mineápolis, representando el 4,81% de la población de la ciudad de Minneapolis, concentrada en el barrio de Cedar-Riverside, hoy conocido como Pequeña Mogadiscio.
En las pasadas elecciones se enfrentaban dos candidatos del Partido Demócrata, el ya alcalde judío Jacob Frey, en su segundo mandato, y la estrella ascendente Omar Fateh (en la fotografía), de origen somalí y simpatías socialistas. Frey salió finalmente elegido.
De primeras, uno pensaría que la derrota de Fateh supone la victoria de un programa político o incluso de la mayoría blanca sobre el etnicismo del bloque electoral somalí, un contraejemplo de lo que decíamos sobre Mamdani. Pero la cosa, observada de cerca, se complica.
Fateh no fue derrotado por ser socialista, mucho menos por ser somalí; ni siquiera por su implicación en un escándalo de fraude multimillonario perpetrado por mafias somalíes y en otro fraude electoral en las primarias demócratas del estado. Fateh perdió por su pertenencia al clan Darood.
Frey es un viejo zorro de la política, el tipo de demagogo capaz de vender a su madre por el poder. Se le puede ver en fotografías del funeral de Estado de George Floyd, el delincuente drogadicto que provocó una conmoción mundial y disturbios violentos en una veintena de ciudades norteamericanas tras morir de sobredosis durante su detención. Frey aparece arrodillado, llorando y besando el féretro de oro de Floyd, rebañando hasta el último rédito electoral posible con su humillación.
Como tal, Frey ha comprendido que su permanencia en el poder depende discurso de la victoria los pronunció en somalí. La necesidad política le ha llevado a estudiar los resortes de la cultura somalí, descubriendo así el secreto que le llevó a la victoria. Y es que los somalíes están divididos en varios clanes enfrentados en una rivalidad centenaria. Fateh pertenece a los Darood, así que Frey se apoyó en los Hawiye.
Frey logró reunir a los líderes clave de la comunidad del clan Hawiye para frenar el desafío de Fateh. La diputada Ilhan Omar, que apoyó a Fateh y forma parte del clan Daarood, es, de hecho, el próximo objetivo de los líderes de la comunidad Hawiye para las próximas primarias, crecidos por su victoria en las elecciones a la alcaldía, por lo que es posible que se enfrente a un desafío en las primarias por motivos tribales.
Y así tenemos al alcalde de una importante ciudad norteamericana que, para ganar unas elecciones, tiene que enfrentar a dos clanes somalíes. Sospecho que Thomas Jefferson no hubiera imaginado algo así ni en un millón de años.
El esquema es especialmente llamativo en Minnesota, pero no exclusivo de ese estado. El clan Darood domina la representación política somalí en Maine, pero en términos de población, otros clanes tienen una presencia mayor en la población. Sin embargo, los Darood son quizá el clan más poderoso en la propia Somalia, y políticos norteamericanos de éxito de origen somalí, como Ilhan Omar, Deqa Dhalac, Yusuf Yusuf, Omar Fateh, Safiya Khalid y Abdullahi Ali, pertenecen a los mismos subclanes Darood de Ogaden y Majeerteen. Pero los Darood son solo uno de los cuatro clanes principales, junto con los Hawiye, los Rahanweyn y los Dir.
Los inmigrantes somalíes de estos otros clanes mantienen en su patria de acogida el resentimiento original contra la creciente influencia de los Darood en la política estadounidense. Por ejemplo, cuando Nasri Warsame (no Darood) se presentó a las elecciones en Minneapolis en 2021, los grupos alineados con los Darood bloquearon su nombramiento y apoyaron en su lugar a una mujer de origen indio. Si no va a ser Darood, mejor una extranjera antes que alguien de un clan rival.
Esta rivalidad entre clanes ha llevado a los miembros de Hawiye, Rahanweyn y Dir, incluidos los de Somalilandia (que enarbola su propia bandera y busca la independencia de Somalia), a respaldar a candidatos no somalíes. Apoyaron al candidato judío Jacob Frey para alcalde frente a un oponente somalí de otro clan, dando prioridad a la lealtad al clan sobre la solidaridad étnica o religiosa.
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