A la derecha, el entrevistador; a la izquierda, el entrevistado

Hughes entrevista a Portella

Hace unas semanas, en la Sección IDEAS de La Gaceta, Hughes, su director, entrevistaba al de este periódico, y Javier Ruiz Portella contestaba a calzón quitado a sus preguntas. Iban éstas desde su trayectoria personal hasta su labor al frente de EL MANIFIESTO y la revista ÉLÉMENTS, pasando por su opinión sobre un sinfín de cuestiones (la lista no es exhaustiva) tales como: Europa, la patria carnal, España, Francia, Italia, el Gran Reemplazo, las «élites», el individualismo liberal, la belleza, lo sagrado….
Les ofrecemos seguidamente la entrevista en cuestión.

 


 

¿Cómo va Éléments y cómo se le ocurrió semejante cosa? ¿Ha recibido alguna subvención del ministerio? ¿Cuánta moral hay que tener —moral de la del Alcoyano— para salir con Éléments en esta España? ¿Qué es lo que hace que esta revista en papel, con abundantes ilustraciones y esmerada presentación, resulte tan particular en nuestro país? 

Perdón. ¿Dice usted que si hemos recibido alguna subvención pública? Ay, qué gracia… Ni pública ni privada, salvo la procedente del bolsillo de los lectores que compran o se suscriben a la revista. Y si la siguen comprando (acaba de salir el cuarto número desde que nos pusimos a andar hace cosa de un año), Éléments seguirá publicándose; y, si no…, desaparecerá de España esta revista que, con periodicidad trimestral, es la versión en español del célebre icono que la Nouvelle Droite lleva publicando en Francia desde hace más de cincuenta años.

¿Qué hace que esta revista sea algo tan especial, tan peculiar? Si los lectores lo consideran así, es sin duda porque Éléments compagina tres elementos (valga la redundancia) que no suelen darse juntos. Por un lado, la política; una política en la que nos implicamos tomando posición acerca de los grandes retos tanto de la época como del momento. Pero esta implicación no acarrea lo que tantas veces la acompaña: la machacona reiteración propagandística, sumada a una buena dosis de demagogia y sectarismo. Si Éléments evita tales escollos, es, primero, porque los detestamos y, segundo, porque tan importante como la política es su otra dimensión: la cultural. Y por «cultural» hay que entender tanto lo que pertenece estrictamente a ello (el arte, la literatura, el cine, la filosofía…) como el hecho de que los artículos o entrevistas en los que se abordan las cuestiones de la Polis nunca se quedan en la espuma de los días, siempre hurgan más allá, siempre van en busca de la perspectiva cultural e histórica en la que las cosas se sitúan. No olvidemos tampoco un tercer elemento: la amenidad que, rehuyendo las sequedades del lenguaje académico, configura el «estilo Éléments», el cual también está presente en El Manifiesto, periódico digital que fundamos hace veinte años José Javier Esparza y un servidor. En él cualquiera puede hojear un resumen del último número de Éléments y hacerse con la revista.

¿Por qué nos lanzamos a la aventura no sólo de publicar semejante revista, sino de hacerlo en algo, hoy casi extravagante, como es el papel? Optamos por él porque todavía son muchos quienes detestan leer en una pantalla (tranquilícense, sin embargo, los amantes de lo digital: también existe una versión en PDF). La impresión en papel dispara los costes, es cierto, pero creemos que vale la pena consentir los esfuerzos que haga falta para «poner al alcance de todos los españoles», como decía el NODO, una publicación que intenta llenar un vacío grande como el mar.

 

¿Cuánto se parece la política y la sociedad española a la francesa?

En realidad, ambas se parecen casi en todo, aunque también se diferencian en un montón de cosas. ¿Cómo podríamos no parecernos los franceses y los españoles cuando ambos formamos parte de la misma civilización, la misma cultura, la misma Europa, esa gran patria común sin la cual no seríamos nada de lo que somos? ¿Qué cosas tan dispares podrían diferenciarnos, acaso oponernos, cuando a ambos lados de los Pirineos se respira el mismo aire del tiempo, nos malhieren los mismos desgarramientos y nos alientan las mismas esperanzas?

El campo francés, por ejemplo, se halla tan amenazado como el nuestro por la globalización y las políticas que con el fin de aplastar al campesinado imponen unas oligarquías perfectamente hermanadas.

Las «élites» culturales y políticas de ambos países son élites vergonzantes e indignas de tal nombre, lo cual hace que sólo el fervor de unas clases populares cada vez más estrujadas permite albergar esperanzas de un cambio radical. ¿Sabía usted, por ejemplo, que mientras el Rassemblement National de Marine Le Pen y Jordan Bardella se afirma como partido mayoritario en toda Francia, los votos que obtiene tanto en París como en las demás metrópolis siempre han sido ridículamente bajos: no llegan ni a un 10%?

«El Gran Remplazo», ese concepto inventado con tanto éxito por el francés René Camus, nos arrebata la identidad tanto a ellos como a nosotros (aunque en nuestro caso lo hace un poquitín menos, pues la invasión migratoria empezó aquí algo más tarde).

La inanidad y la fealdad del mundo hacen que éste se ensombrezca por igual a ambos lados de los Pirineos (pero hay que reconocer que el centro de París, por ejemplo, no está tan deteriorado como el de Madrid).

Las anteriores diferencias cuantitativas, y sobre todo las dos que voy a indicar ahora, obligan a dar la razón al Pascal que sentenciaba: «¡Vaya gracia, esta justicia que un río delimita! Verdad aquende los Pirineos, error allende». Pese a que el mundo se está volviendo cada vez más insoportablemente uniforme en todas partes, es indudable que entre ambos lados de los Pirineos aún existen —alegrémonos— diferencias que, en materia de talante, idiosincrasia, costumbres y tradiciones, todavía distinguen a nuestros respectivos «terruños». (El «terruño»: esa cosa íntima, blanda, sentimental, decía José Antonio, que lo detestaba en la medida en que puede oponerse a la nación entendida como «unidad de destino».) Ahora bien, mucho más importante que nuestras distintas tradiciones y costumbres es la tristeza que nos deja ese rasgo que marca a nuestro propio terruño: a esos diecisiete terruños, más exactamente, entre los que se disuelve, aupada por la secesión de dos de ellos, la unidad nacional de España. Dicho de otro modo, pese a que, desde Bretaña hasta Córcega, pasando por la Provenza, la «Cataluña Norte» , Flandes y el País Vasco francés, nuestros vecinos cuentan con buena cantidad de terruños y lenguas regionales, nada de ello ha conseguido disolver la unidad nacional y el amor a la lengua y a la identidad común de la nación francesa. ¡Qué suerte la suya!

La otra gran diferencia ante la que nuestros ojos también se llenan de admiración y sana envidia es la referente a la cultura. Me refiero tanto al alto nivel de la enseñanza pública (al menos cuando yo vivía por ahí, ahora en cambio…) como a los elevados índices de lectura. Ello hace que en Francia se publiquen —y se vendan— una cantidad de libros y revistas de los que en nuestros pagos no tenemos ni idea. ¿Ejemplos? El que me parece más llamativo es la existencia de cuatro o cinco grandes semanarios de información general y política; semanarios que, aquí, ya hace años que han desaparecido por completo. No estoy hablando de revistas de difusión mediana y vendidas en kiosco, como es el caso de Éléments. Hablo de publicaciones cuyas importantes tiradas se venden semanalmente en los kioscos, y a las que también cabría añadir algo tan extravagante para nosotros como una revista… de filosofía destinada al gran público.

 

¿Será la inmigración un fenómeno tan determinante como parece?

¿Lo será? No, ya lo es y cada vez lo será más. No sólo porque cada año nuestras oligarquías nos obsequian con unos 300.000 inmigrantes suplementarios (cifras oficiales en ambos países). A ello se debe añadir que, frente a la decisión de dejar de procrear que los europeos han tomado, las poblaciones llegadas a la vieja Europa («vieja» en todos los sentidos) siguen procreando como si no hubiera un mañana; como si, de no hacerlo, el mundo se fuera a acabar. O, al revés, mejor dicho: como si estuvieran buscando que se acabara el mundo. El de nuestra civilización europea, se entiende.

Con algunas excepciones como la de la valiente Hungría, el Gran Remplazo azota a toda Europa. También en España se está empezando a tomar conciencia de tal azote, pero aún no existe entre nosotros una suficiente conciencia de lo que nos estamos jugando. Fundamentalmente porque la inmigración hispanoamericana se diluye más fácilmente entre los españolitos blancos, cosa que no deja de ofrecernos una pequeña ventaja: en lugar de tener una España islamizada y musulmana, la tendremos indianizada y cristiana («evangelistizada», mejor dicho).

 

¿Qué queda de la Nouvelle Droite? ¿Se siente un poco su delegado en España?

De la Nouvelle Droite queda todo. No es por echarnos flores, pero hay que reconocer que aquellas ideas, que hace unos cincuenta años empezaron a ser difundidas por los Alain de Benoist, Dominique Venner y tantos más, han acabado germinando y constituyendo unos bien frondosos árboles: los que conforman de algún modo la base teórica sobre la que se asienta el actual renacer del espíritu soberanista e identitario que hoy sacude a toda Europa.

Quien quiera conocer más detenidamente las ideas de la Nouvelle Droite puede leer la entrevista que me concedió el propio Alain de Benoist y que se publicó en esta misma Sección. Para sintetizar tales ideas, digamos que la Nouvelle Droite fue quien primero denunció el mal más profundo que corroe a nuestras sociedades: el implacable individualismo tanto liberal como izquierdista que, privándonos de aliento comunitario y de arraigo en la historia, tiene como fruto el nihilismo y los demás males que nos asfixian: desde los desvaríos woke hasta la conversión del mundo en un ingente supermercado. Es cierto que el supermercado es amplísimo y está magníficamente abastecido, pero su acceso está cada vez más limitado por la precariedad a la que las oligarquías plutocráticas someten al común de los mortales.

En cuanto a si me considero el representante en España de la Nouvelle Droite, debo recordar que ésta no es ninguna organización con afiliaciones, representantes, jerarquías… Dicho lo cual, reconozco que, llevando más de veinte años esforzándome en difundir las ideas que acabo de recordar, me honra que se me pueda considerar como una especie de representante en España de una corriente de pensamiento cuyas ideas también son difundidas por el Instituto Carlos V. Recientemente creado siguiendo el espíritu de lo que en Francia es el Institut Iliade, se sitúa en la estela de otros Institutos de igual tipo, como los ya existentes en Italia y Alemania.

 

¿Cuántas veces le hicieron el reproche de su paganismo?

La verdad es que en España nadie nos lo ha reprochado nunca, salvo lo que no fue ningún reproche, sino una disputatio tan amistosa como apasionante que Esparza y yo mantuvimos, hace tiempo, en las páginas de El Manifiesto.

Le agradezco su pregunta, porque me permite abordar algo que a muchos les puede parecer simplemente extravagante. Fue para responder precisamente a dicha «extravagancia» por lo que Alain de Benoist escribió un libro provocativamente titulado ¿Cómo se puede ser pagano?

¿Cómo se puede reivindicar un paganismo que, en Francia, nuestros adversarios nos colgaban antaño como un sambenito? Pero ya no lo cuelgan. Es lógico, pues reivindicar el espíritu y las virtudes de los antiguos dioses de Europa ya no significa hoy considerar como un enemigo a la religión que aniquiló sus mitos y derrumbó sus templos hace 1.800 años (pese a lo cual y desde el Renacimiento sus mitos y dioses siguieron irradiando en el arte y la literatura durante otros tres o cuatro siglos). Adherir a lo que representaban los antiguos dioses —adherir al espíritu de Grecia y Roma— significa simplemente hacer nuestra una determinada concepción de lo sagrado y lo mundano que defendemos con el mismo derecho con que los cristianos defienden su concepción. Máxime en los tiempos actuales, donde «Dios ha muerto» —no sólo los antiguos dioses, también el que los venció—, haciendo que todos nos encontremos como huérfanos enfrentados al mismo vacío.

¿Cómo es posible, tal vez se pregunte el lector, que estos refinados intelectuales de la Nueva Derecha crean en la existencia real y activa, actuante sobre el mundo, de los Zeus, Atenea, Afrodita, Poseidón y compañía? No, no es su existencia aquello en lo que creemos, no es ella lo que nos importa. Dejemos ya de obnubilarnos por la cuestión de la existencia real, físicamente presente, de lo divino, ya sea en el Olimpo o en el Más Allá. Es precisamente esta cuestión la que, ante la imposibilidad manifiesta de que lo divino ocupe el menor átomo de espacio físico, ha acarreado hoy su desaparición.

En el fondo, las cosas son bastante sencillas. La existencia de algo sólo puede darse de dos maneras: en el universo material o en el espiritual, en el ámbito de lo físico o en el de lo metafísico. Y si algo sólo tiene existencia espiritual, si sólo anida en nuestra mente y late en nuestro corazón, ocurre entonces lo que caracteriza a todas las religiones y cultos habidos y por haber. Al carecer sus creencias de soporte material, al ser espirituales y nada más que espirituales (no como el arte, que es ambas cosas a la vez), sucede entonces que los seres, historias y relatos que fundamentan cualquier culto (pagano, cristiano o de la religión que sea) sólo pueden ser míticos, imaginarios. ¿O hay tal vez la menor diferencia entre la naturaleza imaginaria, pongamos por caso, de la Guerra de los Titanes y el mito del Paraíso Original?

Los antiguos, es cierto, no reconocían abiertamente la naturaleza imaginaria de sus dioses y mitos. Pero sí sabían que, como dice Dominique Venner, «los dioses son frecuentes transposiciones de las fuerzas de la naturaleza y de la vida, símbolos de un orden de cosas que es permanentemente recordado a los humanos». Por ello, no les carcomía el alma saber si lo divino pertenece al orden de lo materialmente real o al de lo mítica, poética, imaginariamente real.

Porque lo imaginario también puede ser real.

Lo imaginario puede ser real, puede ser expresión, y hasta expresión máxima, de la verdad y la realidad . Con una condición: que lo imaginario se vea tocado por la gracia que confiere cualquiera de las dos fuerzas que, hasta nuestros tiempos, daban sentido al mundo: lo poético y lo divino, el arte y la religión. Tan imaginarios y tan portadores de sentido, tan palpitantes de significación, tan inexistentes y tan reales son los dioses y sus historias como los seres, personajes y relatos que viven en el arte.

En todo esto, que no implica ninguna confrontación política, sino, a lo máximo, un apasionante debate de ideas con nuestros amigos católicos, es en lo que consiste el «paganismo» de la Nueva Derecha. A partir de ahí, estallan como cohetes, por supuesto, otras mil preguntas, y en particular la de cómo dar consistencia efectiva a semejante concepción de lo sagrado. Pero ante la imposibilidad de abordar tales cuestiones en esta entrevista, no puedo sino remitir a uno de mis libros: El abismo democrático, que en su edición francesa tiene un título que, haciendo un guiño al famoso dictum de Heidegger, expresa mucho mejor la cuestión de lo sagrado: ¿Sólo un dios puede salvarnos?

 

¿Es optimista con los jóvenes o aplicamos un sensato realismo?

O somos optimistas con los jóvenes… o. apaga y vámonos. No sabemos, por supuesto, de qué estará hecho el futuro, ese mar, tornadizo, voluble por definición, donde la historia se despliega azarosa e imprevisible. Vean, si no, lo que está saltando hoy ante nuestros asombrados ojos. Si hace muy pocos años alguien hubiese pretendido que Vox llegaría a ser, como lo es ahora, la primera fuerza política entre los jóvenes; si hubiese añadido que se daría entre ellos un cada vez mayor reconocimiento de las bondades del franquismo, nos habríamos echado todos a reír y habríamos pensado que semejante profeta estaba loco de atar. También lo habríamos pensado de quien hubiera pretendido que llegaría un día en que todo un vicepresidente de los Estados Unidos de América pronunciaría una conferencia como la que J. D. Vance dio en Múnich y en la que avergonzó a las infaustas «élites» europeas defendiendo ideas muy cercanas a las que acabo de resumir.

Y, sin embargo, ahí los tenemos ambos fenómenos, ambas esperanzas. Deseemos que se desarrollen y consoliden. Pero no nos limitemos a desearlo. Hagamos, por lo que a los jóvenes se refiere, todo lo que esté en nuestras manos para que lo imprevisible se convierta en realizado.

 

¿Qué le han dicho en Italia por su biografía de la Sarfatti, amante de Mussolini?

Les ha gustado mucho esta biografía novelada de Margherita Sarfatti: culta aristócrata judía, gran dama embebida de arte y política, que en la primera mitad del pasado siglo fue promotora y mecenas de artistas (en particular del movimiento Novecento Italiano). Pero no sólo estuvo apegada al arte y a los artistas. Principal amante de Mussolini durante veinte años (de 1912 hasta comienzos de los años 30), autora de Dux, la biografía del Duce traducida a dieciocho idiomas y de la que sólo en Italia se vendieron más de un millón de ejemplares, estuvo desde el comienzo al lado del «primer fascismo», como cabe denominar aquel movimiento que suscitó tanto apoyo popular y despertó tantas esperanzas.

Hasta que todo se derrumbó. Hasta que la desenfrenada hybris de su amante, con su insaciable sed de poder, hizo que se despeñara por el abismo. Aliándose con el Hitler cuyo racismo, al comienzo, había suscitado sus más vivas críticas, fue el propio Mussolini quien, en septiembre de 1938, imprimiría al régimen un brutal giro racista con la publicación de las leyes antisemitas. Un mes más tarde, temerosa Margherita Sarfatti de lo que a ella misma le podía pasar, hacía las maletas y se exiliaba en Argentina.

Ésta es la historia —exponente de todas las grandezas y bajezas del siglo— que se cuenta en este libro que, publicado primero en España, acaba de serlo ahora en Italia.

 

¿Qué tira más? ¿Francia o Italia?

Y añadámosle España, faltaría más. Amo con locura a los tres países, y en cada uno de ellos me siento como en casa. Reconozco sin embargo que me podría sentir así en casi cualquier país europeo… cuya lengua hablase. Lo único que me lo impide —a mí y a todos—, la única barrera que realmente se alza entre los europeos es la de la inmensa cacofonía que engendra nuestra multiplicidad de lenguas. Hasta quienes no dudan en afirmase europeos lo hacen colocando a Europa en segundo o incluso en tercer plano (pienso en quienes sitúan en el primero a su terruño regional). Más allá de las diferencias de talantes y costumbres —tan pintorescas como poco decisivas—, se alza la barrera de nuestras lenguas. Ese muro, que nunca podrá saltar un chapurreado y artificial inglés, es lo que impide que Europa sea sentida —y, por ende, articulada— como la gran patria carnal que en realidad es.

Si, como se dice a menudo, mi patria es la lengua, resulta evidente que Europa nunca podrá ser la patria que nos otorgue carne y sangre, alma y habla. Quien sí la otorgaba, pero aún no se llamaba Europa, era aquel Imperio (el Romano) donde bastaba conocer dos lenguas, el latín y el griego —¡qué envidia!—, para habitar la Casa del Ser, como Heidegger define a la lengua.

Se perdió el Imperio, pero su nostalgia ha azuzado bastante a los europeos como para haber intentado replicarlo en varias ocasiones. Qué fueron, si no, aquellos simulacros de réplica (pero fracasaron, pues los pequeños «terruños» ya habían arraigado demasiado) que tuvieron tres egregios nombres: Carlomagno, el Sacro Imperio Romano Germánico y el Imperio Napoleónico (el cual, al subyugar la identidad de sus pueblos, poco tenía sin embargo de imperial). A esas experiencias tan altas como fracasadas, ¿habría que añadir acaso —riamos un poco— el engendro burocrático-mercantil que tiene hoy su sede en Bruselas?

 

Usted visitó, siendo comunista, el otro lado del telón de acero, ¿cómo era aquello?

Aquello era el horror sin más. Era la manifestación de lo peor que anida en el ser humano: todas sus miserias, tanto materiales como espirituales, expuestas a la luz del día. Era un horror descarnado, desnudo, desprovisto de las máscaras, alharacas y emperifollamientos que envuelven, en su versión liberal y «democrática», el horror muelle y blandengue (a veces incluso dulzón) del «último hombre», como lo llamaba Nietzsche.

Sólo después de mi breve estancia (unos nueve meses pasados en Hungría y Rumanía) y una vez que en 1989 se desmoronara toda aquella siniestra basura, comprendí la inmensa paradoja que encerraba. Con el paso del tiempo quedó claro que en medio de las atrocidades del comunismo anidaba, como de rebote, una única y benéfica virtud. La desnudez de su opresión, la inexistencia de los caramelos y dulzainas con que el liberalismo embauca y hace más llevadero su dominio, todo ello hizo que nadie se llevara a engaño ni en la URSS ni en los países que le estuvieron sometidos. Por un lado, el comunismo ha resultado ser la más eficaz vacuna contra cualquier tentación izquierdista. Por otro lado, al mantenerse tales países alejados del nihilismo liberal-individualista, al haber promovido los gobiernos comunistas los sentimientos de patria y comunidad, todo ello ha originado la más curiosa de las situaciones. Los únicos lugares de Europa donde hoy florecen con vigor tales sentimientos (a los que debe añadirse un recuperado fervor religioso) son, desde Rusia hasta Hungría, los antiguos países sometidos al comunismo.

 

Usted habla a menudo de la belleza. ¿Ha sentido la tentación de dejarlo todo y dedicarse a publicar cosas de estética y arte? ¿Es la belleza la última resistencia? (Mire que por ahí vamos apañados también…)

Y tan apañados como vamos… Sí, me ha leído usted bien: considero la belleza como el último bastión, la última resistencia, lo único que, como el dios de Heidegger, puede salvarnos.

Con la belleza ocurren hoy dos cosas, una doble catástrofe. Nunca habíamos tenido tanta necesidad de belleza, y nunca había estado la belleza tan desaparecida como hoy . A lo largo de toda la historia se han producido cuantiosas destrucciones y saqueos de obras de arte, monumentos, ciudades…; pero nunca la belleza como tal había estado en el punto de mira. Ahora sí. El mundo moderno, y ya no digamos el posmoderno, infama y destruye lo Bello. En su lugar instaura lo Feo. Donde otrora, dando significación y sentido al mundo, se alzaban las obras de los Homero, Sófocles, Praxíteles, constructores de catedrales, Dante, Miguel Ángel, Bruneleschi, Cervantes, Velázquez y todos los demás, ahí mismo es donde se intentan colocar hoy las mamarrachadas que quien lo aguante puede ver en cualquier galería del denominado «arte» contemporáneo. Sí, es cierto, cuidamos, mimamos como nunca el arte del pasado. ¿Cómo no íbamos a cuidarlo, si no nos queda otro? Sólo en los museos podemos hallar consuelo. Hemos perdido, salvo honrosas pero minoritarias excepciones, el gran arte creativo para quedarnos sólo con el contemplativo.

Y junto con ello, entrelazado con ello, la destrucción de esa belleza menor, pero tan importante, que envolvía antaño las casas, calles y plazas de pueblos y ciudades. Para constatarlo —pero nadie lo constata, a nadie le importa—, basta con visitar cualquiera de «los pueblos con encanto», como dicen las guías, o acudir a los centros histórico-monumentales de nuestras ciudades para ver, por comparación, hasta qué punto la fealdad y la vulgaridad envuelven nuestra vida de cada día.

¿Por qué tanto desafuero? ¿Por qué hemos perdido hasta tal punto el afán y el gusto por lo bello? No, no es tanto el gusto estético lo que hemos perdido. Es el pálpito de lo sagrado, el aliento de lo intangible, de lo inconmensurable. Lo que nos ha abandonado es esa cosa inefable y primordial que, estando fuera de nosotros, sólo la belleza (y la divinidad) es capaz de traernos. ¿Cómo podría la belleza —la belleza creativa— surgir y estremecer en un mundo que ha perdido todo aliento de lo sagrado?

¿Lo recuperará?… Hoy por hoy, estamos bien lejos de ello. Ni siquiera en algún lejano horizonte se atisba nada parecido a aquella «artecracia», a aquel arte inserto en la Ciudad, con que soñaban un Marinetti o una Margherita Sarfatti. Estamos muy lejos del gran renacer espiritual que nos hace falta. Pero también estábamos lejos, y no hace tanto, de la actual ola de renacimiento identitario y patriótico que desde América hasta Europa se ha puesto a embestir contra los diques y represas con que los biempensantes esperaban contener la marea. De modo que…

Respecto a la otra cuestión que usted me planteaba —la de si he sentido alguna vez la tentación de dejar las inquietudes teóricas para sumirme sólo en las del arte—, le diré que no. No, si por ello se entiende abandonar el terreno de lo ensayístico para pasar al de lo poético o literario. Es al revés, digámoslo así, como me he planteado las cosas. En lugar de ser yo quien, abandonando artículos y ensayos, me encamine hacia la literatura y su belleza, me esfuerzo por que sea ella la que tenga a bien visitarme, imprimiendo a mis textos el sesgo literario sin el cual dejarían de apasionarme.

 


 

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