La mejor definición del mundo moderno es, sin duda, la siguiente: el sistema tecno-capitalista.
Nuestro mundo es el del dinero y las máquinas. Es un sistema, porque el dinero y las máquinas se alimentan mutuamente. Los beneficios se obtienen gracias a las innovaciones, pero éstas requieren inversiones cada vez mayores. Se necesita cada vez más crecimiento para obtener cada vez más tecnología, y cada vez más tecnología para obtener cada vez más crecimiento. No hay dinero sin máquinas ni máquinas sin dinero.
La conjunción de máquinas y dinero define la revolución industrial. Se invierte en fábricas, máquinas e infraestructuras, las cuales producen mercancías cuya venta genera beneficios que se reinvierten en máquinas más perfeccionadas, que producen aún más mercancías y beneficios, etc.
Es fundamentalmente lo mismo en el sector primario (la agricultura y sus tractores), en el secundario (las fábricas y sus cadenas robotizadas) y en el terciario (las oficinas y sus ordenadores).
Cálculo del valor
El sistema se basa, por tanto, en mercancías que hay que vender. Sin embargo, esta operación resulta bastante misteriosa si nos paramos a pensarlo: ¿de dónde proviene el valor de una mercancía? ¿Por qué una barra de pan vale menos que una camisa? No es por la escasez: las barras de pan no son menos escasas que las camisas, y hay muchas mercancías muy comunes que son caras, como los coches. Tampoco es por la utilidad ni por la necesidad. Necesitamos camisas tanto como pan, y bienes indispensables como el aire o el agua no cuestan nada o son casi gratuitos, mientras que artilugios inútiles pueden costar una fortuna.
Si una camisa cuesta más que una barra de pan, es simplemente porque lleva más tiempo fabricarla. Se necesita cien veces más tiempo de trabajo para hacer una camisa que para hacer una barra de pan; la primera vale 100 euros y la segunda, 1 euro. El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo que contiene, entendiéndose que un trabajo cualificado vale tanto como un trabajo simple multiplicado por una constante. Una hora de recital de piano vale tanto como diez horas de limpieza. Por supuesto, hay muchos casos particulares, por ejemplo, las escaseces en las que los precios se disparan, pero por regla general y en condiciones normales de funcionamiento del mercado, es el trabajo que contienen lo que determina el valor de las mercancías.
El capitalismo busca el beneficio. Quiere producir el mayor valor posible, por lo que aumenta la jornada laboral: el futuro pertenece a aquellos cuyos empleados se levantan temprano. Hoy en día trabajamos mucho más que en las sociedades precapitalistas. El capitalismo también intensificará el trabajo gracias a la organización científica del trabajo y a la gestión: el futuro pertenece a aquellos cuyos empleados son eficaces y están motivados. Por último, y sobre todo, el capitalismo multiplicará la productividad del trabajo gracias a las máquinas: el futuro pertenece a quienes innovan. La revolución industrial comienza con la aparición de los telares ingleses.
Es aquí donde hay que estar atentos y distinguir los efectos puntuales de la innovación técnica de sus efectos a largo plazo. Los efectos inmediatos de la innovación son evidentes. En un mundo donde las camisas valen 100 €, el primero que instala máquinas que permiten fabricarlas el doble de rápido obtiene grandes beneficios: sus camisas valen en realidad 50 € (sin tener en cuenta la amortización de las máquinas), ya que se fabrican el doble de rápido, pero las vende al precio de mercado, 100 €, o un poco menos para derrotar a sus competidores. Sin embargo, a nivel macroeconómico, no hay creación de valor, no hay crecimiento, ya que el éxito de la empresa innovadora se paga con la quiebra de sus competidores. La empresa innovadora prospera, pero el PIB no ha cambiado.
Rápidamente entrará en juego la competencia: todos los fabricantes de camisas se equiparán con las mismas máquinas. Y, como es natural, el precio de las camisas bajará hasta que se ajuste al tiempo de trabajo que ahora se necesita para producirlas. A partir de ahora, una camisa ya no vale 100 €, sino 50 €. Es el mecanismo del mercado y el movimiento inevitable de la revolución industrial lo que nivela los precios a la baja. Cuando el precio de una camisa baja, también lo hacen los beneficios de la fábrica: evidentemente, se obtiene un margen menor con un producto que cuesta menos. Por lo tanto, se compensará con la cantidad. Se ganará menos por camisa, ya que éstas valen menos gracias a las máquinas, pero se producirán más gracias a ellas.
Ahí es donde el sistema se descontrola. Porque todo el mundo ha comprendido que quien innova primero obtendrá grandes beneficios antes de que le alcancen los demás, y que quienes no innoven desaparecerán. Así pues, todos innovan constantemente, las máquinas se perfeccionan sin cesar, se necesita cada vez menos tiempo para producir las mercancías, su valor disminuye continuamente, hay que producir cada vez más.
Huida hacia adelante, carrera hacia el abismo
Tal es la famosa huida hacia adelante del capitalismo, que tiene al menos tres consecuencias. Por supuesto, esto provoca un desastre ecológico, ya que hay que fabricar esos productos. Por supuesto, esto produce la sociedad de consumo, ya que hay que vender esos productos. Pero, sobre todo, y esto es menos conocido, produce un agotamiento del sistema. Al cabo de un tiempo, ya no se puede producir y vender cada vez más mercancías. Se produce inevitablemente una saturación de los mercados. Cada vez resulta más difícil compensar la caída del valor de cada mercancía con la cantidad de mercancías vendidas. Los beneficios se reducen.
Y, sin embargo, no se puede renunciar a la innovación perpetua, so pena de ser devorado inmediatamente por la competencia. Por lo tanto, se sigue aumentando la productividad del trabajo gracias a las máquinas, sin que en la misma medida aumente el volumen de mercancías producidas, ya que las ventas no se incrementan tanto como se desearía. En otras palabras, se necesitan cada vez menos empleados para producir más o menos lo mismo: ahí está el desempleo. Durante mucho tiempo, el mecanismo de la destrucción creativa funcionó: los campesinos expulsados de los campos por los tractores encontraron trabajo en las fábricas emergentes, y luego los obreros expulsados de las fábricas por la robotización encontraron empleo en el sector terciario, entonces en auge. Pero no existe un cuarto sector económico, y los empleados expulsados por la revolución informática no encuentran trabajo. Si se tienen en cuenta todas las categorías de desempleados, así como los empleos a tiempo parcial impuestos, en todos los países llamados desarrollados hay aproximadamente un 20 % de desempleados desde hace décadas. No hay duda de que la IA va a amplificar considerablemente este fenómeno. La tasa de desempleo ejerce presión sobre los salarios, el poder adquisitivo disminuye y las ventas de las empresas se desploman en un momento en el que obtienen menos margen por mercancía.
El problema es insoluble. Se necesita innovación para obtener beneficios, pero la mecanización de la producción reduce el valor de los productos y genera desempleo estructural. Se necesitan máquinas para ganar dinero y dinero para fabricar máquinas, pero cuantas más máquinas hay, menos dinero hay. En el mismísimo corazón de la articulación entre las máquinas y el dinero, en el corazón del sistema tecno-capitalista, en el ADN del mundo moderno, si se prefiere, se esconde un grano de arena que atasca el mecanismo, un gusano que carcome la fruta, ya diagnosticado hace tiempo por teóricos de la crítica del valor como Anselm Jappe.
Por eso, cuanto más pasa el tiempo, más se debilita el crecimiento, a pesar de algunos enriquecimientos indecentes y puntuales. Es el mecanismo implacable de una lenta e inexorable depresión económica. Ni nadie ni ninguna elección cambiará nada al respecto, a menos que salgamos del sistema tecno-capitalista. Parece que eso aún no está en la agenda y menos aún en la derechona.




















