Entre los ejecutores (y ejecutoras) de la Traición, un lugar siniestramente destacado lo ocupa el exministro de Asuntos Exteriores socialista, Miguel Ángel Moratinos.
Ricardo Chamorro nos expone sus andanzas.
Hay fechas que marcan la debilidad de un país. El 10 de marzo de 2004 es una de ellas.
Veinticuatro horas antes de que las bombas del 11-M mataran a casi doscientos españoles, Miguel Ángel Moratinos subió a la tribuna del Real Instituto Elcano y presentó el nuevo paradigma exterior del PSOE. No era una conferencia académica. Era el anuncio de un cambio de rumbo: multilateralismo, diálogo de civilizaciones y normalización con Marruecos. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa tras aquel atentado, ese discurso se convirtió en política de Estado. Desde entonces, Moratinos ha sido el hilo conductor de una forma de entender España que prioriza las cesiones, los contactos privilegiados con regímenes autoritarios y la legitimación internacional sobre la defensa clara de la soberanía.
Hoy ocupa el cargo de Alto Representante de la Alianza de Civilizaciones de Naciones Unidas y Enviado Especial contra la Islamofobia. Estados Unidos, bajo la Administración Trump, se ha retirado de esa misma institución junto con otras 65 organizaciones, calificándolas de ineficientes, derrochadoras de recursos y contrarias a los intereses nacionales. La coincidencia no es menor: quien impulsó la política de cesiones hacia Marruecos y Gibraltar, quien formó parte de una red de lobby con dictaduras y quien mantiene un discurso de «buena sintonía» con Rabat ocupa un puesto de prestigio en el mismo sistema multilateral que Washington denuncia como una burocracia capturada.
El paradigma de la cesión: Marruecos y Gibraltar
Con Moratinos como ministro de Asuntos Exteriores (2004-2010) se impulsó el Tratado de Amistad con Marruecos, se apoyó discretamente el plan de autonomía para el Sáhara y se envió a Luis Planas —hoy ministro de Agricultura— como embajador a Rabat entre 2004 y 2010. El propio Moratinos ha defendido después, desde la ONU, que el reconocimiento de ese plan por Pedro Sánchez en 2022 no fue un «giro copernicano»: ya sÑe había dicho durante la etapa de Zapatero que era una base seria, realista y creíble. Incluso sugirió soluciones inspiradas en el modelo autonómico español.
La lógica de la cesión no se detuvo en el Sáhara. En 2009, Moratinos se convirtió en el primer ministro español en entrar en Gibraltar. Desde entonces, ha apoyado y supervisado los avances hacia acuerdos de cooperación, incluyendo fórmulas de policía conjunta y gestión compartida. Fuentes del entorno diplomático señalan su presión sobre José Manuel Albares y el actual grupo de influencia para cerrar el acuerdo sobre Gibraltar y consolidar el reconocimiento del plan de autonomía marroquí. La integridad territorial quedó subordinada a la «estabilidad» y al entendimiento.
José Manuel Albares ejecuta hoy esa línea. Moratinos aparece como referente e interlocutor privilegiado en el mundo árabe y en la relación con Rabat. La «buena sintonía» se ha convertido en dogma. La crisis de Ceuta de 2026 mostró el coste: una frontera sur convertida en instrumento de presión.
El trío y los negocios
Tras dejar el poder, Moratinos, Zapatero y José Bono formaron una red de influencias. El viaje conjunto a Malabo en 2014, oficialmente contra la pena de muerte, coincidió con gestiones empresariales ante el entorno de Teodoro Obiang. El CNI siguió aquellos movimientos. Años después, el trío actuó como lobby ante el Gobierno de Sánchez para que el Banco Nacional de Guinea Ecuatorial operara en Madrid. Sociedades vinculadas a Moratinos y al entorno de Pedro Hermosilla operaron en Cuba y Guinea a través de estructuras en Suiza y Malta.

Las declaraciones de Hugo Carvajal, alias «El Pollo», exjefe de la inteligencia militar de Venezuela, han añadido otra capa. En informes y testimonios señaló a Zapatero como beneficiario de participaciones y contratos vinculados al régimen chavista, con menciones a negociaciones en las que aparece Moratinos. Carvajal habló de financiación de movimientos de izquierda y de contraprestaciones por apoyo político. Zapatero niega irregularidades. Será la Justicia quien determine las responsabilidades. El hecho político es que el arquitecto del giro de 2004 vuelve a situarse en el centro del debate sobre la relación entre política exterior y negocios privados.
Borrell y la continuidad estratégica
Josep Borrell representa otra cara de la misma órbita. Alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, figura de peso en la diplomacia europea y socialista de larga trayectoria, ha compartido con Moratinos y Zapatero el énfasis en el multilateralismo. Juntos configuran un ecosistema de influencia que va de La Moncloa a Bruselas y Nueva York y que ha condicionado durante años la política exterior, la defensa e incluso los resortes de inteligencia.
La ONU según Trump y el coste para España
La Administración Trump ha sido explícita: muchas agencias de la ONU son burocracias ineficientes, capturadas por agendas ajenas y derrochadoras de recursos. La retirada de la Alianza de Civilizaciones forma parte de esa ruptura. España, mientras tanto, sigue financiándola. Moratinos la dirige. Zapatero participa en sus foros.
No se trata de idealizar la posición estadounidense. Sí de constatar que el sistema multilateral puede servir de plataforma de legitimación a quienes diseñaron una política exterior de cesiones y operaron en la zona gris entre la diplomacia y el lobby. Cuando la frontera sur se convierte en un arma; cuando se reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara sin consenso nacional; cuando se avanza en acuerdos sobre Gibraltar bajo la misma lógica; y cuando quienes impulsaron ese camino ocupan cargos de prestigio internacional, el problema deja de ser abstracto. Se convierte en una cuestión de soberanía.
Moratinos no es el único responsable. Pero sí es el gran pivote: el ministro que cambió la política exterior española tras el 11-M, el impulsor del acercamiento a Marruecos, el supervisor de la lógica de cesión en Gibraltar, el hombre de la red Zapatero-Bono y el alto cargo de una ONU cuestionada por Washington.
España necesita recuperar una política de Estado. No una política de redes de influencia ni de legitimaciones que sirvan a agendas ajenas. La soberanía no se negocia en foros de diálogo de civilizaciones. Se defiende.


















