Juan Manuel de Prada acaba de publicar en ABC el que es, sin duda, el más vitriólico de sus feroces, sarcásticos artículos donde denuncia la mendacidad democrática del régimen del 78. Titulado «En Venezuela, como en España», el artículo (lo reproducimos seguidamente) es espléndido y sólo cabe objetar dos cosas a su demoledora comparación entre lo que fue la Transición española y lo que promete ser la venezolana.
La primera objeción es que una cosa es la tiranía a la que unos sátrapas brutos y zafios han sometido un país que, disponiendo de la inmensidad de riquezas con que cuenta Venezuela, se ha visto reducido a la miseria y al hambre. Una cosa es esto, y otra muy distinta es el régimen estúpida e inútilmente autoritario (¿a santo de qué aquella memez de una censura que perseguía ante todo las procacidades de la carne?) que hizo que España alcanzara las altas cotas de un progreso económico que nuestros propios patanes pronto se cuidarían de cercenar.
Y luego queda la otra cuestión, mucho más general. Tiene toda la razón Juan Manuel de Prada: la Transición regulada desde Washington pretende que el Protectorado venezolano —encabezado por una Delcy Rodríguez tan traidora a Maduro como el rey y Adolfo Suárez lo fueron a Franco— acabe consiguiendo su objetivo: convertir un régimen de persecución abierta de las libertades en otro donde estas libertades sean jurídica y formalmente proclamadas.
Ahora bien, ¿significa ello que el liberalismo partitocrático que se pretende imponer en Venezuela sea un régimen de libertad? ¿No es, por el contrario, un régimen donde el imperio de los oligarcas y el dominio de una única y perniciosa concepción del mundo se ven camuflados por el reconocimiento meramente formal —«leguleyo», decíamos aquí el otro día— de las libertades?
Es así, sin duda. Pero entre, por un lado, el despotismo abierto, descarado, de los sátrapas y patanes que han hundido a Venezuela en la miseria y la desolación; y, por otro lado, el despotismo pérfida y sutilmente encubierto bajo el que se agazapan los oligarcas y gerifaltes que, en el reino de jauja de la abundancia consumista, engañan y narcotizan —dice de Prada— «tanto a los progres como a los derechoides ingenuos»; entre ambos males, ¿cuál elegir?
Los ocho millones de venezolanos que, sin dudarlo, han huido del despotismo descarado de sus déspotas y gañanes; todos esos venezolanos que estos días celebran alborozados que Venezuela se encamine hacia la edulcorada, sutil dominación de la partitocracia liberal, todos esos millones de venezolanos parecen tener muy claro —y hay que darles la razón— cuál de ambos males es el menor.
Javier Ruiz Portella
En Venezuela, como en España
Juan Manuel de Prada
Resultan grimosas esas condenas progres a la agresión de Estados Unidos en Venezuela que empiezan subrayando el autoritarismo de Maduro, o sus violaciones de los «derechos humanos», o no sé cuántas zarandajas más. Aunque Maduro hubiese sido san Francisco de Asís redivivo, Estados Unidos habría cometido la misma tropelía; pues le importa un comino que los regímenes políticos de las naciones que desea someter y despojar sean autoritarios, con tal de que asuman el papel lacayuno que les ha asignado. Así que esos progres que sueltan el sermoncito censorio preliminar sobre Maduro son agentes encubiertos al servicio del imperialismo yanqui, mucho más alevosos que los cantamañanas derechoides que aplauden la agresión.
Habría que empezar recordando que el derecho internacional, en un mundo dominado por el anglosionismo, es una rama de la literatura fantástica. Además, a diferencia de sus predecesores (que envolvían sus agresiones en farfollas retóricas aparentemente respetuosas del derecho internacional), Trump no se anda con paños calientes y declara sin ambages que desea apropiarse del petróleo y los recursos naturales venezolanos. Ciertamente, para justificar el secuestro de Maduro los yanquis han montado el «relato» del «narcoterrorismo», como en otra ocasión montaron el «relato» de las «armas de destrucción masiva»; pues, como nos enseña cierto maestro de la propaganda, cualquier intoxicación que se precie debe adaptar su nivel a sus destinatarios más imbéciles. Pero, fuera de estas concesiones a los imbéciles, debemos agradecer a Trump su avaricia de tiburón empresarial, sus modales zafios, su descarnada franqueza, que hacen más patentes los propósitos rapaces de Estados Unidos.
A los derechoides que aplauden una acción tan vil como en su día lo fueron la voladura del Maine o el ataque de Dewey a la flota española en Cavite les ha desconcertado que Trump se dirigiera con palabras respetuosas a Delcy y que, en cambio, se refiriese con displicencia a esa señora que le quitó el premio instituido por el inventor de la dinamita. Pero Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España. Primeramente, se deshacen del gobernante que impide o dificulta la «transición» que han diseñado (Carrero Blanco en España, Maduro en Vanezuela); y a continuación promueven una «transición» tutelada contando con los traidores del viejo régimen, a los que añaden en contubernio o zurriburri una «oposición» de gentes al servicio del tío Sam que ofrezcan una imagen fresca y renovadora. En España se hizo condenando a la irrelevancia a estantiguas como Carrillo, incluso a Nicolás Redondo, y encumbrando a Felipe González, que era el mocetón predilecto de la CIA. Y ahora en Venezuela Trump se quita de encima a la estantigua nobelera, para propiciar un apaño entre traidores del viejo régimen y postulantes cipayos que no estén quemados y puedan engañar lo mismo a progres que a derechoides ingenuos.
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