Escasean las informaciones e imágenes llegadas desde Irán. Los ayatolás y demás tiranos, que, agazapados, tiemblan por su vida y su poder, han cortado todas las comunicaciones con el exterior. Si algo sabemos, sólo es gracias a Starlix, la red satelital que vence todos los bloqueos y que Elon Musk, su propietario, ha puesto al servicio de lo que ya no es una mera revuelta, sino una auténtica revolución.
Mientras uno se sobrecoge ante el inaudito valor de unos jóvenes iraníes que no dudan en lanzarse en masa a unas calles donde puede fácilmente aguardarles la muerte (entre 2.000 y 12.000 son las cifras que se barajan por ahora); mientras uno se abochorna, por el contrario, ante la indiferencia de una Europa en cuyas calles sólo se han manifestado los iraníes de la diáspora; mientras uno se agarra, en fin, a las Redes Sociales, único lugar donde se puede obtener algo de la información que nos hurta el silencio cómplice de la prensa del Sistema; mientras todo ello ocurre, bien vale la pena pensar en el gran reto que, si triunfa, se le presentará al pueblo iraní. Derrotada la teocracia islámica, no tiene Irán por qué despeñarse necesariamente en la delicuescencia del nihilismo occidental.
¿Lo conseguirá? Sería un tan extraordinario ejemplo…
Irán o Aryanam, «la Tierra de los Arios», tiene una oportunidad de oro para acabar con años de teocracia islámica (abrahámica) y buscar en sus más profundas raíces espirituales y étnicas, desligándose del aparente manto «cultural» del islam.
No muy lejos, en el vecino Kurdistán, muchos kurdos —asqueados de los excesos del islam— han apostatado durante los últimos años, regresando, o bien al yazidismo o bien al zoroastrismo (mazdeísmo). Es el camino que hoy puede tomar Irán, sin renunciar a una mejora de la condiciones económicas y tecnológicas.
Además de la población parsi (persa) de la India, aún hoy subsisten algunas comunidades mazdeístas en zonas marginales del propio Irán, las cuales habían sido favorecidas por la monarquía Pahlevi y despreciadas por la República islámica de los ayatolás. El mazdeísmo es bien visto por numerosos iraníes de la diáspora.
Irán es una gran nación secuestrada por el islam desde que los musulmanes la invadieron en el siglo VII. Quedó pendiente una gran Reconquista mazdeísta, como planeaban los últimos miembros de la familia imperial sasánida (algunos incluso exiliados en China en espera de tiempos mejores). No debemos olvidar, por otra parte, que un monarca sasánida, el gran Cosroes I, fue el último protector de los paganos romanos de Oriente, una suerte de «Juliano persa» (al igual que Juliano, estaba inmerso en la obra de Platón), al que los adeptos del Cultus Deorum debemos eterno agradecimiento.
Ya en el siglo XX, la dinastía Pahlevi reivindicó como propio el pasado imperial preislámico de Irán (desde los Aqueménidas hasta los Sasánidas, pasando por los Arsácidas). Hoy, el heredero de esa última dinastía persa se ofrece como restaurador de un nuevo Irán. Lo importante es que, si llega al poder, no descuide la verdadera esencia de su nación. Si realmente quiere sanear Irán, no le queda otra que purgar el país de todo el extremismo islámico (como trató de hacer su padre y, sobre todo, su abuelo).











