La izquierda tiene un problema con el pueblo porque es incapaz de comprender o interesarse por los vínculos étnico-culturales, por la lengua, la memoria y la continuidad intergeneracional; por todo aquello, en una palabra, que constituye a un pueblo. La izquierda tiene este problema por la sencilla razón de que, en realidad, es tan atomista, tan individualista (así defiendan a las sumas amazotadas de átomos individuales que son las masas) como los liberales y capitalistas. Por todo ello es por lo que no tienen ningún inconveniente en que vengan otros pueblos a sustituir al nuestro.
Me inspiro en una breve reflexión de mi amigo Riccardo Paccosi para retomar un tema que ha vuelto a cobrar protagonismo tras la serie de asesinatos y actos violentos que presenciamos a diario en Italia (el último de ellos en Milán, donde un hombre de 55 años fue apuñalado salvajemente veinte veces y sin motivo alguno por un africano con nacionalidad italiana). La crisis de la integración multiétnica ha superado el umbral de lo tolerable, hasta el punto de que el tema de la remigración ya se ha normalizado. Incluso la película «Citizen Vigilante» es síntoma de una realidad que ya no puede ignorarse y muestra signos de reacción contra un manto de intolerancia progresista que, por fin, ha sido roto.
A pesar de que la izquierda «woke» está generando una fase de repulsión colectiva, los profesores y analistas de cierta izquierda marxista no logran superar un tabú, el de la inmigración, que siempre se considera un efecto de un sistema económico-normativo que permite la deslocalización de las fábricas de las multinacionales, la explotación de los países del tercer mundo y, en última instancia, la devaluación salarial a través de la llegada de migrantes dispuestos a aceptar aquellos trabajos que «los italianos ya no quieren realizar».
Aunque no pongo en duda estas dinámicas, que son bien conocidas, me permito añadir que la izquierda siempre ha tenido un problema con el concepto de «pueblo». Esto se deriva de un sesgo ideológico marxista que considera a las masas como multitudes, grupos sociales, agentes movidos únicamente por motivaciones económicas y, por lo tanto, unidos únicamente por intereses de clase. Esto lleva a considerar a los últimos de la escala social (los inmigrantes) con una mirada compasiva y justificativa, por los efectos que sufren a causa de las repercusiones de la sociedad liberal-capitalista y, por lo tanto, a verlos como víctimas eternas de un proceso acumulativo que crea lo que el sociólogo Zygmunt Bauman ha denominado «vidas desechadas».
De ahí el desinterés por los vínculos étnico-culturales, por la lengua, la memoria y la continuidad intergeneracional, por no mencionar los problemas de seguridad. Para la izquierda de orientación marxista, el pueblo, sencillamente, no existe como tal. Es un aglomerado siempre modificable y maleable en función de los fines revolucionarios. Efectos como la imposible integración entre pueblos y culturas se minimizan como un problema secundario, superable una vez que se hayan resuelto todas las contradicciones del sistema capitalista. Se trata de un repintado del habitual vetero-marxismo que se adapta al multiculturalismo. ¡Cuidado con hablar de raza! Se acabaría dando argumentos a los fascistas. El miedo a ser confundidos con ellos o, simplemente, a reconocer la veracidad de la existencia de pueblos e identidades diferentes e irreductibles al mestizaje global, provocaría el enésimo cortocircuito de una ideología que, desde su nacimiento, ha generado no pocos fracasos.
Por eso, cuando se oye a D’Orsi y a Brancaccio hablar «de anticapitalismo», de estar «en contra de la guerra en Ucrania», «del atlantismo como continuación del nazismo por otros medios» (Canfora), o de «la derecha y la izquierda como parte de un mismo sistema de poder», cuando los escuchamos hasta el final, los vemos caer puntualmente en los mismos estereotipos de la plebe «racista» que no acepta ni integra a los inmigrantes y que sostiene que «sin ellos nadie recogería los tomates» (¿pero no representaban ellos el ejército de reserva del capital?).
Pues bien, esta izquierda forma parte del problema porque se aferra a un antifascismo que eclipsa cualquier razonamiento dictado por el sentido común y por un principio de realidad: que Europa no puede acoger a África, y que la sustitución étnica y la amenaza del islam de expoliación prevalecen sobre cualquier lucha contra el liberal-capitalismo. Aunque esto implosionara mañana por la mañana, como ocurrió con el comunismo soviético, decenas de millones de norteafricanos y subsaharianos permanecerían en territorio europeo, con una cultura y unos valores arcaicos totalmente ajenos a los europeos y que nos ven como pueblos debilitados y a los que saquear. Lo que muchos marxistas o seguidores del marxismo se niegan a ver es que una guerra civil interétnica no vendría determinada por las contradicciones inmanentes al capitalismo, sino por el número exorbitante de masas africanas que se están vertiendo, como nuevos bárbaros, sobre el territorio europeo.
La cuestión de la supervivencia étnica seguiría sobre la mesa incluso si se llegara a un sistema de redistribución económica más equilibrado o a un «socialismo con rostro humano» resucitado. Una interpretación exclusivamente economicista reduce la cultura, el legado étnico y la memoria colectiva a un mero dato situacional, exactamente igual que en las democracias liberales: esto es lo que los marxistas nunca han comprendido y lo que la derecha identitaria intuyó y comprendió ya en los años 80, cuando los países del socialismo real se estaban derrumbando y el capitalismo, con la «Reaganomics», estaba listo para enterrar sus restos.
Por ello, es necesario despejar el terreno de malentendidos de cara a futuros programas y aclarar desde el principio la jerarquía de prioridades para una acción política libre de prejuicios marxistas (incluso los más evolucionados), que confirman los mismos principios de las sociedades de mercado liberal-capitalistas.
Las diferencias entre los pueblos existen y, tal y como ha advertido el politólogo francés Guillaume Faye, lo que hay que evitar es un apocalipsis de guerra civil interétnica que, junto con otras fuerzas centrífugas —la guerra entre Rusia y Ucrania y la crisis energética—, corre el riesgo de fragmentar Europa y sumirla en el caos. Razones de «eso es lo que pasa» que llevan a ver siempre «el problema en su origen», mientras uno se rinde ante una invasión considerada inevitable, un destino ineludible porque la inmigración no se puede detener; ello equivale a convertirse en colaboracionistas de ese «sistema para exterminar a los pueblos» que el propio Faye describió con precisión quirúrgica hace casi cincuenta años.















