El mundo de la cultura apoya a Pedro Sánchez y dos piedras

Son los de siempre, los mismos con las mismas, los mismos discursos, las mismas soflamas que resbalan entre lo viejo y el tebeo, son los profesionales del apoyo incondicional, de la queja y el lamento a favor de lo de siempre ya cambio de lo de siempre; son los inventores de la democracia ilustrada para listos y los derechos para los zafios, que engordan pero no alimentan; son los propagandistas de la libertad en la granja, del amor al Gran Hermano. Los de siempre con las de siempre. Repiten como loros fumados los argumentos a favor o en contra —según conveniente— exudados en los despachos del poder, los mastican y los degluten con elegancia pasolinesca para que el pueblo pastueño reconozca su importancia histórica en el esplendor de la charca bien removida; un método más antiguo que los caminos y más visto que el careto de Ábalos pero método a fin de cuentas. Su método.

Dicen cosas tremendas, repolludas, pimpantes, tan sonoras como que ” No es sólo lo que está pasando en la persecución a Pedro Sánchez. Es una persecución a todos nosotros. A todas las personas que pensamos que es mejor vivir con la verdad que con la mentira “. Ahí está el asunto: “Si te metes con el Caudillo te metes con todos, nos ofendes a todos y encima acribillas a la verdad —a la libertad, supongo, a la dignidad cívica, a la decencia intelectual—. “Si denuncias la corrupción —presunta— de la esposa del Caudillo, socavas la democracia”. La mujer del César ya no tiene que parecer honrada; en tiempos de la posverdad la mujer del César —y la del Caudillo— debe parecer impune y quien se altere por ello debe parecer un infrahumano fascista.

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¿De qué me sonará toda esa baba, toda esa prosopopeya demagógica y barata como los folletos de mano? Que al Caudillo Sánchez le está faltando convocar a los suyos en la plaza de Oriente lo saben en Singapur. Que a nuestras “fuerzas de la cultura” les falta un certificado obligatorio de adhesión incondicional se va sabiendo; poco a poco, sin prisa pero sin pausa, devoción tras devoción, se va sabiendo. Alguien dijo alguna vez que son una secta. Es posible, aunque la realidad los ha sobrepasado; ya no son una secta, son un coro de pelotilleros que cantan loas bajo la lluvia de la indignidad. Antes, por lo menos, eran impostores. Ahora, a calzón quitado, declaran en lo que se han convertido: esbirros a precio de saldo.

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