Con esta tercera entrega se excava la última raíz y se llega al final del recorrido. Quienes compartan simpatías con Vox se alegrarán profundamente por la robustez del árbol que se alza sobre tales raíces. Quienes, en cambio, estén envueltos de animadversión quedarán profundamente apenados también.
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1.4 Marco y González: la nación sin nacionalismo, la soberanía sin jacobinismo
El cuadro español de filosofías que confluyen en Vox quedaría incompleto sin dos nombres menos citados que los anteriores, pero cuyas aportaciones resuelven dos problemas conceptuales que Vox tenía pendientes y que ningún eslogan podía solventar por sí solo.

El primero es José María Marco, ensayista e historiador de las ideas, biógrafo de Azaña y de Maura, que llegó a ser candidato al Senado por Vox en la circunscripción de Madrid: otro caso de intelectual —ya hemos citado antes, en el mismo sentido, a Iván Vélez— que no se limita a orbitar el partido, sino que se compromete también en lo práctico. Y bien, la contribución específica de Marco reside en su articulación de una defensa de la nación española que no es nacionalista. Para Marco, formado en la tradición liberal, el nacionalismo —todo nacionalismo, incluido el español— es una patología romántica que sacraliza la comunidad y devora al individuo; la nación, en cambio, es el marco histórico de una comunidad de ciudadanos libres, y se defiende precisamente para que ese marco de libertades no sea troceado por los nacionalismos fraccionarios. La ironía histórica es sabrosa, y conviene no escamotearla: en ese empeño de fundar la adhesión a España en algo distinto del nacionalismo, Marco coincide, curiosamente, con José Antonio Primo de Rivera, que despachó el nacionalismo como «el individualismo de los pueblos» y quiso asentar España no en el sentimiento romántico (que también Marco aborrece), sino en una «unidad de destino». Que un historiador liberal y el fundador de la Falange converjan en el diagnóstico —España no debe fundarse en el nacionalismo— divergiendo en todo lo demás, incluida la óptica desde la que se formula (liberal en un caso, todo lo contrario en el otro), es una de esas simetrías que la historia intelectual española produce con más frecuencia de la que sus protagonistas estarían dispuestos a admitir. Para Vox, la operación de Marco tiene un rendimiento evidente: permite responder a la acusación más repetida —«sois nacionalistas españoles, espejo de los nacionalismos periféricos»— con una distinción en vez de con un aspaviento.
El segundo nombre que resulta útil mencionar aquí es el del profesor de la Universidad de Murcia Domingo González, autor de Soberanismos, libro que recoge ideas ya articuladas por el partido Chega en Portugal, pero cuyo rendimiento en España es considerable: ayuda a pensar un soberanismo que no sea jacobino. La precisión importa, porque el espacio del constitucionalismo español ya había ensayado antes una defensa de la nación —la de UPyD y Ciudadanos—, pero lo hizo en clave jacobina: centralista, uniformizadora, recelosa de toda diversidad territorial, con la República francesa como modelo tácito[1]. El soberanismo que González contribuye a perfilar es de otra estirpe: asentado en la tradición española, que fue siempre la de una monarquía compuesta y plural; atento a las diversidades regionales de nuestro país, entendidas como patrimonio y no como amenaza; y fundamentado en la idea de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia, según la cual las comunidades menores no deben ser absorbidas por las mayores, sino respetadas en lo que pueden hacer por sí mismas. La consecuencia práctica es visible y desconcierta a más de un observador: Vox usa con naturalidad lenguas de España en sus actos y su propaganda, porque en este esquema esas lenguas no son propiedad del adversario separatista, sino riqueza tradicional española que el separatismo ha secuestrado. Frente al tópico que pinta a Vox como mero centralismo redivivo, esta veta subsidiarista y foral es de las que mejor explican algunos de sus gestos y peor encajan en las caricaturas.
Segunda parte: ecos desde allende las fronteras españolas
Si las raíces filosóficas españolas de Vox son troncales, las internacionales funcionan más bien como injertos: ideas nacidas en otros debates que se han ido incorporando, con desigual fortuna, a su propio árbol voxero. Conviene advertir que el modo en que llegan difiere del citado en la primera parte de este texto y condiciona lo que de ellas queda. No llegan por vía académica —apenas hay traducciones universitarias de la mayoría de estos autores—, sino por circuitos alternativos: editoriales pequeñas y militantes, congresos y cumbres internacionales, fundaciones que se visitan unas a otras, entrevistas en canales digitales, redes sociales donde una tesis compleja viaja convertida en fragmento. De ahí que estas influencias sean a la vez más visibles y menos profundas que las autóctonas: se citan más y se leen menos. Un injerto, al fin y al cabo, prende o no prende según la savia del tronco que lo recibe; y en más de un caso lo que ha prendido en España guarda escaso parecido con lo que originariamente se plantó.
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El injerto más consistente filosóficamente seguramente sea el del llamado «paleoconservadurismo» norteamericano, capitaneado por Paul Gottfried[2], que en 1986 acuñaría junto con Thomas Fleming tal término. Su meta al hacerlo era la de distinguir a los conservadores de vieja estirpe de aquellos neoconservadores procedentes en buena medida del trotskismo y que habían tomado al asalto las instituciones de la derecha estadounidense. Y su tesis principal, desarrollada en After Liberalism y Multiculturalism and the Politics of Guilt, sostiene que el liberalismo clásico murió hace tiempo y fue sustituido por un Estado administrativo-terapéutico que ya no se conforma con gestionar recursos: aspira a modelar las almas. Y, para ello, su instrumento predilecto es un multiculturalismo que glorifica toda diferencia respecto de la población mayoritaria histórica mientras despoja a esta de reconocimiento. La razón de tal empeño no es misteriosa: una cultura mayoritaria que el Estado no ha creado se halla en condiciones de resistirle, y por eso conviene disolverla. La genealogía que propone es provocadora: la corrección política sería protestantismo secularizado, culpa calvinista sin redención, pecado original sin bautismo que lo lave. Se trata de una tesis que, como se habrá advertido, converge de manera notable con la lectura del wokismo que suele hacer Quintana Paz, aunque este llegue a ella mediante su contraste con la cultura católica, mientras los paleoconservadores lo hacen mediante su análisis del citado Estado-Leviatán. En cualquier caso, esto explica el paradójico interés de Gottfried, judío neoyorquino, por las culturas políticas católicas de Europa, a su juicio más resistentes al Estado terapéutico precisamente por disponer de identidades comunitarias densas e institucionalizadas.
Cabe entender sin esfuerzo por qué estas tesis circulan con fluidez por el espacio intelectual de Vox: ofrecen munición norteamericana de alto calibre para una guerra que aquí se libra con acento español. Junto a Gottfried convendría mencionar a los demás miembros de esa constelación paleoconservadora, cuyo eco español ha sido igualmente perceptible: Patrick Buchanan, cuyo La muerte de Occidente popularizó el argumento demográfico; Samuel T. Francis, que acuñó la noción de «anarcotiranía» para describir un Estado incapaz de perseguir la delincuencia común pero implacable con el ciudadano cumplidor; y sobre todo Christopher Lasch, procedente de la izquierda, cuya Rebelión de las élites proporcionó a toda esta familia el diagnóstico que hoy repiten sin citarlo: que la traición de las clases dirigentes a la nación que las sostiene, y no la ignorancia de las clases populares, es el problema político central de nuestro tiempo[3].
Un segundo injerto, más reciente y probablemente más duradero, procede del llamado nacionalconservadurismo (national conservatism, abreviado a menudo como natcon). Su formulador principal es el filósofo israelí Yoram Hazony, cuyo La virtud del nacionalismo[4] invierte el consenso posterior a 1945 con un argumento de estirpe bíblica: no es el Estado nacional el que produce la guerra, sino el imperio, esto es, la pretensión de una autoridad universal de imponer un orden único a pueblos diversos; y el orden internacional deseable sería el de una pluralidad de naciones independientes que se reconocieran mutuamente el derecho a ser distintas. Los congresos nacionalconservadores que Hazony organiza han funcionado como el gran foro para esta familia ideológica, y su vocabulario resulta hoy perfectamente reconocible en los discursos de Vox, a pesar de que el antiimperialismo de Hazony choque violentamente con el combate contra la leyenda negra que hemos subrayado antes como emblema de la Escuela de Oviedo. En una órbita próxima a este nacionalconservadurismo cabe situar dos nombres más de relieve, aunque muy distintos entre sí: Rod Dreher, cuya Opción benedictina propone a los cristianos una retirada estratégica hacia comunidades capaces de preservar la fe en un entorno hostil —tesis discutida en este espacio, precisamente porque su quietismo choca con la vocación combativa dominante—; y Douglas Murray, cuya Extraña muerte de Europa aportó el molde narrativo del suicidio civilizatorio europeo por agotamiento moral y desidia demográfica[5].
En esta misma constelación nacionalconservadora ha de inscribirse el filósofo polaco Ryszard Legutko, catedrático en Cracovia y copresidente durante años del grupo parlamentario de los Conservadores y Reformistas Europeos, donde Vox se integró al llegar a Estrasburgo. Su libro Los demonios de la democracia sostiene una tesis que solo puede formular con autoridad quien padeció el comunismo: la democracia liberal ha desarrollado dinámicas coercitivas análogas a las de aquel —uniformización ideológica, ortodoxia obligatoria, intolerancia hacia el disidente—, pues comparte con él la fe en una historia de dirección única y en un hombre nuevo que fabricar. El lector atento habrá advertido la rima: es el «fundamentalismo democrático» de Gustavo Bueno, formulado esta vez desde Cracovia y no desde Oviedo; y que dos filósofos tan alejados entre sí converjan en el diagnóstico ayuda a entender la facilidad con que este injerto ha prendido en el tronco español.
Mención aparte merecen los llamados posliberales norteamericanos, con Patrick Deneen (¿Por qué ha fracasado el liberalismo?) a la cabeza y Adrian Vermeule en su ala integralista. Para Deneen, el liberalismo no ha fracasado por traicionar sus principios, sino por cumplirlos: su antropología del individuo desvinculado ha acabado produciendo, justamente, los desarraigados que postulaba. Ahora bien, el interés de esta corriente para nuestro objeto reside menos en lo que Vox haya tomado de ella que en el contraste que ilumina: el integralismo de Vermeule —la subordinación del orden político a la potestad espiritual, personificada en la jerarquía de la Iglesia— constituye exactamente la opción güelfa contemporánea. Dentro de la derecha de inspiración cristiana conviven, pues, dos respuestas opuestas (güelfa-clerical-elitista y gibelina-laica-populista) al mismo problema; y el ecosistema español, como vimos al hablar de Quintana Paz, parece haberse decantado más bien por la segunda[6].

Queda, en fin, la sombra alargada de Carl Schmitt, el cual, siendo un pensador de otro siglo —por lo que, en principio, no pertenece al ámbito que hemos acotado como propio de este estudio—, llega a Vox a través de sus sucesores y traductores contemporáneos, que son legión y de lo más variopinto. Llega por la derecha, vía el propio Hazony y sus cumbres, donde la distinción amigo-enemigo se recicla como defensa de la nación frente al universalismo de Davos. Llega por el flanco tecnológico, vía la teología política de Peter Thiel, con su meditación sobre el katejon —la fuerza que retiene la irrupción del caos[7]—. Llega por vía académica, y aquí el círculo se cierra sobre sí mismo, a través de los traductores y estudiosos españoles de Schmitt, entre los cuales figura el mismo Domingo González que citábamos en la sección anterior[8]. Y llega, no es la menor de las ironías, por la izquierda: el agonismo de Chantal Mouffe, que rehabilitó a Schmitt para fundamentar el populismo de Podemos, enseñó de rebote a sus adversarios que la política es conflicto y no gestión, es batalla cultural y no consenso político, y que quien renuncia a trazar la frontera entre el nosotros y el ellos acabará dentro de la frontera trazada por otros.
A ello habría que añadir el efecto, más difuso pero real, de un Giorgio Agamben cuyas categorías biopolíticas —el estado de excepción convertido en norma— fueron adoptadas durante la pandemia por sectores de la derecha que quizá no eran sus lectores más asiduos[9], en uno de los cruces ideológicos más desconcertantes de la década pasada. Vox, en suma, recibió savias inesperadas de autores inopinados; pero ya se sabe que un injerto consiste, justo, en hacer propio algo que procede de una especie diferente.
Conclusión: la mediación irreductible
Volvamos al principio. Ninguna de estas influencias «explica» a Vox, del mismo modo que ningún libro de recetas explica un restaurante. Entre la filosofía y la política real media siempre una cadena de traducciones, simplificaciones y traiciones creativas: Bueno sin materialismo, De Benoist sin paganismo, Gottfried sin sus ambigüedades americanas, Schmitt leído en fotocopias de sus enemigos. Los partidos no son academias; son máquinas de ganar elecciones que devoran ideas como el fuego devora leña, sin preguntarle al árbol su opinión.
Y sin embargo el mapa importa. Importa porque los vocabularios disponibles delimitan lo pensable, y lo pensable delimita lo posible. Un partido que dispone de la ontología nacional de Bueno, del mito movilizador de Esparza, del antiwokismo gibelino de Quintana Paz, de la nación sin nacionalismo de Marco, del soberanismo subsidiario de González, de la crítica antiburocrática de Gottfried y de la gramática del conflicto schmittiana no es el mismo partido que tendría que arreglárselas solo con eslóganes: puede querer cosas distintas, y puede quererlas durante más tiempo. La filosofía no gobierna, no se sienta a la mesa del despacho de los políticos; pero sí amuebla esos despachos. E incluso elige a menudo el color de sus paredes. Por eso los escribidores académicos, difuntos o vivos, siguen siendo más peligrosos de lo que parecen, como ya nos advirtió Keynes.
En suma: aceptemos que, a fin de cuentas, el poeta Heine tenía razón en sus cautelas. Conviene vigilar los jardines en los que los filósofos cultivan, solitarios, ideas en lugar de flores. Porque las ideas, como las semillas, producen a menudo árboles que no se les parecen; y bajo sus copas suceden peripecias que nadie esperaba.
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Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, llegaría a afirmar en cierta ocasión incluso que «hubiera sido mejor que los franceses ganaran la Guerra de la Independencia». ↑
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Sobre Gottfried y el conjunto de estas derechas disidentes norteamericanas, véase George Hawley: Right-Wing Critics of American Conservatism (2016), que documenta también sus zonas de contacto, y de fricción, con radicalizaciones posteriores como la llamada alt-right. ↑
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Esta idea ha arribado a los debates made in Spain también desde la izquierda francesa menos convencional: piénsese en la repercusión de Christophe Guilluy y su libro No society (2018), como recuerda el periodista Víctor Lenore aquí. ↑
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Publicado en España, significativamente, por Bibliotheca Homo Legens, una de las editoriales más renombradas del ecosistema cultural próximo a Vox. ↑
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La politología anglófona ha propuesto la categoría de «civilizacionismo» para este giro desde la nación hacia la civilización como sujeto amenazado (por ejemplo, aquí). Vox encaja solo parcialmente en esta etiqueta: su matriz bueniana e hispanista le da un anclaje nacional e histórico más denso y complejo que la mera «defensa de Occidente». ↑
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Algún lector echará en falta en este recuento a Roger Scruton, el filósofo conservador más traducido y leído de las últimas décadas. Su ausencia es deliberada: su conservadurismo estético —la oikofilia, el amor a la casa compartida— flota sobre todo este espacio a modo de atmósfera, pero se aleja un tanto del carácter, más combativo y menos British, de Vox. Aun así, véase el diálogo que Quintana Paz y el propio Santiago Abascal mantienen con él —a propósito de un ecologismo de derechas— en la introducción y prólogo, respectivamente, de la traducción de su Filosofía verde, publicada por la ya citada Bibliotheca Homo Legens en 2021. ↑
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De nuevo es Quintana Paz el que ha aprovechado a Thiel para sus reflexiones políticas (por ejemplo, aquí), dentro de la reflexión de largo alcance que viene haciendo sobre la Cristiandad (al menos desde este texto publicado por la Fundación Disenso en 2023), en diálogo con otra filósofa que podría figurar en la constelación de pensadores internacionales que acaban repercutiendo en Vox: la francesa Chantal Delsol. ↑
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Cabe recordar aquí que el propio Domingo González pertenece a la escuela del profesor Dalmacio Negro, muy influyente en el pensamiento político español de hoy día —no solo aquel que lee a Schmitt asiduamente—; ahora bien, su vinculación con el proyecto político de Vox resulta más ambivalente, por lo que no nos hemos detenido a explorarla en esta investigación. ↑
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De hecho, Quintana Paz, que empleó este tipo de reflexiones biopolíticas en varios de sus textos durante la pandemia (véase, por ejemplo, su «Del mundo como supermercado a la sociedad como hospital» de 2021), no se molesta siquiera en citar a Agamben, pese a su buen conocimiento de la filosofía en italiano. ↑
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