Los grupos políticos se negaron este año a aceptar la propuesta socialista de subir la cuota de autónomos. Que no haya prosperado es menos noticia que el que se haya propuesto, algo que augura futuros intentos.
La situación ha sido descrita como infierno fiscal. Españoles en la parrilla tributaria, vuelta y vuelta.
Tributación como hay en la actualidad no se ha conocido. Sabido es que en regímenes anteriores, sin tanto Estado, se pagaban menos impuestos. Si nos remontamos hasta la Edad Media, nos aparece la figura del diezmo, que aceptaríamos gustosos y casi con escapismo andorrano.
El estatus fiscal del español en el ya plenamente homologado régimen de bienestar del 78 es algo que bien puede compararse con la situación del cristiano en Al-Ándalus.
Cristianos y judíos vivían bajo una dominación musulmana que se aliviaba gracias al pago de impuestos. Ese estatuto se llamaba la dimma.
El punto de partida era la división islámica del mundo en fieles e infieles, cuyo destino solo podía ser la conversión. Para poder vivir sin hacerlo, para vivir como cristianos, había que pagar.
O sea, que no se tenían derechos, los derechos eran dados, concedidos, otorgados y a cambio se entraba en un sistema fiscal que contaba con dos figuras de apoquine: una era el jarach, usufructo sobre la tierra que podía alcanzar la mitad de la cosecha; la otra era un impuesto personal, la jizya o capitación, el pago por vivir allí, por la protección.
¿Qué esfuerzo fiscal suponían esos dos impuestos? Algo más de la mitad de lo conseguido, en el más extremo de los casos, y ¿cuántas veces hemos leído que en España la mitad del salario de la clase media se va en impuestos?
Muchos cristianos se marchaban porque la carga se hacía insostenible; los que se quedaban tocaban a más, aunque los musulmanes, por supuesto, pagaban menos, su jarach estaba entre un 5% y 10%. Era un sistema dual. Unos mantenían a otros.
Además de pagar impuestos a los alamines de la hacienda andalusí, el dimmí (el cristiano sometido) soportaba, por supuesto, muchas otras limitaciones; algunas eran simbólicas, como no poder construir por encima de la casa de un musulmán; otras no tanto: podía vivir como cristiano, pero no hacer proselitismo; estaban totalmente desarmados y en los juicios su palabra tenía un valor distinto, no se admitía el testimonio de un dimmí contra un musulmán. El cristiano no podía hacer exhibición de su fe e injuriar la religión islámica era motivo de muerte o conversión inmediata.
Salvando las diferencias de grado y cambiando musulmán por mujer en los juicios, islam por religión de Estado, el jarach y el jizya por la ristra de impuestos que soportamos, y la dimma islámica por la Carta Otorgada del Consenso, el régimen actual se parece más a Al-Ándalus que a otros momentos de nuestra historia. En lo tributario, desde luego, ya firmábamos aquello.
Esto es Al-Consensus, una mezcla de posfranquismo antifranquista y Al-Ándalus progresista. Tributamos como dimmíes. Somos dimmíes venidos arriba.












