A vueltas, desde Argentina, sobre la dichosa Final

El sol artificial

En el atardecer de su vida le preguntaron al cura Castellani cuál era su segunda vocación. Mascando su pipa, afinó la mira de sus ojos de lince y respondió: “Escribir buenos libros, pedir limosna para editarlos y regalárselos a la República Argentina”. Sobre Castellani ya hemos escrito demasiado, pero nos parece que todo es insuficiente, porque un talento universal no se agota nunca. Castellani entendió, como pocos en este suelo, que la ironía es la ternura de la inteligencia.

En su primer libro, titulado Camperas: bichos y personas (1931), recopila una serie de fábulas que son un portento de lucidez, perspicacia y conocimiento del hombre y del paisaje, todo ello amalgamado en esa pedagogía axiológica que es la moraleja.

En una de sus fábulas, nos cuenta la historia de una colmena construida junto a un potente foco eléctrico. Aquellas abejas, pensando que era de día, trabajaban furiosamente durante la noche en las flores que entraban dentro del radio de aquel sol artificial. Las celdas hexagonales se multiplicaron; el panal creció exponencialmente y no se supo jamás si por cansancio de las obreras o por una peste, aquella colmena se arruinó en pocos meses.

Perspicazmente escribe Castellani:

Eso nos enseña que, habiendo venido todo bicho viviente a este mundo para trabajar, debe hacerlo a la luz del sol, que es el Último Fin.

La sentencia no es gratuita, la idea de sol ligada a de Último Fin y todo ello en orden a la vida humana, expresa una irrefutable matriz platónica. En los distintos grados de la realidad se da una jerarquía continua donde el sol ocupa la cima, iluminando la existencia y las cosas. El sol en nuestro mundo sensible es la metáfora de la Idea de Bien en el mundo inteligible. Escribe Platón:

Los ojos, tú sabes, cuando se los vuelve sobre objetos cuyos colores ya no están iluminados por la luz nocturna, sino por el resplandor de la luna, ven débilmente y parecen casi ciegos, como si no tuvieran claridad de vista. […] Pero cuando el sol brilla sobre ellos, ven claramente y parece como si estos ojos tuvieran claridad.[1]

Es interesante notar que cuando Platón habla del “resplandor de la luna”, utiliza el término griego phéngos, que también puede referirse a la irradiación de luces artificiales, y con ello volvemos al corazón de la fábula que intentamos comentar. No es que bajo el sol artificial no se trabaje; a veces el trabajo es mucho y bueno, pero está desnortado. El mal, que carece de consistencia ontológica, puede manifestarse mediante una subordinación incorrecta de los bienes. Ello ocurre cuando se altera el orden jerárquico de la realidad y uno de esos bienes se eleva a categoría esencial, abortando la visión del último fin. Mi pueblo, desdibujado en su norte, preso de sus pasiones, empoderando virtudes de segundo orden, se hace y se deshace al resplandor de soles artificiales. Por esta razón reivindica causas justas que nunca son conquistas, pretende ver, no con los ojos sino con el bastón blanco, confunde combate con competencia y viveza criolla con norma de conducta universal. El sol artificial rompe la bruma en la que vivimos cada cuatro años, cuando empieza a rodar ese juguete maravilloso que tanto tiene que ver con nuestra forma de vivir. Del mismo modo que aquella colmena, las almas obreras de mi pueblo pifian su último fin, pretendiendo imponerse ante el mundo con una de las tantas cosas que hacemos bien, pero que, fuera de su órbita, termina siendo la prótesis de un miembro faltante. Quien hoy se desayuna criticando la hybris del argentino, es porque jamás lo observó profundamente y porque no tiene la clave maestra para descifrar el decurso de su naturaleza. El Mundial de fútbol terminó; España ha sido un inobjetable campeón. La otra fiesta falocéntrica la montaron los mismos de siempre, los adoradores del dios Mammón. En sede de esa escuela que llamamos filosofía perennis, acuñamos un apotegma que reza: “operari sequitur esse”, es decir: el obrar sigue al ser. Nuestro poeta gaucho José Larralde lo expresa con una imagen plástica y rotunda: “De la cola del chancho no nacen chauchas”[2]. Los hombres en su radicalidad personal y los pueblos en su ethos cultural, avalan en el despliegue de sus acciones aquel apotegma. Los yanquis hicieron cantar al mundo en su idioma —incluso en una final absolutamente hispana—, se salieron con la suya de jugar al fútbol con cuatro cuartos con su “Cooling breack” y de pintar el mundo de colores con la palabra “Love” auspiciado por Global Citizen, como un mensaje de unidad global. Claro, los ingenuos seguirán creyendo que “One World” ya es cosa superada.

No quiero erigirme como sommelier de los afectos de mi pueblo, pero vale reivindicar ante los hermanos que me dicen: “Es bueno que el pueblo esté feliz”, que ser feliz no es lo mismo que estar contento. Ortega y Gasset escribió alguna vez unas líneas bellísimas sobre la ausencia de la verdadera alegría. Nos dijo que cuando no hay alegría crece la fantasmagoría, la fiesta irreal de una luz que se enciende un instante sobre las largas nubes vespertinas.

Entre nosotros, don Arturo Jauretche decía, a su vez, que nada grande se puede hacer con la tristeza, y es verdad, pero con el sol artificial tampoco.

  1. Platón. República VI, 508 c
  2. En Argentina llamamos “chauchas” a las judías verdes.

 

 


 

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