Trump y la derecha europea

¿Está Trump perjudicando al movimiento soberanista europeo?

 

 

Las pasadas elecciones legislativas canadienses prometían ser un paseo militar para los conservadores en enero de 2024. Tras dos mandatos del Partido Liberal y la dimisión de su líder y primer ministro, Justin Trudeau, poster boy del globalismo woke, Pierre Poilievre, candidato conservador, el ‘Trump canadiense’, se enfrentaba a una victoria cantada. Poilievre lideraba las encuestas sobre el candidato liberal, Mark Carney, con una ventaja de 20-30 puntos porcentuales; lo suyo no iba a ser una victoria, sino una masacre.

Y entonces Donald abrió la boca. Todo empezó en una cena privada en su residencia de Mar-a-Lago con el todavía primer ministro canadiense Justin Trudeau, donde en tono jocoso insinuó que si el país no podía aguantar los recién propuestos aranceles del 25%, siempre le quedaba la opción de anexionarse a Estados Unidos. Y desde ahí fue escalando, refiriéndose al primer ministro como “gobernador Trudeau», amenazando como “la fuerza comercial” y declarando: «Lo único que tiene sentido es que Canadá se convierta en nuestro querido Estado Cincuenta y Uno. Esto haría desaparecer todos los aranceles y todo lo demás: impuestos mucho más bajos y mejor protección militar para el pueblo de Canadá”.

Poilievre hizo lo imposible por desmarcarse, pero el mal estaba hecho y en las elecciones de abril Mark Carney se alzó con la victoria. Y la ironía más sangrante es que el impulso que llevó a la derrota al ‘Trump canadiense’ fue, precisamente, lo que la derecha soberanista venía a reivindicar: patriotismo y respeto a la soberanía nacional.

Probablemente todo era previsible desde el principio, pero entonces resultaba todo tan bonito. La victoria de un resuelto soberanista al frente del hegemón mundial era para los partidos patriotas de todo Occidente, por un lado, la confirmación de que el triunfo era posible también para ellos, que el globalismo estaba agonizando y que la suya era una de esas posiciones políticas de las que hablaba Víctor Hugo cuando dijo que no hay nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado.

Por otro, el propio Trump, desde su altísima magistratura, prometía su apoyo explícito a los movimientos soberanistas, no disimulando su cercanía personal con líderes como el húngaro Viktor Orbán y la italiana Giorgia Meloni.

Y, sin embargo, aquello duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks.

La primera victoria de Trump había dado mayor visibilidad a la derecha soberanista europeo, que vio crecer sus filas y la intención de voto de manera imparable, y favoreció la constitución de un grupo político en el Parlamento Europeo, los Patriotas, presidido por Santiago Abascal, parte de una bien avenida ‘Internacional nacionalista’.

Pero ahí está el problema: una ‘internacional nacionalista’ tiene mucho de contradicción en los términos. Si el objetivo de un partido es centrarse en los propios intereses nacionales sobre cualquier otra consideración, las probabilidades de chocar con los intereses nacionales de otros países se multiplican, y la ocasión se hace aún más enconada si al otro lado hay un gobierno igualmente soberanista.

Desde entonces, las acciones de Trump en política internacional no han hecho más que poner a sus aliados en Europa en una situación crecientemente incómoda.

El primer impacto fue el de los aranceles. Es difícil seguir los violentos vaivenes de la política comercial de Trump pero, para Europa, el resultado final es que a las empresas europeas les va a salir más caro y difícil exportar a Estados Unidos, mientras sus autoridades facilitan la entrada de la producción norteamericana.

Fue el primer momento de la verdad para los soberanistas europeos. Algunos justificaron la medida como una que beneficiaba a Estados Unidos, y que de eso va el soberanismo: de actuar en el propio interés. No se puede esperar que Washington gobierne decidiendo en beneficio de los de fuera.

En Francia, donde el partido soberanista, Agrupación Nacional, tiene un largo recorrido como partido de masas, la líder Marine Le Pen condenó las acciones de Trump calificándolas de “chantaje comercial”.

Pero los aranceles no bastaron para acabar con la luna de miel: el castigo no había hecho más que empezar. Quedaban otras duras pruebas para la relación, tres de ellas muy recientes: Venezuela, Irán y, sobre todo, Groenlandia.

El dilema de la captura y traslado a Nueva York para ser juzgado del presidente Nicolás Maduro era el siguiente: por un lado, no podía dejar de ser una buena noticia para la derecha nacionalista el derrocamiento de un líder socialista que estaba imponiendo sobre su pueblo una dictadura opresiva, represiva y empobrecedora tras unas elecciones más que disputadas. Por otro, la intervención no dejaba de ser una violación de la soberanía venezolana y una injerencia que se daba de bofetadas con los principios inicialmente defendidos por el propio Trump.

Los partidos soberanistas reaccionaron de manera dispar: se alegraban de la desaparición de Maduro pero cuestionaban el método para conseguirlo. En España, en parte por motivos de orden interno fácilmente comprensibles, lo primero pesó considerablemente más que lo segundo y se saludó con alborozo el fin del chavismo y anticiparon la previsible llegada al poder de la opositora Nobel de la Paz, María Corina Machado.

En la Agrupación Nacional francesa, más cauta, su joven líder, Jordan Bardella, concluía que “el régimen rojo de Nicolás Maduro suscita numerosas críticas legítimas desde el punto de vista democrático. Millones de venezolanos han sufrido esta dictadura sanguinaria y despiadada, que ha privado de derechos políticos a la oposición y ha sumido al país en una crisis económica interminable. Nadie lo lamentará».

Sin embargo, el respeto del derecho internacional y de la soberanía de los Estados no puede ser variable. El derrocamiento externo de un Gobierno por la fuerza no puede constituir una respuesta aceptable, ya que solo agrava la inestabilidad geopolítica de nuestro tiempo”. Alice Weidel, por su parte, fue tajante desde su cuenta en Instagram: “Trump ha violado ha violado la soberanía de Venezuela”.

Solo que no hubo fin del chavismo ni regreso triunfal de Machado. Trump no solo ignoró las aspiraciones de la opositora declarando que no está preparada ni tiene el suficiente respaldo popular sino que confirmó la continuidad “pro tempore” de la estructura bolivariana bajo el liderazgo de la hasta entonces vicepresidente del país, Delcy Rodríguez. Y eso ya es bastante más difícil de aplaudir, aunque tenga todo el sentido del mundo: el gran error de los norteamericanos en otras aventuras exteriores –Irak, especialmente– fue eliminar la estructura de poder existente de la noche a la mañana, creando una situación caótica.

En Irán también fue una cuestión de expectativas. Aquí los ánimos estaban lo bastante caldeados, y la situación en la zona era lo bastante crítica, como para que la cuestión de la soberanía iraní ni siquiera se plantease. Al fin, eran los propios iraníes los que se habían levantado contra el régimen, presuntamente de manera masiva, y la intervención norteamericana no sería sino ponerse de parte del pueblo en una revolución “desde abajo”. Y Trump, de hecho, preparó todo el escenario para que el mundo esperase un ataque inminente en favor de los insurgentes. Su último mensaje en este sentido se dirigió directamente al régimen amenazándolo con una fuerza terrible si reprimía las manifestaciones, y a los insurrectos animándoles a no cejar en sus ataques: “¡La ayuda está en camino!”.

Apenas 24 horas más tarde, el mensaje de Trump, transmitido a través de su red, Truth Social, era el contrario: los disturbios habían concluido, el régimen había perdonado la vida a unos cuantos insurgentes detenidos y, por tanto, ya no había razones para el ataque. La “mayor revolución feminista de la Historia”, como lo calificaron algunos especialmente motivados en redes sociales, había sido sofocada. Y muchos políticos soberanistas, que habían apoyado con vario entusiasmo la aventura, quedaron, por decirlo suave, desconcertados.

Pero el caso más desgarrador, el que más agudamente obliga a elegir, es el de Groenlandia.

A principios de su mandato ya habló Trump de la conveniencia de que Estados Unidos incorporara a su territorio la mayor isla del mundo, territorio soberano de Dinamarca, socio de América en la OTAN. Pero acostumbrados a que Trump mezcle bromas y veras, los más lo dejaron pasar como la mera expresión de un deseo.

Sin embargo, en los últimos días las declaraciones de Trump, en el sentido de que Groenlandia va a ser norteamericana, por las buenas o por las malas, ha causado una crisis muy seria en el seno de la alianza atlántica. Y en esta crisis, para desolación de los soberanistas, son los globalistas de Bruselas los que se arrogan el manto del patriotismo, aunque sea el patriotismo paneuropeo.

Y aquí sí que la derecha soberanista tiene el corazón partido. Europa está comprometida a muerte en la defensa de Ucrania precisamente por el principio de la inviolabilidad de la integridad territorial del país. Aunque no todos los partidos soberanistas se apuntan a este apoyo incondicional –AfD, especialmente, está en contra de seguir con la escalada bélica, no digamos el Fidesz que gobierna en Hungría–, la mayoría sí ha expresado su alineación con el esfuerzo bélico contra Rusia.

¿Cómo, entonces, justificar la actitud beligerante de Trump contra la pequeña Dinamarca?  Bardella, hablando en el Parlamento Europeo, muestra una clara oposición:

“Estados Unidos nos plantea una disyuntiva: aceptar una dependencia disfrazada de asociación o actuar como potencias soberanas capaces de defender nuestros intereses. Cuando un presidente estadounidense amenaza un territorio europeo utilizando la presión comercial, no se trata de diálogo, sino de coacción. Y nuestra credibilidad está en juego.

Groenlandia se ha convertido en un eje estratégico en un mundo que vuelve a la lógica imperial. Ceder hoy sentaría un peligroso precedente, exponiendo mañana a otros territorios europeos, e incluso franceses de ultramar.

La Unión Europea no puede permanecer en silencio. El acuerdo negociado el verano pasado debe suspenderse.

Debemos activar nuestros instrumentos contra la coacción y adoptar medidas específicas. No se trata de una escalada, sino de autodefensa.

La elección es sencilla: sumisión o soberanía. Europa debe elegir la libertad, la responsabilidad y el control de su propio destino”.

Al final, como suele suceder con Trump, la sangre no ha llegado ni va a llegar al río. La agresiva postura del americano vuelve a ser más estrategia de márketing que ardor guerrero, y hace unos días el secretario de la OTAN, Mark Rutte, ha anunciado el comienzo de un acuerdo con Dinamarca. Para salvar las formas, no habrá cesión explícita de soberanía, pero Estados Unidos podrá, en las propias palabras de Donald Trump, “hacer lo que le dé la gana” allí.

Como en tantas relaciones humanas, las crisis no tienen por qué traducirse en ruptura. Es más que posible que los soberanistas tengan que recalibrar sus relaciones con el mandatario norteamericano, atreviéndose a oponerse a las medidas de este cuando se oponga al interés de la propia nación o cuando contradiga sus propios principios. Conviene, quizá, un crecimiento, que equivale siempre a un sano alejamiento de la figura paterna que no suponga un rechazo global.

De cualquier manera, Trump puede seguir siendo una referencia y un apoyo en muchas otras luchas de la derecha soberanista, como el combate contra la tiranía ‘woke’ o contra la inmigración masiva y la defensa de la identidad nacional.

En última instancia, Trump es solo un hombre, con todos los males que componen la herencia de la carne, y ni siquiera en Norteamérica es mayor que el movimiento que lidera y representa.

© IDEAS – La Gaceta

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