La pobre no lo sabe, pero con Franco, Maricarmen vivía mejor. Todos, por lo demás, vivíamos mejor entonces, y si no hubiera sido por aquella censura cerril, aquella pudibundez tosca, aquella cursilería boba, aquellas maneras ñoñas; si no hubiera sido, en fin, por toda aquella memez carca que lo echó todo a perder, la vida habría sido… ¡Dios, lo que habría sido! Pero dejémoslo, que el asunto es otro. El asunto —lo recuerdo para quienes no conozcan el caso— es que doña Maricarmen Abascal (sí, encima ese apellido…) es una Charo (epíteto despectivo con el que se conoce en España a las féminas de progres ideas) que, con 87 venereables años, vivía sola en un piso del madrileño y elegante barrio de El Retiro. Su padre lo había alquilado 70 años atrás y, gracias a ello, Maricarmen seguía pagando un alquiler ridículo: sólo unos 400 euros, cuando el precio de mercado de semejante piso en semejante barrio es de unos 3.000 (sí, una burrada, una brutalidad, una iniquidad, no cabe duda). Y éste era el precio que le reclamaba la empresa que había comprado el edificio; una empresa, por cierto, que, en este caso, al menos no era ningún “fondo buitre”, sino una pequeña inmobiliaria propiedad de dos hermanos españoles.

Como Maricarmen no podía pagar, evidentemente, tal suma, intervinieron los servicios sociales del ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid para ofrecerle un piso por el mismo precio en otro barrio o, quizás mejor, dados sus años, una plaza en una residencia de muy buen nivel. Ella lo rechazó todo (incluida la oferta de una señora que le propuso pagarle hasta el fin de sus días el alquiler reclamado por la inmobiliaria) y como nadie consiguió sacarla de sus trece, acabó planteando una batalla, jurídicamente perdida de antemano, para mantenerse en el piso de toda su vida y por el alquiler de siempre.
Fue entonces cuando la jauría de la ultraizquierda, incluidos los Bardem y demás pretendidos intelectuales, dueños de los más suntuosos pisos y chalets, vio en la pobre Maricarmen la presa perfecta. La situación contaba con los ingredientes soñados para agitar a las masas y desviar la atención de las corrupciones, traiciones, pucherazos e invasiones promovidas por el actual Régimen y, en particular, por el Gobierno de Pedro Sánchez. Ahí tenían, para solaz de la sensiblería que caracteriza a nuestros tiempos, a una indefensa ancianita de 87 años que acabaría siendo desahuciada ante las cámaras de todas las televisiones, las cuales abrirían con ella los informativos y harían que la mayoría de las buenas gentes vertieran abundantes lágrimas de compasión.

Lo que todas las televisiones y medios oficiales, lo que toda la agitación izquierdo-comunista desencadenada desde entonces se cuida muy mucho de decir son dos cosas. Por un lado, ignora todas las medidas alternativas que se le ofrecieron a una Maricarmen empeñada en convertirse en bandera de agitación. Lo que, por otro lado, se callan aún con mayor cuidado es lo siguiente: fue nada menos la legislación de la ominosa dictadura lo que le permitió a la anciana disfrutar durante tantos años de un tan reducido alquiler. El empeño social que, bajo la presión de la Falange, caracterizó a al franquismo lo llevó a limitar hasta un grado hoy inimaginable la libertad contractual de los arrendamientos urbanos. El propietario quedaba atado de pies y manos; el alquiler lo era de por vida, con subrogación a cónyuges, hijos, nietos del inquilino… y sin posibilidad de aumentar el precio, salvo con pequeños ajustes relacionados con el coste de la vida. Ésta fue la legislación que amparó el piso de Maricarmen hasta que un Gobierno… socialista, precisamente, el de Felipe González, abrogó las normas con las que Franco protegía a los desheredados y decretó una ilimitada libertad de contratación con la que favorecer a los pudientes.
¿Y si dejáramos a Maricarmen y habláramos de la situación de fondo?
Hay que hablar de ello, desde luego, porque todo el asunto de esta señora no es, finalmente, más que humo de pajas destinado a enturbiar la situación, agitar hojarasca y dejar de plantear, además de tantos otros desafueros, los problemas estructurales, de fondo, que la situación del mercado inmobiliario, con sus precios disparatados, exige poner sobre el tapete.
Digámoslo claro: la situación actual es simplemente insostenible. Cuando tantos alquileres, que ni siquiera son de lujo, se comen la totalidad de un salario, se requiere replantearlo todo de nuevo, ir hasta la raíz y, pese a quien pese, “reiniciarlo” todo de arriba abajo, como diría Esparza con su último libro Reiniciar España. Pero quienes podrán emprender tal reinicio no son desde luego aquellos que, durante estos últimos cincuenta años, lo han degradado todo hasta el punto de que hemos dejado de tener un techo bajo el que cobijarnos decentemente. El problema de la vivienda, dicho de otro modo, no es un problema específico, algo que se pueda plantear con independencia del resto: es una parte del problema general, una parte (la que más duele en lo inmediato, eso sí) de ese gran todo de podredumbre —económica, cultural, moral, artística, espiritual…— en la que chapoteamos enlodados hasta el cuello. Y es ese todo el que se debe atacar.
El que comunistas e izquierdistas no lo hagan en modo alguno; el que sigan sosteniendo los pilares ideológicos y culturales del Sistema, el que se hayan convertido en los más eficaces aliados de plutócratas y oligarcas, es lo que los descalifica a la hora de efectuar una denuncia —en sí misma, bien legítima— de la degradación de la situación inmobiliaria.




















