Como lector frecuente que soy del canal de Telegram “Desde el Atlántico”, de Carlos Ruiz Miguel, me considero bastante informado sobre la cuestión saharaui y sobre la tiranía alauí. Pocas fuentes mejores hay para saber mucho sobre el horrible vecino que nos ha tocado y pocas nos ofrecen más enlaces de interés. Sin embargo, me sorprendió que, en una muy acertada crítica al ministro Albares, ya saben, el chico de los recados del Majzén en España, se hiciera eco del mote de “Rasputin” que le ponen al quidam que ocupa el sillón que dignificó Castiella. Con la que está cayendo, no tiene mucho sentido ocuparse de un tema tan insignificante, casi tanto como el propio Albares, pero reconozco que no dejé de pensar en ello y hasta incordié a Ruiz Miguel con una nota absurda, propia de quien tiene la cabeza a pájaros. Perdón, don Carlos.
¿Por qué tanto ruido para tan pocas nueces, para qué malgastar un artículo en esta bagatela? Porque se atenta contra la verdad histórica, porque Rasputin no se parece en nada a Albares. Incluso los retratos más negativos que de Grigorii Yefímovich se han escrito, reconocen su inteligencia natural, su sagacidad, su extraño magnetismo y su asombroso don profético, además de la capacidad asombrosa de curar. El mito casi satánico del “stárets” ruso hace de él un atleta sexual —no se acreditan tales proezas priápicas en el currículum de Albares— y un colosal bebedor. Si lo comparamos con el ministrillo culigordo y relamido, tan cursi como una casa de muñecas, tan niño de primera comunión de la posguerra cuando se retrata con su uniforme de chambelán de Ruritania (con el que parece el palafrenero de un remake de Cenicienta), pensamos más bien en otra cosa: algo con muchísima pluma, no sólo en el sombrero. El perfil de Albares es de diplomático de provincias y de escritor para señoras, pero con indisimulables dejes de parvenu, de cosmopolita batueco, rústico remedo de aquel Maurice Paléologue que, después de provocar la I Guerra Mundial y la caída del zarismo, dedicó sus años de retiro a reescribir su diario y a retratar psicológicamente a emperatrices y grandes duquesas. Albares, menos afortunado, podrá consagrar apasionantes retratos íntimos a Mohamed VI y sus “amegos” tatuados hasta el entrecejo, con gran dispendio neroniano de collares y anillos de oro, además de camisas de bárbaros e inenarrables estampados.
Pero la diferencia fundamental no es ésa. Rasputin era un patriota ruso y un hombre fiel a su zar y a la Santa Rus. Con todos sus vicios y pecados, en su inmensa mayoría falsos y fruto de la propaganda liberal, Grigorii Yefímovich empleó sus poderes chamánicos y sus energías sagradas en la defensa del trono y del imperio. Pese a todo lo que de él se rumoreó, ni estuvo a sueldo del Káiser ni espió a nadie ni vendió secretos de Estado. Pongamos que fuera —y es muy discutible— mujeriego, bebedor, corrupto y grosero… pero nunca fue un traidor, nunca fue un infame que vendió a su patria y engañó a su pueblo. Todos sus errores fueron los de un hombre de recta intención hacia su país. ¿Podemos decir lo mismo de Albares, sobre todo después de la grotesca conferencia de prensa del 28 de agosto? Calígula no podría estabular un jumento mejor herrado en la Curia; los rebuznos de este babieca echándole la culpa del saco de Ceuta a Rusia, a la Internacional Reaccionaria o al lucero del alba, debieron de ser el espectáculo más risible contemplado en las televisiones de nuestro eterno enemigo del sur. Rasputin nunca habría caído tan bajo.
Entonces comprendí que el abotonado uniforme de Albares es… de botones. Con una bandejita de plata en la mano, puede llevar las notas del Sultán de Rabat a su vasallo de La Moncloa y a la recua de rucios que le asesora. Relamido, obsequioso, servil hasta la licuefacción, el botones Albares es el gran agá del serrallo de los eunucos blancos de Madrid, también conocido como Gobierno de España. No, Albares no pasará a la historia como un Rasputín sin poderes, impotente, sino como el Botones Sacarino.
Para que no nos convirtamos en unos botones como Albares,
la REMIGRACIÓN se impone
♦ Pero ¿en qué consiste?
♦ ¿Cómo hacerlo con tantllisimos implicados?
Es lo que se debate en ÉLÉMENTS-EL MANIFIESTO
Siga el gran tema en el que nos jugamos el futuro





















