En la cuenta de Pablo Malo en X (@pitiklinov) se reproducen dos interesantísimos textos que son un auténtico canto a la vida. Los vertebra (vean nuestro título) la mayor de las paradojas. Sirvan este canto y esta paradoja de meditación para todos los mortales que, incapaces de asumir que la muerte es condición de vida, malviven amargados por una desaparición que —sin el consuelo, ya, de una ilusa «vida eterna»— los precipita (y nos precipita) en las garras del nihilismo.
La ensayista británica Helen Pluckrose ha escrito lo siguiente:
«Soy el producto de millones de años de evolución. Cada uno de mis ancestros fue lo suficientemente fuerte, sano, atractivo y afortunado como para sobrevivir y reproducirse […]. La probabilidad de mi existencia es infinitesimalmente pequeña y, sin embargo, aquí estoy. Estoy hecho de la materia de estrellas explotadas y la mayor parte de mí es agua que ha formado parte de océanos y ríos por todo el mundo. Todo mi ser ha formado parte de otros objetos, plantas, animales y humanos. Mi cuerpo complejo y maravilloso ha sido moldeado por millones de años de evolución y su funcionamiento ha culminado (por ahora) en la producción de un cerebro capaz de comprender todo esto sobre sí mismo. Lo cual, sin embargo. no me llena de futilidad. Me llena de asombro, de maravilla, de continuidad y conexión.»
Y estas palabras me han recordado estas otras del también británico Richard Dawkins:
«Vamos a morir, lo cual nos convierte en unos afortunados. La mayoría, en cambio, jamás morirá por la sencilla razón de que nunca habrá nacido. Las personas potenciales que podrían haber estado aquí en mi lugar, pero que en realidad nunca verán la luz del día, superan en número a los granos de arena de Arabia. Sin duda, entre esos fantasmas no nacidos hay poetas mayores que Keats y científicos mayores que Newton. Lo sabemos porque el conjunto de personas posibles que posibilita nuestro ADN supera masivamente al conjunto de personas reales. Y a pesar de estas probabilidades aturdidoras, somos tú y yo, en nuestra ordinariez, los que estamos aquí. Nosotros, los escasos privilegiados que ganamos la lotería del nacimiento contra todo pronóstico, ¿cómo nos atrevemos a quejarnos de nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría nunca ha salido?».












