Que una derrota no significa perder la guerra es una obviedad que, ante la debacle ocurrida en las elecciones de medio mandanto en Estados Unidos, habría que recordar a todos los que andan estos días relamiéndose de gusto. Y son tan numerosos como heterogéneos: van desde los izquierdistas, liberales y centristas, en quienes se entiende la reacción, hasta los drechistas cuyo antisemitismo y antiamericanismo les lleva a tirar piedras contra su propio tejado y escupir al líder que, con su lucha contra el wokismo y la inmigración, más cerca está de su visión del mundo.
Dicho lo cual, es obvio que la victoria que, bajo la sombrilla del Partido Demócrata, han obtenido izquierdistas e islamistas, representa un duro revés para el conjunto de la derecha nacional. De ello nos habla hoy Carlos Esteban.
Trump fue el genuino cisne negro del panorama político mundial cuando llegó a la Casa Blanca por primera vez, y después de él ya nada volverá a ser lo mismo. No importa su derrota, en este sentido: no hay vuelta posible al escenario ideológico anterior, un regreso a lo que muchos siguen denominando «normalidad», como esperan no pocos en su propio partido. Trump rompió la baraja, definitivamente.
Ese es su legado, el mismo que ha arrojado por la ventana en su segundo mandato, como hemos visto en el espectacular vuelco electoral del pasado martes. Porque si Trump, en sus propuestas y en su retórica, ha sido tan diferente como se pueda desear de la derecha tradicional de posguerra, ha sucumbido al mismo error estratégico, a la misma incapacidad paralizante que ha asegurado décadas de hegemonía izquierdista.
Me refiero a la estrategia izquierdista del trinquete. Un trinquete es un sencillo mecanismo compuesto por una rueda dentada que avanza en una dirección y un pequeño pestillo que impide que retroceda. La izquierda, cuando está en el gobierno, no sólo impone determinadas medidas acordes a su ideología, sino que lo hace asegurándose todo lo posible de que el siguiente gobierno de derechas parta desde ahí, sin poder girar a la derecha. Lo último que ha impuesto el último gobierno de izquierdas es el límite del nuevo gobierno de derechas. Puede frenar los cambios, no revertirlos. Ahora son ley, son instituciones; son, podría decirse, la nueva visión conservadora.

Durante décadas hemos contemplado cómo la izquierda legisla con audacia y aplomo, cómo crea instituciones que la derecha no sólo no desmonta, sino que hace suyos, que incorpora a su programa. La izquierda decide el campo de juego y las normas; por eso gana incluso cuando pierde.
Trump, que desde el primer día ha emitido decretos (órdenes ejecutivas) y anunciado decisiones con la actividad acelerada y dispersa de un niño con TDAH aguda, apenas ha legislado, apenas ha creado instituciones medianamente sólidas que a sus rivales y sucesores les cueste políticamente desactivar.
Su hábito exasperante de iniciar proyectos grandiosos que nunca concluye porque en seguida se aburre y emprende uno nuevo le pone las cosas enormemente fáciles a sus enemigos, que pueden borrar todo su legado en una tarde.
Pensemos en sus proyectos estrella, los que han contado con más apoyo del electorado. Frenar la inmigración ilegal, por ejemplo, que era una pesadilla con los mandatarios anteriores. Magnífico, un logro indiscutible. Pero un presidente demócrata sólo tiene que acercarse a la puerta, abrirla otra vez de par en par (lo harán) y todos los esfuerzos de la actual administración se perderán como lágrimas en la lluvia, como si nunca hubieran existido.
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Al referirse a este asunto, en campaña, Trump siempre usaba la misma imagen: el Muro, el “big, beautiful wall” que iba a construir en la frontera con México. Pero era sólo eso, una imagen: no se ha levantado el muro físico. Pero no ha hecho falta, ¿no? Se ha conseguido lo mismo sin incurrir en el gasto gigantesco que habría supuesto. Sí, pero un muro de verdad hubiera sido mucho más difícil políticamente de echar abajo para una administración demócrata: una labor de pura destrucción con un coste elevado y terriblemente impopular.
Trump se hizo famoso en la televisión, y ha gobernado con la falta de fijeza y la concentración en la retórica que se le achaca al medio, con mensajes muy audaces y fanfarrones, llenos de ruido y furia, que quedaban en nada. ¿Cómo puede afirmar ante los medios la ministra de Justicia (fiscal general) que el anterior presidente Obama se conjuró con los servicios de inteligencia para inventar una falsa conjura que impidiera la victoria de un candidato, y que eso no tuviera ninguna consecuencia? Uno puede callarse y disimular, o denunciar públicamente y actuar en consecuencia. Pero acusar a un expresidente de alta traición y dejarle que siga moviéndose con absoluta libertad es un fatal signo de debilidad, de frivolidad absoluta.
Trump ha destrozado para siempre la ventana de Overton: esto es lo que tenemos que agradecer a su victoria. Pero quizá sea su derrota reciente lo que ofrezca a la derecha soberanista de todo Occidente las lecciones más valiosas, resumidas en una: róbale a la izquierda la estrategia que la ha hecho hegemónica, no sus ideas.
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