Nunca hay que quedarse —es uno de los lemas de EL MANIFIESTO— en la espuma de los días. Hay que hurgar debajo de la superficie, bucear más allá de lo que nos ofrece la inmediatez del mundo, así haga falta irse dos siglos atrás: a la Revolución francesa, por ejemplo, y al pensamiento ilustrado que la inspiró. Es lo que hace Sertorio, quien para comprender lo que los bárbaros están desencadenando en Francia, afirma junto con Maurras que «doscientos años de democracia se pagan».
Lo más lamentable de la jacquerie francesa de este fin de semana no fue el incendio de ayuntamientos, ni el saqueo de comercios, ni el afán incendiario de la chusma, esa racaille que está convirtiendo a la dulce Francia de nuestros años infantiles en Haití. No, lo peor, lo más patético, fue el discurso del presidente Macron, el empleadillo de banca que descansa sus blandas posaderas sobre el mismo sillón donde se sentó De Gaulle. No hay mayor confesión de impotencia que una presunta firmeza expresada mediante alardes de una fuerza social que no se tiene, porque Macron es el retrato de una élite desbordada por el caos y la miseria que ella misma ha importado. El corazón de las tinieblas ya no palpita en el Congo del rey Leopoldo, de Kurtz y de Conrad; ahora la jungla está en la banlieue, en las barriadas tercermundistas de París. Para poca sorpresa de todos, este mandamás unánimemente detestado, porque sólo en esto están de acuerdo los habitantes de Francia, tiende su mano hacia los salvajes que han pisoteado en cuestión de unas horas la ilusoria multiculturalidad “francesa”. Estos antropófagos, estos calibanes, hijos de la educación progresista, producto de sesenta años de enseñanza deconstruida, han tenido el mérito de expresar a su manera la bancarrota moral y política de las élites liberales que les protegen. Todo esto no es sino la culminación del asesinato de Francia por la República, iniciado en 1789 y que llega a sus postrimerías en esta bacanal propia de Solana, de Ensor, de Callot. Los animales de bellota que han arrasado las calles de Francia no son la causa, sino el efecto de unas políticas migratorias, culturales y económicas que han destruido el tejido social de Occidente y están a punto de borrar su identidad. Este es el resultado de un proceso viejo de más de dos siglos. Desde 1762, cuando Rousseau escribió El contrato social.

Parafraseando al gran Maurras, podemos afirmar que doscientos años de democracia se pagan. Dos centurias de nihilismo liberal, de extravagancias demagógicas y de señorío de las mayorías sólo pueden acabar así, en el caos tribal, en la destrucción de cualquier forma de vida civilizada. El culto del buen salvaje y el predominio de la cantidad sobre la calidad, la hegemonía del número, necesariamente lleva escaleras abajo, hacia la identificación con lo más simple, a la igualdad por lo más estúpido y vil, por lo más elemental: a la barbarie. La civilización necesita de una jerarquía espiritual, de un orden orgánico, de unos valores permanentes, de una veneración por la tierra y los muertos, todo aquello que el igualitarismo ilustrado critica y destruye. Las ciudades de Europa seguirán ardiendo porque el afán de muerte de sus élites lo desea, porque el principal peligro son ellas y no sus cabilas de galeotes. La gasolina que incendia Francia no se fabrica en las mezquitas, sino en las universidades y los liceos.
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No nos asombra que se siga tratando a esta escoria, a este lumpen, a esta canalla, como víctimas; ni tampoco que se abran canales de diálogo con estos salvajes, que amenazan con degollarnos a todos y que gozan del permiso del Estado para asaltar e incendiar a los contribuyentes, esos nativos privilegiados que deben trabajar para pagar los impuestos que mantienen bien subvencionados a los bárbaros que les saquean. Tampoco nos sorprende que los medios de comunicación consideren este aquelarre, en el que arden los liceos y se dan palizas a los profesores, como huelga de “estudiantes” que, por supuesto, luchan por sus derechos, entre los cuales debe de estar, sin duda, la destrucción de los establecimientos públicos de enseñanza. Desde Rousseau hasta el día de hoy, todo atentado contra la civilización occidental cuenta con el respaldo de la capa más privilegiada de Occidente, los intelectuales, ese lujo del que todavía no podemos prescindir. Son los bonzos de las cátedras y de los cafés los primeros que bendicen estas salvajadas. El producto final de la tradición republicana y laica de Francia es el islam salafí, que domina las barriadas y ha demostrado su fuerza en las calles en estas últimas horas, eso sí: con el indispensable auxilio de la izquierda francesa.

Por supuesto, no podemos olvidar que buena parte de esta catástrofe social tiene su origen la catástrofe económica de la guerra contra Rusia, que ha matado a la industria europea y ha demostrado a los trabajadores del continente que el Estado del Bienestar ha pasado a la historia y que la Europa social de hace tres decenios está enterrada. Pero nadie quiere mirar el rey desnudo. Sin embargo, hay anécdotas chuscas, episodios ibéricos, que coronan estos pandemonios de gamberros importados: en el Festival de Venecia, en medio del lujo y la sofisticación de la gauche caviar, vestido con un traje carísimo e inflado de fatua suficiencia, Javier Bardem tuvo el desparpajo de agradecer sus fechorías a los imbéciles embrutecidos que han sembrado el caos en Francia. No podía faltar un millonario miembro de la izquerda divina española para dejar su matiz borderline, tan característico de nuestro cine. Esperemos que la Historia le devuelva la boutade con una de sus hegelianas ironías; cuanto más sardónica, mejor.
















