Que no hay que quedarse en la política, que hay que lanzarse con igual ahínco, si no más, a lo que llamamos la “metapolítica”; que no se puede conquistar el poder si no se conquistan almas y mentes; que “el gramcismo de derechas”, como lo llama la Nueva Derecha, es acción indispensable: todo eso lo sabemos muy bien, pero lo que ya no se sabe tanto es el pequeño “detalle” que en este artículo añade Brivael Le Pogam.
El detalle es esencial. No basta con difundir las ideas: hay que lanzarse a una auténtica “guerra de posiciones”. Guerra cultural, sí, pero que no se puede quedar en la sola cultura. ¿Cómo guerrear sin emprender acciones bélicas, materiales, concretas? Acciones consistentes en que, tomando las trincheras una por una, las ideas conquisten espacios e instituciones. Una sala de profesores, una redacción de periódico, un canal de televisión, un ministerio, unas subvenciones, unos mecenas, unas asociaciones… Hasta hacer que las nuevas ideas, las de regeneración y verdad, impregnen el aire y se confundan con él.
Hablo a menudo de Gramsci. Me preguntan regularmente por qué un jefe de una empresa de IA, como yo, cita a un comunista italiano muerto en 1937. Respuesta simple: porque es el tipo que escribió el manual de instrucciones del mundo en el que tú estás viviendo.
Gramsci, en prisión bajo Mussolini, entendió algo que Marx no había percibido. El poder no se sostiene por la fuerza. Se sostiene por el consentimiento. Y el consentimiento se fabrica en las instituciones: la escuela, la universidad, los medios, la cultura. Lo llamaba la hegemonía.
El poder más efectivo es el que no se ve. Cuando tus ideas se convierten en el “sentido común”, ya no necesitas convencer a nadie. La gente piensa como tú creyendo que piensa por sí misma.
El método se llama guerra de posiciones. Nada de revolución, nada de barricadas. Se toman las trincheras una por una. Una sala de profesores, una redacción, un ministerio, una subvención, una asociación… Y francamente, hay que quitarse el sombrero. Ha funcionado tan bien que ya nadie ve que era un plan. Sólo parece “la normalidad”.
Resultado: hemos fabricado ejércitos enteros de gente desconectada de la realidad. Periodistas que nunca han firmado una nómina desde el otro lado. Una parte de la juventud que lo sabe todo sobre la opresión sistémica y nada sobre cómo se crea la riqueza. Militantes que confunden indignación con competencia. Nadie les ha enseñado qué es la creación de valor. Les han enseñado a redistribuirlo. A gravarlo. A sospechar de él.
En Francia, es aún más visible. El Estado está en fase de cáncer generalizado. Y un cáncer alimenta sus propias células. Subvenciones, puestos, comités, observatorios: la máquina pública se ha convertido en un sistema de perfusión para las ideas que la mantienen viva. Salvo que un organismo bajo perfusión acaba perdiendo el contacto con el exterior.
Es exactamente lo que observamos: errores de comunicación cada vez más burdos. Salidas desconectadas de la realidad. Campañas que se vuelven en su contra en 48 horas.
Nuestros oligarcas no entienden lo que les pasa
Les hago una predicción. En los meses que vienen, los verán cada vez más agresivos. No porque sean malos. Porque no entienden qué les está pasando. Están sinceramente convencidos de estar en el bando del bien. Toda su vida, su discurso ha sido el sentido común. Aplaudido en la escuela, validado en la universidad, recompensado en la redacción. Y de repente, ya no cala. La realidad responde. La gente se desconecta.
Cuando estás persuadido de tener razón y el mundo deja de escucharte, quedan dos opciones: cuestionarte o gritar más fuerte. Adivinen cuál es la más cómoda.
Pero aquí va lo que nadie dice. Cuando su mundo se derrumbe, cuando se desconecte la perfusión, habrá una avenida abierta. No para humillarlos. Para decirles la verdad: os han mentido desde la infancia. No es vuestra culpa. Y todo va a salir bien. Os vamos a enseñar qué es la creación de valor. Qué es el sentido común. Cómo se enriquece un país, cómo se construye una empresa, cómo se pone un cerebro de nuevo en marcha.
Gramsci tenía razón en un punto: todo se juega en el sentido común. Sólo olvidó un detalle. El sentido común nunca ha necesitado subvenciones.




















