Están a la vuelta de la esquina, en Francia, las elecciones municipales que se celebrarán el 15 y 22 de marzo. Ante ellas, la izquierda, o digamos más exactamente las fuerzas islamo-izquierdistas, habiendo agotado su propio lenguaje y careciendo de cualquier proyecto alternativo, se lanzan a la descalificación moral del adversario.
De todo ello nos habla Trystan Mordrel, en su primer artículo como corresponsal de EL MANIFIESTO en el país vecino.
Para el lector español o hispanohablante, la secuencia mediática que se desarrolla hoy en Francia resulta inmediatamente familiar. A las puertas de las elecciones municipales, los diarios Libération y Le Monde han concentrado sus esfuerzos en una campaña de deslegitimación moral contra los candidatos del Rassemblement national, el principal partido nacional-populista francés. El paralelismo con el tratamiento que El País y otros grandes títulos progresistas españoles reservan a Vox es evidente, tanto en los métodos como en el vocabulario.
Los artículos firmados por Nicolas Massol en Libération y Clément Guillou en Le Monde no se limitan a exponer hechos. Construyen un relato. Al igual que ocurre en España con Vox, el RN es presentado no como un adversario político con un programa, para ellos, discutible, sino como un cuerpo moralmente ilegítimo. Los programas municipales quedan relegados. Las dinámicas sociales y territoriales apenas se mencionan. En su lugar, se despliega un minucioso trabajo de archivo, declaraciones antiguas, publicaciones en redes sociales, fotografías, gestos, todo aquello que permita trazar una genealogía del pecado.
La expresión «brebis galeuses» (ovejas sarnosas), repetida hasta la saciedad, cumple la misma función que el término «ultraderecha» en la prensa española o «derecha reaccionaria» en buena parte del periodismo hispanoamericano. No describe, estigmatiza. Sugiere que el problema no es circunstancial ni corregible, sino estructural, casi biológico. Se trata menos de comprender por qué estos partidos avanzan que de reafirmar una frontera moral frente a electorados que ya no obedecen y que ya no reconocen a la prensa progresista como árbitro legítimo del bien y del mal.
Norte de Francia, la lógica del frente a frente
Esta estrategia mediática se inscribe en una transformación profunda del voto popular francés, comparable a la que atraviesan otras sociedades europeas. En el norte de Francia, región históricamente obrera y hoy devastada por la desindustrialización, la prensa regional documenta desde hace años una fractura etno-social cada vez más visible. El diario La Voix du Nord habla de abandono, de cólera contenida, de miedo al descenso social, términos que recuerdan poderosamente a los utilizados en Andalucía, Castilla-La Mancha o ciertas zonas industriales de Cataluña tras décadas de reconversión económica y promesas incumplidas.
Es en estos territorios donde el Rassemblement national consolida su implantación municipal, del mismo modo que Vox ha logrado captar en España una parte del voto popular desclasado, rural o periférico, que ya no se reconoce en la izquierda tradicional ni en la derecha liberal. Se trata de un electorado que no reclama redistribución, sino protección, continuidad cultural y orden, una demanda que también se observa, bajo otras formas, en amplias zonas del interior argentino, chileno o brasileño.
Paralelamente, se desarrolla otro fenómeno menos comentado pero igualmente determinante. La France insoumise (LFI), equivalente francés de una izquierda radical, despliega una estrategia inversa. Allí donde el RN capta a los sectores populares autóctonos, LFI apuesta abiertamente por el voto de las minorías en municipios profundamente transformados desde el punto de vista demográfico. En ciudades como Roubaix, Tourcoing, Lille-Sud, Denain o Creil, la movilización política se estructura alrededor de la identidad, la religion, la «memoria colonial», la denuncia del Estado y la reivindicación comunitaria, una lógica que encuentra ecos claros en ciertos barrios de Madrid, Barcelona o incluso en metrópolis hispanoamericanas marcadas por el comunitarismo y la política de la identidad.
Esta bipolarización territorial confirma los análisis de Christophe Guilluy y Jérôme Fourquet. La vieja división izquierda-derecha ha sido sustituida por una oposición antropológica entre modos de vida, imaginarios y pertenencias incompatibles. Como en España y en buena parte de Hispanoamérica, los partidos tradicionales quedan atrapados en medio, incapaces de arbitrar entre mundos que ya no comparten un lenguaje común ni una misma representación del futuro.
París y la emergencia de una derecha identitaria no alineada
Para el lector extranjero, el caso parisino merece una atención particular. Más allá de la elección municipal, París funciona como un laboratorio político donde se ensaya una recomposición de la derecha francesa al margen del RN. En este contexto emerge la figura de Sarah Knafo, hasta hace poco conocida como estratega y consejera política de Eric Zemmour, y hoy convertida en candidata.
Sarah Knafo encarna una derecha identitaria, soberanista y culturalmente afirmada, que asume la cuestión de la identidad y de la continuidad histórica de una Francia europea y católica, pero que rechaza la lógica populista, plebiscitaria y socialmente desestructurada del Rassemblement national. Para el lector español o hispanoamericano, su perfil podría compararse, con las debidas cautelas, al de una figura que intentara articular identidad, Estado y cultura sin recurrir al registro antisistema ni al discurso de la pura protesta.
Su candidatura apunta a un electorado urbano, educado, consciente de la crisis civilizatoria, pero reacio tanto al moralismo progresista como a la demagogia. Si esta candidatura supera con claridad el umbral del 10 %, no será un mero éxito simbólico. Convertirá a Sarah Knafo en el principal punto de referencia de una derecha identitaria no alineada, capaz de federar abstencionistas, antiguos votantes conservadores y sectores descontentos con el macronismo.
París podría convertirse así en el epicentro de un polo alternativo, comparable, mutatis mutandis, a ciertos intentos de recomposición intelectual de la derecha en el mundo hispánico, aún embrionarios pero cada vez más visibles.
A medio plazo, esta dinámica podría desembocar en un escenario inédito, un primer turno presidencial con cinco bloques de fuerza comparable, el RN, una derecha identitaria y liberal estructurada en torno a Sarah Knafo, un centro liberal residual, una izquierda social-ecologista y una izquierda radical. No se trataría de un retorno al pluralismo clásico, sino de la consolidación de un pluralismo conflictivo.
En este marco, las campañas morales de la prensa progresista francesa recuerdan inevitablemente a las de la prensa española contra Vox o a las de ciertos medios hispanoamericanos contra cualquier fuerza que cuestione el consenso liberal-progresista. Son el reflejo de un software político agotado. Como ha señalado en numerosas ocasiones Alain de Benoist, la crisis contemporánea no es la de un partido concreto, sino la de la representación misma.
De la crisis política a la crisis de civilización
En el fondo, lo que revelan simultáneamente el pánico moral de la izquierda mediática, la bipolarización electoral del norte industrial de Francia y las recomposiciones políticas en curso en París no es una simple crisis coyuntural ni una anomalía del calendario electoral, sino una crisis de civilización en sentido estricto. Francia ya no está atravesada por un conflicto clásico de programas, intereses económicos o modelos de gestión, sino por una divergencia profunda de representaciones del mundo, del tiempo histórico y de la herencia cultural. Se enfrentan visiones incompatibles de lo que significa pertenecer a una comunidad política, transmitir un legado, habitar un territorio.
El agotamiento del universalismo abstracto
La izquierda francesa, como ocurre también en otros países europeos e hispanoamericanos, persiste en razonar con las categorías de una sociedad homogénea, integrada y progresivamente igualitaria que ya no existe. Continúa apelando a un imaginario republicano abstracto, universalista y deshistorizado, mientras la realidad social se fragmenta en bloques identitarios, culturales y comunitarios cada vez más conscientes de sí mismos. Frente a este desfase, las nuevas fuerzas políticas no emergen ya sobre la base de intereses materiales negociables, sino sobre fundamentos antropológicos, identitarios o civilizatorios plenamente asumidos, ya sea en forma de reivindicación de continuidad histórica o de afirmación minoritaria radical.
En este sentido, la reacción moralizante de la prensa progresista no constituye una respuesta política, sino un síntoma. Cuando el lenguaje político deja de describir el mundo, se transforma en un instrumento de condena. Como lo había anticipado Oswald Spengler, cuando las formas políticas ya no corresponden a la realidad humana que pretenden gobernar, se rigidizan, se moralizan y terminan volviéndose contra lo real, no para transformarlo, sino para negarlo. La acusación sustituye al análisis, la excomunión reemplaza al debate, la indignación ocupa el lugar del proyecto.
Las elecciones municipales francesas no resolverán nada de manera definitiva. No restablecerán un consenso perdido ni recompondrán mágicamente un espacio común. Señalarán, sin embargo, casi en silencio, la entrada de Francia en una edad post-republicana, donde la cuestión central ya no será la alternancia entre partidos, sino la coexistencia, o el enfrentamiento, entre mundos que han dejado de reconocerse como parte de una misma historia. En ese sentido, lo que hoy se juega en las alcaldías francesas excede ampliamente lo local, es una señal temprana de una mutación europea y occidental más vasta, todavía mal comprendida, pero ya imposible de ignorar.


















