No es el regreso de los años 30 lo que nos amenaza, ni tampoco el de la hidra fascista, sino el regreso de una violencia prerrevolucionaria en la izquierda: desde los disturbios de los institutos en Francia hasta los motines étnicos. La denuncia del famoso «retorno de los años 30», esgrimida como una profecía autocumplida, es en realidad un mito movilizador. La función de este mito es justificar la violencia política.
En la izquierda, se le da mucha importancia al regreso de los años treinta esgrimiendo los pesados y dogmáticos tratados de Johann Chapoutot y Patrick Boucheron, invocando los espectros del pasado en un gran pánico retrospectivo, antes de entonar, como las ocas del Capitolio izquierdista «Siamo tutti antifascisti» para dar la voz de alarma ante la inminencia del peligro fascista.
Este peligro tiene la ventaja de justificar la perpetuación del antifascismo, nacido precisamente en esos años treinta, por iniciativa de los agentes del Komintern. Por mucho que Stalin los hiciera matar uno tras otro, el antifascismo ha sobrevivido a la muerte de sus promotores, al igual que sobrevivió a la muerte del fascismo histórico. Para ello, nada mejor que su reinicio periódico, como un viejo programa informático, obsoleto desde hace tiempo, pero siempre compatible con las necesidades de la causa. Así funciona el mito del eterno retorno de los años treinta.
¡Pues lo siento, señores! No veo en el horizonte nada que se parezca al retorno de los años treinta. Lo que me llama la atención, por el contrario, son las similitudes —por lo demás inquietantes— con los períodos de violencia prerrevolucionaria. Me fascina y me inquieta a la vez la forma en que la izquierda contemporánea llega a excusar, legitimar e incluso celebrar el asesinato político. Basta con ver cómo la muerte de Charlie Kirk y de Quentin Deranque ha suscitado manifestaciones públicas de júbilo, vídeos de regocijo y «Bella ciao» entonados sin cesar. En nombre del antifascismo, es legítimo matar. Como el antifascismo forma parte de la demonología política, esto justifica de antemano todos los crímenes cometidos en su nombre. Hay que exorcizar la figura del mal, no sólo quemando su efigie, sino eliminando a quienes representa. Así, la condena moral se transforma en pena capital.
LFI, los «blanquitos» y la violencia
La forma en que, en Francia, la Jeune Garde —la milicia ideológica del antifascismo institucional, que tiene en sus manos la sangre de Quentin y de otros militantes— ha sido respaldada, tanto ella como su diputado Raphaël Arnault, por Mélenchon y LFI (La Francia Insumisa), dice mucho sobre el grado de consentimiento al terror ideológico en la izquierda. Ni un sólo distanciamiento político, ni una sola desautorización; al contrario, una solidaridad inquebrantable asumida a bombo y platillo. Allí donde la muerte de un joven podría haber provocado un replanteamiento de los métodos de los antifascistas, Mélenchon ha optado por mantener alto y claro su apoyo a Raphaël Arnault y al terror callejero rebautizado como «autodefensa popular».

Mélenchon no sólo hace campaña para el Elíseo, donde se le da por derrotado, sino que juega otra partida, más decisiva, en la calle, con la hipótesis de fondo de una tercera vuelta que ya no sería social, sino societal; ya no política, sino étnica; y que zanjaría definitivamente los resultados de las presidenciales. Desde esta perspectiva, el tribuno se convierte también en un líder de disturbios aclamado por la juventud: cuatro de cada diez jóvenes (de 18 a 24 años) afirman querer votar a Mélenchon. No cabe duda de que entre los jóvenes de 16 a 18 años serían aún más los que lo harían. Una juventud cuyas movilizaciones ya no se limitan únicamente a consignas y pancartas, sino que pueden adoptar el cariz de disturbios a pequeña escala: intentos de incendio, actos de vandalismo, agresiones contra profesores. La manifestación de los estudiantes de secundaria, que antaño era un ensayo general de las movilizaciones sindicales, recurre cada vez con más frecuencia a métodos propios del repertorio de la violencia urbana, característicos de la extrema izquierda y de los barrios periféricos.
Inicialmente de carácter étnico, el movimiento de los estudiantes de secundaria se ha desetnificado poco a poco —o más bien se ha sobreetnificado por mimetismo—, a medida que los institutos burgueses del centro de la ciudad, mayoritariamente blancos, se han sumado al movimiento y se han declarado solidarios con los centros de los barrios periféricos, siguiendo una lógica de imitación que permite a los jóvenes de los barrios acomodados apropiarse de la violencia urbana de los capos y, de este modo, dejar de ser percibidos como «blanquitos frágiles».
De los hermanos Kouachi a Raphaël Arnault
No es la primera vez en la historia que la violencia sustituye poco a poco a la deliberación y al consenso político. Siempre son los prolegómenos de las grandes convulsiones revolucionarias. Así pues, ya que hay que invocar fantasmas, mejor fijarnos en Robespierre, Lenin y Mao. No faltan puntos de comparación, sobre todo con la fiebre insurreccional que se apoderó de la Rusia imperial entre los años 1890 y 1910, antes de su colapso.
Desde el Terror en la Francia revolucionariade 1793-1794, la historia de la violencia revolucionaria parece condenada a repetirse. Todo cambia, salvo la radicalización de los discursos y la legitimación de la violencia. Son tantos los precedentes históricos que merecerían un poco más de atención que las sempiternas analogías con los años treinta, convertidas en el «pensamiento prefabricado» de una historiografía que olvida convenientemente que el siglo XX fue, ante todo, el de los terrores revolucionarios.
Por cierto, paso por alto las condiciones necesarias para que se produzca una revolución (un cuerpo doctrinal, una creencia mesiánica, la designación de un enemigo común, la crisis de las instituciones…). Todo ello se encuentra, aunque evidentemente en formas diferentes, en la nebulosa revolucionaria contemporánea: «wokismo», descolonialismo, «racialismo», islamismo… Esto dista mucho de constituir un bloque homogéneo, pero sus elementos radicales comparten una misma inclinación por la violencia política, desde los hermanos Kouachi hasta Raphaël Arnault, desde Mohammed Merah hasta Jacques-Élie Favrot. La violencia actúa como certificado de radicalidad, ya no es una transgresión accidental, sino un deber militante.
1917-2027
Es aquí donde se impone el paralelismo con la Unión Soviética. Sería históricamente erróneo ver en la violencia prerrevolucionaria la única causa de 1917, ya que los factores del colapso fueron numerosos, empezando por el cataclismo de la Gran Guerra. Pero sería igualmente erróneo pasar por alto la labor previa de legitimación de la violencia llevada a cabo por las organizaciones revolucionarias.
«No matarás», «Thou Shalt Kill» en inglés. Este es el título del libro que la historiadora Anna Geifman dedicó al «terrorismo revolucionario en Rusia, 1894-1917» (Princeton University Press, 1993). Todo está en esta inversión del mandamiento bíblico, obra de los revolucionarios de todos los países: del «No matarás» al «Matarás». Así, la transgresión de la más sagrada de las leyes morales convierte el asesinato político en una obligación superior para los revolucionarios.
Si el precedente ruso-soviético resulta tan esclarecedor, es ante todo por la magnitud —hoy en día ampliamente olvidada— de la violencia terrorista que precedió a la Revolución de Octubre. ¡Se estima en 17.000 el número de víctimas (muertos y heridos) de la violencia terrorista en Rusia desde 1894 hasta 1917! 17.000, sí, ha leído bien. Disponemos de cifras más precisas para los años 1906 y 1907, tras la revolución fallida de 1905. En 1907, 1.231 funcionarios asesinados y 1.284 heridos.
Entre 1908 y 1910, las autoridades registraron 19.957 atentados terroristas y robos revolucionarios.
Con otras palabras: antes de conquistar el poder, la revolución se había propuesto conquistar las mentes mediante la violencia.
Casi todas las organizaciones revolucionarias se vieron contagiadas por esta fiebre de violencia, en primer lugar los socialistas revolucionarios (SR), pero también los anarquistas y los bolcheviques.
Un fenómeno dentro del fenómeno: esta violencia no siempre está muy lejos del bandolerismo. Pensemos en los vínculos de Raphaël Arnault con los narcotraficantes en Aviñón y en los de Bally Bagayoko en Saint-Denis, por citar sólo algunos ejemplos.
La violencia se autonomiza parcialmente: se busca por sí misma. Incluso hay competiciones informales entre grupos en torno al número de robos y asesinatos cometidos. Basta con suscribirse al canal Antifa Squads para ver lo mismo con la escalada de exacciones de los antifas. Una especie de cuadro de honor de la radicalidad.
Por último, estas organizaciones revolucionarias atraen a su contingente de militantes muy jóvenes y de personalidades inestables, el clásico reciclaje del fracaso a través de la revolución[1].
Si hay que fijar un punto de partida para esta violencia, hay que remontarse al intento de asesinato del zar Alejandro II en 1866 (esto no es exclusivo de Rusia: recordemos el atentado contra Napoleón III en 1858). Pero no hay que dejarse cegar únicamente por los asesinatos famosos. La violencia política afecta a miles de personas en un ciclo interminable de violencia y represión. El inmenso Dostoievski retrató todo esto con una presciencia alucinante en Los demonios (1871-1872), libremente inspirada en la vida del revolucionario Serguéi Necháiev. De paso, se aprecia la profundidad histórica del fenómeno revolucionario ruso, del que el bolchevismo no fue el comienzo, sino uno de los resultados.
Los nuevos monstruos

Lo esencial es que la violencia se ha banalizado en la izquierda, hasta el punto de formar parte de sus costumbres políticas. El aprendizaje comienza pronto, ya en el instituto, donde, con el paso de los años y las generaciones, las manifestaciones de los estudiantes se han transformado en disturbios, a imagen de las grandes movilizaciones de izquierda, de las que los «black blocs» son uno de los componentes más espectaculares. Y es que la izquierda mantiene una relación totalmente desinhibida con la violencia, tanto contra los bienes (teorizada por Andreas Malm en Cómo sabotear un oleoducto, 2020) como contra las personas (los antifascistas). Desde la Jeune Garde hasta LFI, desde los «Soulèvements de la terre» hasta los «black blocs», desde los disturbios de los institutos hasta los motines étnicos, pasando por los discursos de responsables políticos que, en nombre de la desobediencia civil, afirman que, llegado el momento, impugnarán el veredicto de las urnas (Marine Tondelier, Rokhaya Diallo, etc.).
Esto no augura nada bueno. No se trata de un repunte de fiebre, sino de un cuerpo social llevado al punto de ebullición que busca una salida política a sus frustraciones y ya no parece vislumbrar otra salida que el caos y la sistematización de la violencia. La famosa frase de Antonio Gramsci se aplica perfectamente a este mundo, salvo que los monstruos no surgen del lado donde Gramsci se empeñaba en buscarlos: «El viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer y, en ese crepúsculo, surgen los monstruos».
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Encontramos aquí otro ingrediente prerrevolucionario, ampliamente estudiado por el investigador Peter Turchin: la «sobreproducción de élites». Entendemos por ello la multiplicación de aspirantes a puestos de poder, muy por encima del número de plazas que la sociedad puede ofrecerles. Titulados excedentes, intelectuales mediocres y ociosos, ambiciosos desclasados. Aquí se refleja la psicología del revolucionario analizada por Gustave Le Bon y Augustin Cochin. ↑




















