"Escultura" en una rotonda de Valladolid. Sin comentarios

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La época de lo Feo. ¿De verdad espolítica la Belleza?

La época de lo Feo… Otra diatriba, pues, contra la fealdad que sumerge al arte y envuelve la vida en nuestros campos y ciuades. Como no ignoran nuestros lectores, el de la Fealdad es uno de nuestros temas recurrentes, una auténtica bestia negra que EL MANIFIESTO persigue con saña… pero —reconozcámoslo— escaso éxito.

Seamos claros. Salvo honrosas excepciones (por ejemplo, la del llorado Fernando Sánchez Dragó), siempre nos hemos sentido muy aislados, muy solos, en este aspecto de la batalla cultural. Cual quijotes enloquecidos nos dedicamos a perseguir engendros y esperpentos que nadie parece considerar tales. En realidad, sí los consideran, y salvo los impostores que viven del cuento, nadie dirá que el “arte contemoráneo” cultiva la belleza o que nuestras metrópolis son hermosos y agradables lugares en los que vivir. El problema es que a nadie le importa un pimiento. Nadie considera que sea ésta una cuestión crucial… y cuestión política. Nadie piensa que, como dice el siguiente artículo, “la belleza es política”. Nadie proclama, como declaró recientemente Marine Le Pen en un discurso político, que “se ha olvidado o descartado a propósito la promoción […] de un concepto esencial: la belleza”.

Por todo eso nos causa particular satisfacción acoger el artículo, publicado en Le Figaro, en el que la periodista y crítica de arte Eugénie Bastie, denuncia el reino de lo Feo y toma decidido partido por lo Bello.

 


 

Todos conocemos el verso de Rimbaud: «Una noche, senté a la Belleza en mi regazo. —Y la encontré amarga. —Y la insulté.» La provocación del poeta rebelde todavía implicaba un enfrentamiento apasionado con la Belleza. Hoy en día, nos es indiferente. Lo bello se ha convertido en un privilegio de las clases altas (y ni siquiera: como escribía Nicolás Gómez Dávila, «la única diferencia entre ricos y pobres, hoy en día, es el dinero»: el mal gusto triunfa incluso en la burguesía) o en un objeto de peregrinación turística. Pero ha abandonado la vida cotidiana. Cada vez la uniformización y la fealdad ganan más y más terreno: desde el mobiliario urbano hasta el desaliño vestimentario, pasando por los centros comerciales, las eólicas, los tatuajes y los grafitis. «Se degenera, se envilece nuestro entorno cotidiano», señala Jonathan Siksou en Le Saccage de la beauté [El saqueo de la belleza], un magnífico librito que denuncia con vigor y agudeza un fenómeno fundamental de nuestra época, a la que podríamos bautizar como la «era de lo feo». El ensayista explora con valentía todas las capas de esta renuncia a lo Bello que afecta a nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras almas.

Fealdad de los paisajes: la preocupación por su composición —desde el teatro griego que se adapta al relieve hasta el campanario de una iglesia que se alza entre los campos— se desvanece ante las exigencias de la ordenación del territorio. Las eólicas imponen su silueta industrial a horizontes cuya armonía ya no parece importar en absoluto.

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Fealdad de las ciudades, a la vez «tercermundizadas» y «americanizadas». Esas entradas a las aglomeraciones donde proliferan los naves comerciales, los aparcamientos y las vallas publicitarias. Esos bancos que parecen bloques de hormigón. Esos grafitis que desfiguran las fachadas. Una arquitectura lisa y uniforme. Antiguos silos, construidos para albergar grano o ganado, se convierten hoy en joyas donde celebrar nuestras bodas. Buscamos para nuestras fiestas la belleza a la que hemos renunciado en el día a día.

Por 450 € puede usted disfrutar de estos magníficos vaqueros de Dolce & Gabbana con atractivos rotos hechos en fábricaFealdad de los cuerpos. Antiguamente, la elegancia no era una cuestión de clase social: todo el mundo se esforzaba por arreglarse. Hoy en día, el descuido y el desaliño tampoco expresan una diferencia social: desde el futbolista multimillonario hasta el obrero, pasando por las colecciones de las marcas de lujo, la dejadez se ha impuesto y el chándal se ha hecho universal. El abanico, un objeto tan poco susceptible de mejora como el tenedor, permitía la elegancia de un gesto inmemorial de la muñeca. Ha sido sustituido por el «ventilador de bolsillo», que prescinde de cualquier movimiento a cambio de un zumbido: la pereza engendra la vulgaridad.

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Fealdad de la lengua, masacrada a golpes de «tío», «stía» «súper», etc., pasada por la trituradora del globish y el habla arrabalera de los barrios de la inmigración. Un empobrecimiento favorecido por el relativismo que reina incluso en las instituciones, como ilustra el director de la Ciudad Internacional de la Lengua Francesa de Villers-Cotterêts, quien precisa:

No estamos aquí para proteger ni para defender la lengua. Estamos aquí para dar vida a la lengua en su vitalidad acogedora, porque las palabras son migratorias.

 

La pasión por el bienestar

La gran fealdad del mundo tiene tres causas principales. En primer lugar, la pasión por el bienestar, que hace que se prefiera lo funcional, lo útil y lo eficaz a lo bello. En Los demonios, de Dostoievski, Stepán Trofímovich ya reduce la controversia a esta pregunta: «¿Qué es más bello, Shakespeare o un par de botas, Rafael o el petróleo?» En segundo lugar, el igualitarismo, que rechaza toda jerarquía —la cual es indispensable para el juicio artístico— y favorece la uniformización. Por último, el relativismo generalizado, que consiste en dejar de establecer distinciones de valor entre las producciones culturales. El juicio estético queda reducido a una preferencia personal. Se renuncia a educar la mirada en la belleza, mientras que se necesitan manuales para descifrar las intenciones de ciertas obras contemporáneas.

En vísperas de las elecciones presidenciales en Francia, ¿puede esta cuestión de la belleza convertirse en una cuestión política? La preferencia por lo útil y el hedonismo individualista están tan arraigados en la mentalidad contemporánea (ese «nuevo régimen psíquico» descrito por Jérôme Fourquet y Ruben Rabinovitch) que resultará difícil hacer aceptar los sacrificios que exigiría un retorno a lo bello. «¿Cómo conciliar los imperativos del paso del tiempo con el derecho a la felicidad; o el trazado de nuevas autopistas, de nuevos aeropuertos, con la conservación de los paisajes?», se pregunta Siksou. Todo el mundo quiere preservar los paisajes, pero encuentra muy prácticas las autopistas; aprecia la silueta de una iglesia, pero quiere hacer la compra en un hipermercado; admira las fachadas de los cascos antiguos, pero quiere su vivienda unifamiliar en una urbanización sin alma.

Otra hermosísima “estatua” urbana. Nadie sabe lo que es (el “artista” tampoco), pero en Vizcaya todo el mundo la conoce como ‘La Patata’

Uno se acuerda del presidente Georges Pompidou, quien, en una famosa carta, se opuso a la tala de árboles a los lados de las carreteras, recomendada por razones de seguridad: «La conservación de los árboles plantados a los lados de las carreteras (y pienso en particular en las magníficas carreteras del sur de Framcoaia. bordeadas de plátanos) es esencial para la belleza de nuestro país. » De forma bastante sorprendente, Marine Le Pen ha convertido la belleza en un tema político en su discurso de Orléans: «La elevación de la sociedad, al igual que de los hombres que la componen, pasa también por la promoción de un concepto que se ha olvidado, o incluso se ha descartado a propósito, y que sin embargo es esencial porque habla al corazón e incluso al alma: es la belleza. »

La belleza es política. Porque influye en nuestra relación con los demás. ¿Por qué ponemos flores en un jarrón? ¿Por qué cuidamos nuestra vestimenta o nuestra casa? Lo hacemos porque otros las verán. La preocupación por lo bello es una forma de cortesía. Implica consideración hacia los demás. La belleza también alimenta el sentido de pertenencia. Queremos proteger los lugares que nos importan, transmitir los paisajes que amamos. Por eso el incendio de Notre-Dame o el del ayuntamiento de Limoges nos rompen el alma: algo de nuestro mundo común se esfuma.

¿Se puede traducir esto en términos concretos? En Inglaterra, el filósofo Roger Scruton copresidió la comisión «Building Better, Building Beautiful», puesta en marcha en 2018: «construir mejor, construir bello». Su labor ha contribuido a situar de nuevo la calidad arquitectónica, la participación de los habitantes y las calles arboladas en el centro de la reflexión sobre el urbanismo.

 

NO, no es un coche accidentado en esta rotonda de Murcia. Es una obra de “arte”…

 

Cuando comparamos los magníficos institutos construidos bajo la III República con algunos edificios de hormigón y acero diseñados por los arquitectos modernos, se puede comprender la ira de los estudiantes de secundaria contra lo «edificado». Como señala Pierre Vermeren, un buen tercio de los franceses vive en una Francia fea, donde no existe ni reflexión estética ni armonía global, entregada a la «fast-foodización»: un universo feo y descivilizado que difícilmente conduce a la paz del alma.

«La belleza no salvará al mundo; es lo que permite soportarlo», escribe con acierto Jonathan Siksou. La fealdad nunca ha despertado el deseo de cuidar del mundo. Hacer que Francia y Europa sean más bellas es también devolver a los europeos el deseo de preservarla y transmitirla.

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