Sale el n.º 4 de ÉLÉMENTS-EL MANIFIESTO

Pese a las dficultades propias de lanzar una revista de tan alto nivel disponiendo de limitados recursos económicos, hemos conseguido alcanzar nuestro objetivo: publicar cuatro números al año de la versión española de ÉLÉMENTS, la emblemática revista de la Nouvelle Droite francesa.

La batalla cultural está más reñida que nunca. Y, en esta batalla, tanto EL MANIFIESTO  con sus artículos cotidianos como nuestra revista en papel (o en PDF) constituyen dos arietes imprescindibles. Pero esos arietes no servirían de nada si no contasen con el apoyo y la colaboración de ustedes, amigos lectores. Su apoyo a través de la compra o la suscripción a la revista; y su colaboración mediante la lectura y difusión de las ideas plasmadas en informaciones y reportajes, entrevistas y análisis que no encontrarán en ningún otro lugar.

Les ofrecemos seguidamente el Sumario de este número excepcional, así como, en abierto, el editorial de Alain de Benoist.

¡Que el nuevo año esté lleno de dichas personales para cada uno de ustedes… y de combates y victorias para todos nosotros!

 

 

 

 

                   

 

Reflexiones sobre las guerras en curso

Editorial de Alain de Benoist

 

Las guerras son ventanas abiertas a la historia. Es sorprendente constatar, por ejemplo, que Occidente se comporta hoy con Rusia como se comportó en el pasado con Bizancio. Laurent Guyénot no se equivoca al escribir que «la geoestrategia angloamericana del Gran Juego, que desde hace dos siglos pretende mantener a Rusia separada de Europa (y de Alemania en particular) […] es la continuación de la guerra de la Edad Media occidental contra el Imperio bizantino». La larga duración aclara el sentido de las cosas.
Las guerras clásicas suelen terminar con una derrota o una capitulación, seguida o no de un tratado de paz. Las guerras metafísicas nunca terminan o, más bien, solo pueden terminar con la limpieza étnica, es decir, con la erradicación radical de uno de los beligerantes. Netanyahu ha declarado en varias ocasiones que ve en Hamás la última encarnación de Amalek, situando así la guerra de Gaza en una perspectiva decididamente transhistórica. En la Biblia hebrea, el nombre de Amalek designa metonímicamente al enemigo eterno de Israel: «Yahvé está en guerra contra Amalek de generación en generación» (Éxodo 17, 16). Amalek es el enemigo arquetípico de Israel y, por lo tanto, el mal absoluto. Su memoria debe ser borrada, por lo que debe ser exterminado. No se firma un tratado de paz con el Mal, se le hace desaparecer.

 

Por su patria, no por la de los demás

Nuestros contemporáneos tienen una mentalidad que no les empuja a aceptar la guerra. No porque la guerra se considere por principio como una «desgracia» (tal juicio es de todos los tiempos), sino porque, al ser individualistas, llegan a la conclusión de que nadie puede decidir por uno si conviene arriesgar la vida. Otra razón es que, contrariamente a lo que se creía en general en siglos pasados, consideran que no hay nada peor que la muerte, nada por lo que merezca la pena arriesgar la vida, nada que nos supere. La fe y las convicciones no se perciben como algo por lo que valga la pena sacrificarlo todo, sobre todo porque se ha extendido la idea de que después de la muerte no hay nada.

Esta mentalidad se ajusta perfectamente a la ideología liberal. ¿Cómo puede el Estado liberal llamar a defender la patria cuando el liberalismo prohíbe por principio pronunciarse sobre la «buena vida» y sólo ve en la sociedad una suma de individuos, convirtiendo la «patria» en una quimera? Cuando un Estado liberal entra en guerra y pide a sus ciudadanos que participen en ella con el riesgo de morir, al tiempo que tiende a desacreditar cualquier gran proyecto colectivo, se traiciona a sí mismo. Así lo observó acertadamente Carl Schmitt: «La unidad política debe exigir, en su caso, que se sacrifique la vida. Ahora bien, el individualismo del pensamiento liberal no puede en modo alguno compartir o justificar esta exigencia […] Para el individuo como tal, no existe ningún enemigo contra el que tenga la obligación de luchar a muerte si no lo consiente por sí mismo; obligarle a luchar contra su voluntad es, en cualquier caso, desde la perspectiva del individuo, una violación de la libertad y un acto de violencia».

Los europeos ya no saben lo que es una guerra, es decir, un acto de violencia cuyo objetivo es la paz. La guerra no es más que un medio al servicio de un fin. Y esa paz es de naturaleza política, por la misma razón que la guerra no es más que una prolongación de la política. Los europeos, en el caso de Ucrania, nunca han tenido ningún objetivo político, diplomático o estratégico, y su única preocupación ha sido apoyar sin cesar, tras haberse sumado a ella por razones puramente ideológicas, una guerra que los ucranianos nunca han estado en condiciones de ganar. Toda guerra que no vaya acompañada de un plan político de paz sólo puede conducir al caos. Estados Unidos e Israel son países incapaces de concebir una solución política porque no son capaces de ver las guerras como hechos políticos y se empeñan en juzgarlas moralmente. Por eso ganan todas las batallas, pero pierden todas las guerras.

Carl Schmitt también recordaba que la guerra sólo se justifica ante una amenaza existencial que pesa sobre el grupo al que pertenecemos (matar al enemigo no tiene un valor normativo, sino existencial). «No hay finalidad racional, ni norma, por justa que sea, ni programa, por ejemplar que sea, ni ideal social, por bello que sea, ni legitimidad ni legalidad que puedan justificar el hecho de que los seres humanos se maten unos a otros en su nombre. Porque, si en el origen de esta aniquilación física de vidas humanas no existe la necesidad vital de mantener su propia forma de existencia frente a una negación igualmente vital de esa forma, nada puede justificarlo».
«Si [un pueblo] —añadía— acepta que un extranjero le dicte la elección de su enemigo y le diga contra quién tiene derecho a luchar y contra quién no, deja de ser un pueblo políticamente libre y se incorpora o se subordina a otro sistema político. Una guerra no tiene sentido por el hecho de librarse por ideales o por normas jurídicas, una guerra tiene sentido cuando se dirige contra un enemigo real».
Los europeos no quieren ver a Zelensky capitular ante Putin después de haber capitulado ellos mismos a la primera señal ante las exigencias comerciales de Trump. Agitan como un sonajero una improbable «amenaza rusa» destinada a asustar a aquellos a quienes se [ha persuadido de apoyar una causa que no se corresponde en absoluto con sus propios intereses. ¿Quién quiere hoy dar su vida por unos improbables «valores republicanos»? Lejos quedan los tiempos en que el poeta Horacio podía escribir: «Dulce et decorum est pro patria mori» [Dulce y hermoso es morir por la patria, Odas, III, 2]. Por su patria, decía, no por la de los demás.

 

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