Éste no es un artículo al uso.
Es un aldabonazo de memoria histórica: un recordar y honrar la gesta que tal día como hoy, hace 455 años, nos libró del Turco en aguas del golfo de Lepanto, entre el Peloponeso y Epiro, frente a la ciudad de Nupacto.
Es un recordar y revivir algo que no es un pasado; es algo que nos concierne hoy, aquí y ahora, en nuestra carne y sangre; algo sin cuya victoria no seríamos en absoluto como somos; algo que nos llama, además, a reemprender el combate, ahora que el mismo enemigo de entonces nos ha vuelto a declarar la guerrar (Yuhad, la llaman).
Cuando ningún otro medio lo va por cesgracia a hacer, es la forma que tiene EL MANIFIESTO de celebrar «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros», como decía el más alto escritor que, antes de esclavizado en Argel, dejó en Lepanto su mano (la izquierda, por ventura).
Y hoy en que otro de nuestros artículos habla precisamente de traidores y colaboracionistas— es también un motivo para recordar la traición que en tan alta ocasión cometiera la Francia de Francisco I, quien andaba trapicheando con el mismísimo Suleimán el Magnífico, el emperador otomano al que, a las órdenes de don Juan de Austria, derrotó en Lepanto la Liga Santa. Constituían esta coalición de Estados cristianos el Reino de España, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya.




















