Nuestros colegas y amigos de Éléments, la revista de la Nouvelle Droite, acaban de publicar un número de candente interés, cuya portada pueden ver arriba. La remigración… Nada más ni nada menos.
No se preocupen los lectores y suscriptores de Éléments-El Manifiesto: estamos trabajando en la traducción y edición de dicho número, que verá la luz —así lo esperamos— los primeros días de julio. De momento, y en forma de aperitivo, les ofrecemos uno de los artículos —firmado éste por David L’Épée— con los que Éléments ha completado dicho número en su página web.
Lejos de mí la idea de tratar el tema de la remigración en un tono burlón. ¿Cómo podríamos hacerlo si, de aplicarse, cambiaría la vida de millones de personas, tanto de origen autóctono como alóctono? Pero precisamente porque la remigración es un asunto grave, me parece importante, incluso indispensable, abordarla desde un punto de vista humanista, y no desde una perspectiva de guerra civil que, inevitablemente, traería consigo su cuota de violencia y odio racial.
«¿Cómo podría ser humanista el proyecto de devolver a su país de origen a los ciudadanos que se han establecido aquí?», exclamarán sin duda las conciencias puras de la izquierda. Les responderé que no veo nada, en el derecho inalienable de los pueblos a vivir en sus tierras históricas (tanto para unos como para otros), que contravenga un enfoque humanista, sino todo lo contrario. A este derecho se suma, evidentemente, por parte del país de acogida, el de la soberanía nacional —igualmente inalienable— que, si tal decisión se tomara tras un referéndum popular, no tendría más remedio que aplicarse de conformidad con la voluntad expresada por los ciudadanos (suponiendo, por supuesto, que Francia se hubiera convertido para entonces en una democracia, lo cual es mucho suponer…).
No soy de los que consideran que la raza (palabra que de nuevo se puede utilizar desde que los «wokes» la han rehabilitado) sea un criterio válido de discriminación en un Estado de derecho. El problema del que hablamos es de carácter político; se refiere a cuestiones de migración, nacionalidad y ciudadanía, no a un sustrato étnico. Algunos de mis camaradas, más «identitarios» (nunca he entendido muy bien qué significa ese término), se burlarán de mi ingenuidad nacional-republicana, pero no creo que el gran reto de la integración y la asimilación se haya agotado del todo todavía. Hago mía esta definición de Bérénice Levet, para quien «la asimilación es una exigencia ligada a nuestra historia, como nación rebelde frente al comunitarismo en nombre de su pasión por el mundo común» —y añadía que «lo contrario de la asimilación no es la convivencia alegre de identidades y comunidades, sino la descomposición». Y eso es precisamente lo que estamos presenciando hoy en día debido a la renuncia del Estado francés a su voluntad asimiladora —una renuncia agravada por la agitación de una izquierda antirrepublicana que ha vendido su alma al clientelismo comunitarista.
Quienes pretenden defender a Francia se han especializado, desde hace algunas décadas, en enzarzarse en falsas oposiciones, como la que supuestamente divide a los soberanistas y a los identitarios. Estos dos enfoques son distintos, sin duda, pero no son mutuamente excluyentes y es perfectamente posible concebirlos de manera complementaria. Por la misma razón, estoy convencido de que se puede plantear, en determinados casos bien definidos, un proyecto político de remigración sin por ello abandonar la labor de integración y asimilación de una parte importante de las diásporas asentadas en nuestro territorio. Querer tirar al bebé con el agua del baño, es decir, repatriar al «francés de papel» integrado y pacífico (quizá incluso patriota) en el mismo vuelo chárter que al delincuente o al predicador islamista, sería, además de un error moral, un error político. El ensayista Jean Alcoba lo escribió hace unos años: «Sólo renacionalizando el derecho republicano se garantizará la “convivencia” según las condiciones francesas, de acuerdo con el siguiente principio: la asimilación siempre que sea posible, la remigración cuando sea necesaria».
Abuso de autoridad y arbitrariedad
Esta distinción es fundamental, al igual que la que existe entre los grupos y los individuos. Una política de remigración que expulsara a un hombre o una mujer, plenamente asimilados, con el pretexto de que, por otra parte, pertenecen a una comunidad «problemática», ya no sería un proyecto humanista, sino un abuso de autoridad injusto y arbitrario. En su libro sobre los derechos humanos, el filósofo Jean-Louis Harouel escribía que «si bien la no asimilación de algunos extranjeros no supone un problema para una nación —puede incluso constituir una aportación exótica, original y fecunda—, en cambio, la no asimilación de amplios grupos étnicos conlleva la formación de un contrapueblo, de una contrasociedad perjudicial para el país de acogida». Distinguir entre el grupo y el individuo supone también plantear la cuestión del número, tal y como señalaba el director general de la DGSE, Pierre Brochant: «La asimilación se abandonó rápidamente, sin bombo ni platillos, por renuncia a nosotros mismos, pero también por necesidad, ante unos flujos demasiado masivos como para que pudiera funcionar. De ahí el entusiasmo por la «integración», una especie de compromiso milagroso, de inspiración anglosajona, en el que cada uno da un paso hacia el otro, sin dejar de mantener su propia identidad. […] La “separación” no es más que el resultado de este balance insatisfactorio. » Cuando se dice que Francia ya no tiene los medios para asimilar a los inmigrantes que llegan a su territorio (debido a una afluencia demasiado grande), lo que se quiere decir es que ya no tiene los medios para asimilarlos a todos. Para asimilar mejor, hay que acoger a menos gente.
Idealismo frente a utopía
A los autores del último Tema Central de Éléments les resultará muy fácil, como decía, burlarse de mi «idealismo» asimilador, que asociarán con mi pasado de izquierdas y con mi republicanismo. De acuerdo. Pero ese idealismo, en la actualidad, me parece mucho menos utópico que la idea de la remigración, que me parece inconcebible al margen de un proceso revolucionario. En la V República tal y como existe, sin un recurso directo al pueblo (democracia referendaria) y sin independizarse de la Unión Europea, invertir los flujos migratorios no es factible; y la posible victoria en las elecciones presidenciales de un partido patriota no cambiará nada al respecto, ya que esa imposibilidad es, por así decirlo, estructural. Por supuesto, nunca se puede descartar la hipótesis de una revolución, pero las revoluciones, como nos ha enseñado la historia, forman precisamente parte de esos cambios de rumbo que no se pueden prever.
Hasta entonces, la resolución de la crisis migratoria sólo podrá llevarse a cabo dentro del marco previsto por la ley. Y si la ley, por muy imperfecta que sea, comenzara a aplicarse con el rigor necesario, ¡eso ya supondría un importante paso adelante! Al decir esto, pienso, en particular, en la situación de todas aquellas personas con una OQTF («obligación de abandonar el territorio francés») y con un historial penal bien nutrido que siguen deambulando impunemente por Francia, cuando su situación debería, precisamente, dar lugar a una expulsión. Esa «remigración», que ya es legal y aplicable caso por caso, debería ponerse en práctica de forma inmediata.
Si bien es importante expulsar a todos los alborotadores tal y como permite la ley, también lo es reactivar una verdadera política de asimilación, mejorando sus condiciones de viabilidad, tanto en términos de número como de aspectos logísticos y de mentalidad (este último punto, lejos de ser un detalle, atañe a lo «civilizacional»). «La asimilación —recordaba Alain de Benoist— implica que exista una voluntad de asimilar por parte del poder establecido y un deseo de ser asimilado por parte de los recién llegados». Sin embargo, ya no existe ni lo uno ni lo otro». Y recordaba que el propio Macron había declarado haber renunciado oficialmente a cualquier proyecto de asimilación respecto a las comunidades procedentes de la inmigración. El presidente puede contar, en su gran renuncia, con su «oposición» de izquierdas, ya que Mélenchon no dice otra cosa: «La asimilación no existe; lo que existe es la criollización. Y se pasa por distintas etapas.»




















