En estos días en que se, sobre todo en Francia e Italia, se están viviendo las primeras escaramuzas de la guerra civil, al tiempo que se consolida la alianza del islamismo y el izquierdismo, bueno será hurgar un poco más en lo que constituye el fondo último de nuestra degradación: el odio de Occidente hacia sí mismo
Ceguera y odio
Hay una cita, que sirve de epígrafe a la novela Las espadas, de Roger Nimier, que puede hacernos reflexionar en estos tiempos turbulentos:
Sobre todo, no te mientas a ti mismo. Quien se miente a sí mismo pierde el respeto por él y por los demás. Puede ser el primero en ofenderse. A veces se disfruta ofendiéndose, ¿no es así?
Hasta el punto de sentir una gran satisfacción. De ese modo, se llega al verdadero odio.
«Mentirse a uno mismo» es más o menos lo que lleva haciendo Occidente desde el final de la segunda gran guerra europea, en mayo de 1945.
Poner tanto empeño en destruir poco a poco, alternando dosis pequeñas y fuertes, cualquier sentimiento de pertenencia, cualquier reacción ante el olvido de su grandeza pasada, es un suicidio metódicamente organizado.
Ahora estamos ahí: tenemos el cañón en la sien y el tambor está cargado, no hay ninguna posibilidad de escapar. Para salir adelante, para guardar la pistola en el cajón, hay que aceptar volver a decirse la verdad, enderezarse, rechazar el abandono y, por fin, repeler al enemigo que se instala en nuestro interior.
A ese enemigo lo conocemos desde hace mucho tiempo. Se llama: globalismo.
El motor de la desintegración: el globalismo
Es el globalismo el que está en el origen de la desintegración de nuestras sociedades occidentales, de esa falta de voluntad, de ese rechazo a ser fuertes y orgullosos, esa máquina de fabricar cobardía y de retroceder sin cesar ante los imperativos de un mundo sin fronteras: el dominio de los mercados financieros sobre la política interior, la desaparición de los lazos ancestrales que sustentan los equilibrios de la Ciudad.
Es, en cierto modo, la culminación de esa ofensa que nos infligimos a nosotros hasta llegar al verdadero odio hacia uno mismo.
No hay que buscarlo en otra parte.
El terrorismo, ya sea islamista o ideológico, no es, en definitiva, más que una consecuencia de este globalismo destructor de naciones.
Los autores de estos crímenes ciegos también lo saben; ésa es su principal fuerza.
Y los ideólogos, desde la extrema izquierda revolucionaria hasta los liberales apátridas, lo convierten en su principal argumento contra el bando nacional. Hay que diluir.
Síntomas políticos y llamamiento a la reacción
Las secuelas de la muerte de Quentin, ese joven linchado y asesinado en Francia, nos han aportado un testimonio más de esa autoflagelación crónica que consiste más en sufrir que en demostrar realmente no sé qué virginidad ideológica.
Es también otra expresión del odio hacia uno mismo.
Ya de por sí, sin poder esgrimir una razón objetiva y válida para no participar en el homenaje rendido a Quentin el pasado sábado, la Agrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen volvió a considerar oportuno echar otra moneda en la máquina de la autodemonización.
Médiapart, como la oficina apenas encubierta de los servicios de inteligencia que siempre ha sido, consideró oportuno publicar un artículo sobre uno de los amigos de Quentin, asistente parlamentario de una diputada del RN de la Drôme, atribuyéndole mensajes publicados en las redes sociales que demostrarían su «nazificación comprobada».
Apenas se publicó este artículo, sin tomarse la molestia de reflexionar, ni siquiera de comprobar una posible manipulación, el RN emitió un comunicado en el que se desmarcaba con virulencia de este asistente parlamentario e indicaba el procedimiento para su despido.
¿Por qué tal rapidez de reacción ante esta eterna y metódica campaña de demonización orquestada por sus peores adversarios?
Estos últimos siempre encontrarán, e incansablemente, comentarios y declaraciones —a menudo sacados de contexto— y etiquetas que validen esa demonización permanente.
¿Hasta cuándo el bando nacional y el RN, su principal representante capaz de tomar las riendas del poder político en 2027, seguirán cayendo en estas ridículas trampas, ante los peligros que nos acechan?
Porque, hablemos claro: ¿proviene el principal peligro que nos amenaza de la extrema derecha, a la que continuamente sacan a relucir los guardianes de un régimen en decadencia?
¡Por supuesto que no!
Estas burdas manipulaciones ideológicas sólo tienen un objetivo: alejar cada vez más al país real para obligarle a no saber ya quién es quién y quién hace qué.
Así pues, en lugar de convertirse en instrumento de su propio odio —no hacia el otro, sino hacia sí mismo—, el bando nacional haría mejor en ocuparse de lo esencial en lugar de lo superficial, que, en definitiva, sólo tiene un objetivo: reducirlo a reaccionar en lugar de actuar.
Entonces, por supuesto, se replicará que estas manipulaciones mediáticas y de otro tipo son un auténtico veneno y que es imprescindible responder a ellas.
Dudo mucho que se haga, y la actualidad reciente es prueba de ello.
El país legal, mediático e institucional se aleja inexorablemente del país real. Este último, sin olvidar quién es ni de dónde viene, y deseando seguir estando orgulloso de su historia y sus raíces, quiere salir de las tinieblas en las que el sistema vigente quiere precipitarlo para siempre.
Rechacemos la ofensa que se nos ha infligido, recuperemos el orgullo de lo que somos y de lo que hemos sido, y llegará el renacimiento. Será a costa de no caer más en el arrepentimiento perpetuo, sea cual sea.
La vieja máxima romana —«¿Qué importa que nos amen, con tal de que nos teman?»—, repetida una y otra vez, lleva mucho tiempo siendo aplicada por los sucesivos poderes políticos y sus secuaces. Estos últimos, como chacales solitarios, acechan y atacan en nuestras calles a todo aquel que se oponga a su ideal mortífero. No tienen otra motivación que obligar a sus oponentes a someterse a su única voluntad y hacerlos desaparecer.
Al fin y al cabo, solo se representan a sí mismos, al tiempo que acaparan toda la atención benevolente de aquellos que, con la mano en el corazón, proclaman su oposición a toda violencia política, venga de donde venga.
El problema, en nuestras viejas y saciadas naciones —y esto no es nada nuevo—, es el líder de la manada. A veces tose, se queda tumbado, a menudo se cree una oveja y bale de la mañana a la noche.
Se pone las zapatillas de estar por casa para abrigar sus convicciones, por miedo a que el frío glacial de sus traiciones llegue a congelarlo. He aquí, en cierto modo, ese «respeto humano», expresión que ha caído en desuso, que ilustra bien esa vieja actitud burguesa que consiste en preocuparse más por la opinión ajena y por lo que se dirá que por defender a capa y espada lo que hay que defender.
Ni Francia ni Europa necesitan zapatillas de estar por casa. Necesitan reencontrar un camino que las lleve a su propia liberación, y eso sólo puede hacerse aceptando levantar la cabeza en lugar de inclinarla ante la más mínima orden, manteniendo la mirada clara frente al enemigo en lugar de dejar que nos imponga continuamente su propia partitura.
Jean Cau lo decía mejor que nadie:
No sucumbir, no romper. No doblar las rodillas. No aceptar la derrota que se instala en nuestro interior. Rechazar la fealdad que nos lame con su lengua tibia. Decir NO para salvar nuestro SÍ. Nuestro valor, por ahora, está sólo en este bosque. ¿Qué hacer? Desbrozar. Trazar un sendero.
(Jean Cau, La gran prostituta)
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