El Reino Unido, presentado durante mucho tiempo como un país de moderación cívica, está siendo testigo de una ira popular cada vez más violenta contra la inmigración, única en Europa. Entre sucesos sangrientos, el escándalo de las bandas de musulmanes, violadores de 250.000 niñas blancas, el sentimiento de degradación social y el auge de Nigel Farage, el país acusa a sus élites de haber traicionado el contrato nacional.
Belfast, Southampton, Glasgow, Londres… De norte a sur del reino, desde el corazón de Inglaterra hasta Irlanda del Norte, recorre regularmente una ola de ira. Cada vez que se comete un delito por parte de una persona de origen extranjero, la calle se enciende y las manifestaciones se convierten a veces en violentos disturbios.
Esta enérgica protesta es la cara más llamativa del rechazo a «la inmigración masiva» por parte de un sector cada vez mayor de la población británica. Un fenómeno de una magnitud sin precedentes en Europa.
En todas partes, las consignas se parecen o se hacen eco unas de otras. «Nunca nos someteremos», gritan las pancartas enarboladas en las calles de Glasgow, tras el ataque con arma blanca perpetrado en Belfast la semana pasada por un refugiado sudanés. «Resistamos este nuevo ataque de los invasores contra nuestro pueblo», exhorta Tommy Robinson —cuyo nombre real es Stephen Yaxley-Lennon—, la figura más destacada de la nueva extrema derecha inglesa. «Justicia para Henry», corean los manifestantes de Southampton, en respuesta a la muerte de Henry Nowak, ese joven estudiante al que la policía esposó mientras agonizaba, tras haber sido acusado injustamente de insultos racistas por su asesino, un sij.
«Policía racista, fuera de nuestras calles», gritaban también, denunciando un nuevo «sesgo contra los blancos» en el seno de las fuerzas del orden.
«Las vidas blancas importan», rezaban otras pancartas.
«Rapefugees not welcome», se pudo oír, también en Belfast, hace un año, cuando dos adolescentes rumanos fueron acusados de intentar violar a una joven.
«Whose streets? Our streets!» («¿De quién son estas calles? ¡Nuestras!)
O «Send them home» («Enviadlos a casa») gritan aún aquí y allá los manifestantes. «El asesinato de Nowak ha desatado el conflicto en la vida política británica», señala Laura Kuenssberg, la destacada corresponsal política de la BBC.
Una ira que se desborda en las calles
El momento de mayor tensión se produjo hace dos años, cuando numerosas ciudades del Reino Unido se incendiaron tras el asesinato a puñaladas de tres niñas a manos de un joven de origen ruandés en Southport. Mezquitas, centros comunitarios y hoteles que alojaban a solicitantes de asilo fueron atacados por los alborotadores. La represión fue tan rápida como severa. Según un informe parlamentario, se produjeron 1.804 detenciones y 1.072 imputaciones. Se aceleraron los procedimientos judiciales para disuadir de nuevos disturbios y se juzgó a cientos de personas en tan sólo unas semanas. El resultado fue, a menudo, penas de prisión efectiva, incluso por comentarios efectuados en las redes sociales (incitación a la violencia, difusión de información falsa). Un hombre que participó en el incendio de un hotel que acogía a solicitantes de asilo fue condenado a nueve años de cárcel.
Si bien esta dureza calmó en parte los ánimos de los rebeldes, también avivó la ira, al generar una sensación de doble rasero. Rápidamente surgieron acusaciones según las cuales los alborotadores, en su mayoría blancos, recibían un trato más severo que otros causantes de disturbios. Para muchos, «resultaba inquietante el contraste con la puesta en libertad anticipada de otros reclusos debido al hacinamiento carcelario», señala Laura Kuenssberg.
En el país, esto no se ve con buenos ojos. En Makerfield, una localidad al oeste de Mánchester donde este jueves se celebra una crucial elección parcial, los votos a favor de Reform UK se han disparado en los últimos años. «El Reino Unido adolece de dos grandes problemas: la inmigración masiva y una policía de dos velocidades», afirma Albert Bretharton, un antiguo conductor de 79 años que vive en una coqueta casa de Bolton Road. «A los jóvenes de la zona que se manifestaron, pero que no hicieron gran cosa, se les trató como a delincuentes o terroristas». Tras el abuso policial contra el joven Nowak, Nigel Farage arremetió contra ese «wokismo de Estado»: «Vivimos en una sociedad de dos velocidades en la que los derechos y privilegios de los blancos cuentan menos que los de las minorías étnicas».
A la salida de Makerfield, una casita tiene dos folletos colgados en una ventana, uno de Donald Trump y otro de Rupert Lowe. Este último, diputado en desacuerdo con Farage, fundó hace unos meses un nuevo partido, Restore Britain, que aboga por medidas aún más radicales que Reform en materia de inmigración. «¡Rupert va a salvar el país y Trump va a salvar el mundo!», exclama Pat Charnock, una mujer de setenta años, antigua trabajadora de almacén. «Me he esforzado mucho, compaginando dos o tres trabajos para criar a mis tres hijos, y ahora nos quedamos atrás respecto a los inmigrantes en todo: la sanidad, la vivienda, la educación. A nosotros, los ciudadanos de a pie, se nos silencia. No somos racistas, sólo queremos que Inglaterra sea inglesa». «Imaginaos que en algunos barrios de nuestras ciudades se aplica la sharia, en detrimento de las mujeres». Hace unos meses, causó gran revuelo una investigación del Times que revelaba que existían al menos 85 tribunales de la sharia en el país y que, a menudo, se prefería esta justicia a la del Estado.
El impacto de la inmigración masiva
¿Cómo explicar esta revuelta contra los inmigrantes, más virulenta que en el resto de Europa? Este particularismo británico se debe a un conjunto de factores. En primer lugar, el contexto general propicia la contestación. Las encuestas muestran que la inmigración encabeza la lista de preocupaciones de los británicos. Según un estudio de Ipsos, más de dos tercios de ellos consideran que la inmigración es demasiado elevada. Otra encuesta de YouGov revela que el 70 % de los británicos considera que la inmigración ha sido demasiado elevada en los últimos diez años. Y, aunque se acaba de anunciar que el saldo migratorio neto se ha reducido casi a la mitad en 2025 —gracias a las medidas adoptadas por los anteriores gobiernos conservadores—, una encuesta del centro de estudios British Future revela que la mitad de los británicos cree que la inmigración ha seguido aumentando y espera un nuevo repunte en 2026.
«Las cifras de inmigración han sido muy elevadas en los últimos 15 o 20 años; la famosa “Boriswave” se tradujo, en particular, en un millón de entradas netas», explica François-Joseph Schichan, exdiplomático en el Reino Unido y consultor de Flint Global. El término describe el aumento migratorio que siguió a la salida de la UE impulsada por Boris Johnson. Entre 2021 y 2024, unos 4,2 millones de personas entraron en el país y una buena cuarta parte de ellas se quedó. Un fenómeno que constituye una de las mayores paradojas del Brexit, una de cuyas grandes promesas era recuperar el control de las fronteras. Y los inmigrantes europeos han sido sustituidos por inmigrantes de fuera de la UE, procedentes de países de Oriente Medio, Asia o África, a menudo musulmanes. Esta oleada ha irritado profundamente a la «Inglaterra periférica», la del norte y de las Midlands, empujando a numerosos votantes a los brazos de Nigel Farage.
Farage, Robinson y la derecha radical
Su partido antiinmigración, Reform UK, lidera hoy las encuestas. Y Restore Britain, un partido marginal pero que cuenta con el apoyo de Elon Musk, intenta superarlo por la derecha. ¿Está el Reino Unido experimentando un endurecimiento de su derecha nacionalista? «Contrariamente a ciertas ideas preconcebidas, la extrema derecha siempre ha tenido potencial aquí; basta con pensar en el Frente Nacional en los años setenta y en el Partido Nacional Británico (BNP) más recientemente. Pero, en el pasado, el sistema electoral la contenía —explica Tim Bale, de la Queen Mary University of London—. Ahora que muchas de sus reivindicaciones, con el aumento de la inmigración, se han infiltrado en la corriente dominante a través de los distintos partidos de Nigel Farage y del Partido Conservador, que intenta imitarlos —y ahora que el bipartidismo se desmorona—, no es de extrañar que vuelvan las “soluciones” que promovía».
La ira también se alimenta de la geografía y la historia. «Existe una permeabilidad del debate en toda la esfera anglosajona —afirma Schichan—. Lo que ocurre en Estados Unidos y en Irlanda tiene un impacto importante». En la vecina Irlanda, los numerosos brotes de hostilidad contra los inmigrantes, desde hace tres años, han dejado huella en el Reino Unido. «Estas manifestaciones se fomentan y se orquestan en línea, a menudo en parte desde el extranjero», opina Tony Travers, de la London School of Economics (LSE). «La obsesión de algunos políticos y multimillonarios estadounidenses por el “declive civilizatorio” del Reino Unido y de Europa alimenta estos acontecimientos». Elon Musk, propietario de X, desempeña así un papel de amplificador clave, con sus 240 millones de seguidores en su plataforma.
Y, en relación con el drama de Henry Nowak, el propio vicepresidente estadounidense se ha sumado al debate. El joven de 18 años «debería estar vivo hoy y lo estaría si las últimas generaciones de élites europeas se hubieran mantenido firmes frente a las políticas de autodesprecio y de invasión masiva de migrantes, muchos de los cuales desprecian a Occidente», escribió J. D. Vance en X.
La monstruosidad de lo cometido por las bandas de musulmanes que violaron a 250.000 chicas blancas contribuye a esta rebelión violenta contra la inmigración. Durante más de una década, entre finales de los años noventa y principios de los 2010, miles de jóvenes inglesas de entornos desfavorecidos sufrieron abusos y explotación sexual a manos de bandas de hombres, muchos de ellos de origen pakistaní. Las autoridades locales, la policía y los representantes políticos han preferido a menudo hacer la vista gorda ante los abusos cometidos por pakistaníes musulmanes, para no ser acusados de «estigmatización». Louise Casey, que dirigió la investigación en Rotherham, vio cómo la palabra «pakistaní» era tachada con corrector líquido, «por miedo a avivar el racismo». Keir Starmer se negó durante mucho tiempo a que se llevara a cabo una investigación nacional, antes de verse obligado a aceptarla.
«Quizá también exista un sentimiento de pertenencia nacional más fuerte en Inglaterra, con el temor, en una parte de la población, a que desaparezca la identidad inglesa», señala un observador extranjero.«No existe —añade— ese autodesprecio que se ha extendido entre los franceses». Prueba de ello sería el movimiento Raise the Colours («izar las banderas»), al que se debe la aparición de cientos de miles de Union Jack —pero también la Cruz de San Jorge — a lo largo de las carreteras, en las casas y en las rotondas. «Evidentemente, se dice que es la extrema derecha, como si no pudiéramos estar orgullosos de nuestro país», protesta Pat Charnock. «Si es un delito mostrar una bandera británica, pero está bien visto enarbolar la de Palestina, estamos en las nubes. Simplemente estamos hartos de este circo».
© Le Figaro





















