Gana —explica Hughes— porque su derrota significa, entre otras cosas, que no tenían razón sus enemigos: desde los zurdos hasta la derecha liberal, pasando por la ‘derecha demencial’ (otro nuevo hallazgo del columnista).
Más sencillo. Para entender la importancia de Orbán y su labor, lo mejor es observar quiénes han celebrado su derrota y cuánto la han celebrado.
El hijo de Soros celebró la derrota de Orban como una «liberación» de Hungría y el final de la «injerencia» internacional. Que un Soros hable de injerencia extranjera dice bastante del punto en el que estamos, y también del disfraz que toma el globalismo estos días.
Porque a Orban se le acusaba de ser marioneta de Putin y de Trump y Netanyahu. Lo primero, la derecha liberal o institucional; lo segundo, la derecha demencial, al servicio de la primera.
Orban era el gran enemigo de la oligarquía de Bruselas, que prometía dinero a los húngaros si votaban a su rival, y fue también el gran coco de los politólogos que tenemos por castigo por encarnar la «democracia iliberal» y el «autoritarismo competitivo», que, en idioma progreliberal venía a ser el dictador en ciernes del fascismo-siempre-llegando.
La realidad es un poco decepcionante y tras quince años de gobierno el autócrata iliberal pierde con claridad unas elecciones, las reconoce y, sin más, se va a su casa. Esto entristece a mucha gente, pero es como cuando el Madrid de Di Stéfano ganó las 5 primeras Copas de Europa; perder la sexta era un drama, pero es que no se podía ganar siempre. Que no haya ganado significa, entre otras cosas, que no tenían razón los otros.
Orban ha mejorado su país, ha mejorado la renta per cápita del húngaro, su seguridad y ha intentado evitar su cataclismo demográfico. Y sobre todo, ha creado un marco, una vía soberana que constituye la gran alternativa a la UE actual, que por supuesto no se lo perdonará. Hay un triunfo final en que, para derrotarle, el que llega tenga que asumir su marco.
Aquí se abre la cuestión del relevo. No es la izquierda, pero contiene los votos de la izquierda. Asume las políticas de migración de Orban, pero gusta a Von der Leyen y esto parece un ejemplo del maquillaje o camuflaje que irá haciendo cierta derecha. Mientras estigmatizan el populismo de derechas, también en lo personal (sirven aquí las referencias exteriores: putinizar, trumpificar, judeizar… que en realidad son formas de atávico nacionalismo que se permiten los europeístas: rusofobia, americanofobia, judeofobia… una faz negativa del nacionalismo que no se dice, y se revela así), estigmatizar al populista, decía, y a la vez apropiarse de parte de su discurso puede ser una estrategia en boga.
Sirva de ejemplo un tuit de la inevitable Cashetana, que celebró los resultados húngaros con deleite operístico («Bravo, bravo, bravo») llamando a Sánchez «Orban del sur», lo que da la medida de su aprecio por el titánico soberanismo del húngaro. Sanchez trafica con soberanía, Orban la pelea y custodia.
La política internacional es una cosa muy complicada que para empezar exige conocer la política de muchos sitios, cuando apenas se conoce la propia. Para entender la importancia de Orban y su labor, lo mejor es observar quiénes han celebrado su derrota y cuánto la han celebrado.
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