La escuela en la que imperaba la tiza

El lujo de la tiza

Compartir:

«En mis clases no se puede usar tecnología, ni ordenadores ni pantallas de ningún tipo.»

 


 

Será porque he dejado de fumar y, al parecer, el tabaco era lo único que me mantenía atado a la cordura, pero lo cierto es que me asaltan ideaciones homicidas con cada vez más frecuencia. Por ejemplo, me pasa cuando alguien, por lo general en un Audi, conduce como si los demás fuéramos figurantes. Me pasa con los que escupen en público, con los que hablan por el manos libres o simplemente dan su opinión. También con los que me abordan, los que me interrumpen y con la mayoría de los que me saludan. Pero sobre todo me pasa con mis alumnos, a los que muchas veces degollaría. Luego no lo hago porque, tal vez a cuento de la cosmovisión premoderna, leemos a Manrique o nos demoramos en las truculencias de Valdés Leal y se les enciende el alma. Entonces recuerdo que también ellos son hijos de Dios, y que yo no soy más que un pobre diablo.

La culpa de nuestras desavenencias es del tabaco, decía, pero también de una medida pedagógica que adopté el curso pasado y que me tiene a los estudiantes en armas. En mis clases no se puede usar tecnología, ni ordenadores ni pantallas de ningún tipo. ¿Táblet tampoco?, pregunta siempre alguien y la sangre me burbujea. Me digo que si Michelle Pfeiffer pudo con un instituto en lo peorcito de California, yo tengo que poder con una asignatura de primero en una universidad privada. Prohíbo la tecnología porque estoy seguro de que es lo mejor para ellos, aunque no tanto para mí. Antes, quien no quería prestar atención simplemente se empantallaba y estaba sin estar, de cuerpo presente, molestando tanto como el perchero o la papelera. Ahora, sin evasión posible, el mono les inquieta. Muchas veces se alborotan, enturbian la clase y yo, que tengo la paciencia en los huesos, me agarro un cabreo morrocotudo, me acuerdo del tabaco y me asaltan de nuevo las ideaciones homicidas.

Con mis hijos sucede algo semejante, sólo que en su caso no les he quitado nada, sino que no he llegado a darles ese algo que ya ansían con toda la fuerza de su pequeño corazón. Muchos de sus amigos ya tienen móviles, PlayStation, consolas portátiles o relojes con más prestaciones de las que tuvo jamás mi viejo Nokia. A sus 8 y 9 años, los pobres aún esperan que, con motivo de un santo o un cumpleaños, cambie nuestro parecer y abandonen de una vez por todas su condición analógica, cosa que no va a pasar mientras el criterio de su madre se mantenga ―el mío se mantendrá, seguro; pero cuenta menos―.

Al respecto he observado un fenómeno curioso, parecido al de la obesidad infantil, más alta en los hogares de menor nivel socioeconómico. Cuanto más bajo es el nivel cultural de la familia, más fácil resulta que el niño tenga libre disposición de aparatos tecnológicos. Y he dicho nivel cultural, no económico, porque eso, al menos en mi pueblo, ya no está tan claro. Por motivos que sería arduo detallar, en los barrios más desfavorecidos abunda el dinero, sobre todo en su modalidad cash; tanto que no me extrañaría que en algunas casas lo usen como papel de cocina.

La falta de cultura en las familias se traduce en un uso precoz de la tecnología. Si los padres rozan el analfabetismo, el niño tendrá un iPhone: el iPhone como estigma de clase. En sentido contrario, cada vez más familias de nivel cultural medio o alto retrasan o directamente destierran la tecnología. Y algo parecido empieza a ocurrir en la educación. Al final, las pantallas permanecerán en los centros que no puedan permitirse el lujo de prescindir de ellas. Será un elemento elitista: pizarras de las de tiza y niños con las manos pecosas de tinta azul. La distinción del papel y el lápiz. Para alcanzar la excelencia educativa, prohíban los ordenadores y den un cigarrito al pobre profesor.

© La Gaceta

¡Conozca a fondo nuestra revista!
Reciba una muestra GRATIS
Clic aquí


Suscríbase

Reciba El Manifiesto cada día en su correo

Destacado

Lo más leído

Temas de interés

Compartir este artículo

Confirma tu correo

Para empezar a recibir nuestras actualizaciones y novedades, necesitamos confirmar su dirección de correo electrónico.
📩 Por favor, haga clic en el enlace que le acabamos de enviar a su email.