Una época ha terminado. Empieza otra. La época que ha terminado es la que se abrió en 1989 con el desplome del bloque soviético, la hegemonía mundial norteamericana y la construcción del mundo global, eso que en su día se llamó «fin de la Historia» y, después, «globalismo». La época que ahora empieza aún no tiene nombre, pero ya es posible ver sus perfiles, como las siluetas que emergen desde lo oscuro en los primeros minutos de un amanecer, en «la dudosa luz del día», por emplear el celebérrimo verso de Góngora (los clásicos están para citarlos). No podemos saber aún qué habrá al otro lado, pero sí podemos describir el paisaje y estudiar cómo hemos llegado hasta aquí.
El toque de trompeta para la apertura del nuevo escenario ha sido, sin duda alguna, la segunda llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, que parece haber puesto el mundo cabeza abajo. Sin embargo, la revolución política de Trump es en muchos aspectos una respuesta a cambios que ya estaban en marcha en todas partes, también en nuestras naciones, España incluida. Nietzsche decía que la Historia llega con pasos de paloma. Esos pasos de paloma no son los zapatones de Trump taconeando en los mármoles de Mar-a-Lago, sino las grandes transformaciones, a veces silenciosas, a veces estridentes, que han modificado el rostro de nuestro mundo en los últimos decenios. No es sólo cuestión de poder. No es sólo cuestión de dinero. No es sólo cuestión de ideas. Es todo eso a la vez, y así hay que acostumbrarse a pensarlo.
Muchas cosas están cambiando al mismo tiempo. Cada una de ellas influye en todas las demás y el cruce de fuerzas dibuja un paisaje crítico. Crisis es la palabra: en su origen, «crisis» remite a la raíz indoeuropea *krein-, vinculada con el acto —decisivo— de separar el grano de la paja, y de la que derivan también voces como «criterio» o «criba». La gran criba se abre ahora. Durante algo más de un cuarto de siglo, todos hemos vivido -y especialmente en las sociedades occidentales- al compás que nos han marcado las instituciones globales con sus discursos sobre el mundo sin fronteras, la emergencia climática, el “orden internacional basado en reglas”, el gran reinicio financiero mundial, el control sobre la «desinformación», la disolución de las identidades tradicionales, las consignas del Foro de Davos («no tendrás nada y serás feliz»), el catecismo de la Agenda 2030, la redefinición de nuestras sociedades según roles de género, etc. Todo eso es lo que ahora termina. El orden del mundo se ha reconfigurado a partir del ascenso de nuevos espacios de poder. El horizonte del mundo global desaparece y en su lugar emerge un paisaje multipolar. Esos espacios de poder se corresponden muy precisamente con espacios de civilización que representan maneras distintas de entender las relaciones entre los hombres y las naciones, distintas expectativas vitales y formas también distintas de estar en el mundo. Vuelven las religiones y las identidades, que en realidad nunca desaparecieron. El equilibrio de nuestras sociedades también se reconfigura, con frecuencia de manera traumática. Algunos lloran, nostálgicos del mundo de ayer, proclamando las viejas verdades como si su mera invocación sirviera para devolverlas a la vida. Pero no: lo que había, se acabó.
En el caso de las sociedades europeas, todos estamos experimentando ahora las consecuencias de las fuerzas que durante largo tiempo hemos acumulado en la caldera: sociedades opulentas sin previsión de futuro, desmantelamiento de las identidades colectivas, olvido o condena de la propia tradición cultural, salida de la Historia (es decir, renuncia a la decisión soberana), degeneración de las democracias, natalidad negativa, incorporación de millones de personas venidas de otras culturas con sus propias reglas y su propia forma de entender el orden social, entrega de los instrumentos básicos de supervivencia (la defensa, la economía, etc.) a instituciones transnacionales sin control popular… Durante muchos años, todo eso se nos vendió como un bien: estábamos construyendo «el mejor de los mundos posibles». Tal vez lo fue. Pero el espejismo tenía fecha de caducidad: la Historia ha vuelto. Cambio de ciclo.
Y nosotros, españoles, ¿qué? Todos estos cambios de fondo sorprenden a España en la peor de las situaciones: con un país enteramente dependiente, una sociedad desmantelada a fondo, un tejido nacional pacientemente deconstruido durante medio siglo, un paisaje político envuelto en olas de corrupción, una economía sujeta a servidumbres no siempre confesables, un discurso público hozando en la insignificancia y una moral colectiva por los suelos. En la era de las soberanías nacionales y el lenguaje crudo del poder, nosotros hemos renunciado a todo eso. Y sin embargo, todavía quedan en nuestro pueblo energías capaces de movilizarse. Basta recordar las jornadas terribles de la última riada de Valencia, cuando miles de españoles de todas partes afluyeron con sus palas y sus botas ante la inacción del poder. Hay un pueblo vivo. Por tanto, la nación puede sobrevivir. Pero sólo a costa de un severo proceso de rectificaciones que, sin duda, no será pacífico.
Vienen años decisivos. Lo que empieza a vislumbrarse no es agradable. No tiene por qué serlo. Muchos preferirán no mirar, incluso optarán por mirar atrás y, como la esposa de Lot en Sodoma, convertirse en estatua de sal. Pero, por otra parte, ¿hay algo más fascinante que un cambio de ciclo histórico? «No hay nada más bello que un hombre cuando avanza —escribe Jean Cau—. El soldado que sale de las filas y declara que él es voluntario. El torero que sale del burladero, despide a sus peones y despliega su capote». Avancemos.
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