Nuestros Poetas en tiempos de zozobra —la Sección
Cultural de EL MANIFIESTO— prosiguen su andadura iniciada la semana pasada. Además, a partir de ahora, lo hacen en una excelente compañía: la de Alexandra Sorolla, brillante autora de poesía y divulgadora artística que se incorpora a esta casa como codirectora de nuestra Sección Cultural. Apasionada especialmente por la danza clásica, la filosofía y la cultura en general, Alexandra contribuirá al enriquecimiento de esta Sección, brindándonos el saber y las habilidades que ya ha desarrollado en su página en X, a la que invitamos a nuestros lectores.
El programa que tenemos delante es amplio. Para que no nos ensombrezca la zozobra de nuestros tiempos, nuestra Sección reunirá semanalmente, desde textos literarios y poemas (declamados o escritos) hasta obras de pintores y artistas diversos —sólo la belleza será el criterio—, pasando por un género, el de la videocomposición artística, que ahora podrá encontrar su debido sitio en nuestras páginas.
Abre hoy el fuego Como si el amor fuese una carta, un poema de la propia Alexandra Sorolla en el que la luz y el arrebato del amor se entrecruzan, como si cada uno implicara a su contrario, con las sombras y la pérdida. Se trata de un amor que, precisamente por ello, es el más grande. Es el amor del amante que asume, gallardo y poderoso, su pérdida; es el amor de quien, lejos de desmoronarse, se alza y exclama: «Si alguna tarde de invierno / alguien abre una carta antigua / y encuentra todavía / el perfume imposible / de aquello que fuimos, / que sepa entonces / que te amé / sin medida, / sin orgullo, / sin defensa».

Fotograma de Bright Star (2009). Escrita y dirigida por Jane Campion, la película se centra en los últimos años de vida del poeta romántico inglés John Keats y en su profunda historia de amor con Fanny Brawne. La historia se sitúa en los años finales del poeta, cuando ambos vivieron una relación intensa, contenida y profundamente marcada por la enfermedad, la pobreza y la imposibilidad.
Como si el amor fuera una carta
Por Alexandra Sorolla
Te amé
como se aman las cosas destinadas a no quedarse:
con las manos temblando,
con la voz recogida,
con esa ternura triste
de quien ya presiente la pérdida
y, aun así, no se aparta.
Te amé en los días claros,
cuando la luz parecía detenerse
sobre tu rostro,
como si el mundo entero
hubiera aprendido a callar
para mirarte.
Y te amé también en la sombra,
cuando el tiempo se volvió breve,
cuando cada palabra escrita
parecía arrancada al corazón
y cada silencio
guardaba más amor
que todas las promesas.
No sé si fuimos felices,
o si la felicidad fue apenas
ese instante frágil
en que tus ojos buscaron los míos
y la vida, por un momento,
dejó de doler.
Pero sé que hubo una flor
que no murió con nosotros,
una llama pequeña,
una música escondida
entre las cartas,
entre la fiebre,
entre los nombres
que el destino no quiso unir del todo.
Porque hay amores
que no necesitan años
para volverse eternos.
Les basta una mirada,
una espera,
una despedida que nunca termina,
una mano que no llega
y, sin embargo, permanece.
Y si alguna vez el viento
vuelve a rozar tu nombre,
si alguna tarde de invierno
alguien abre una carta antigua
y encuentra todavía
el perfume imposible
de aquello que fuimos,
que sepa entonces
que te amé
sin medida,
sin orgullo,
sin defensa,
como aman los corazones
que ya no piden nada,
salvo ser recordados
en la parte más dulce
y más triste
de la belleza.




















