El siguiente es un relato excepcional. El de alguien que, viviendo en una planta baja del céntrico barrio de Châtelet, vio, vivió y anotó, minuto a minuto, enn directo, en primera línea, cómo las hordas de bárbaros (sólo moros y negros en su inmensa mayoría) asaltaban, destrozaban y saqueaban todo cuanto estaba a su alcance. De los “estudiantes” que, según la prensa biempensante, “luchaban por defender sus derechos y mejorar la calidad de la enseñanza” no vio ni rastro.
Y junto con el relato del apocalipsis, abundantes imágenes que lo ilustran.
17 de octubre. En la calle
Diez de la noche. Grupos de saqueadores, principalmente jóvenes negros, hombres y mujeres (muchas de ellas con pañuelo islámico negro), huyen de las patrullas de policías en moto o de los agentes de los CRS a pie; las calles, en las que resuenan exclamaciones de «Wallah, wallah», están plagadas de perchas, candados, bombonas de óxido nitroso, bicicletas, zapatos y botines de mujer; cuando los CRS cargan, las calles quedan de repente desiertas, antes de que aparezcan otros saqueadores para recoger lo que queda; algunos se reparten el botín («Oye, chicas, ¿de quién es esto, de quién?»); ; muchos caminan con los brazos cargados de bolsas; algunos grupos se detienen detrás de furgonetas para ponerse varios abrigos, uno encima de otro, y meter zapatillas deportivas en sus bolsas; unas mujeres árabes con keffiyeh pasan con un megáfono, pero no volveré a verlas; estallan fuegos artificiales en la plaza Sainte-Opportune; acompaño por las calles a tres estadounidenses de cierta edad, atónitos y asustados, que intentan llegar a su Airbnb; en cada esquina hay que comprobar que los saqueadores no se abalancen sobre nosotros y, por lo tanto, que la policía no lance granadas lacrimógenas en nuestra dirección.

Algunos de los “estudiantes” amotinados
Bajo mis ventanas
(Lo que describo aquí, que no es exhaustivo pero sí bastante completo, tiene lugar en el tramo de calle que puedo ver desde mis ventanas de la planta baja, a unos treinta metros.)
Unos saqueadores lanzan bicicletas en medio de la calle por donde acaba de pasar un coche de policía; una pareja de blancos (poco habitual en esta escena) le pide a un saqueador encapuchado y de complexión serpentina que no robe nada (luego los pierdo de vista); la señora, blanca, de unos sesenta años, regresa sola, despeja las escasas barricadas ante la desaprobación («Que le den por culo») de los saqueadores y entabla conversación con unos negros con gafas y encapuchados de blanco; un grupo de saqueadores árabes esconde abrigos debajo de la furgoneta de un hombre negro vestido de fontanero y visiblemente equipado con todo tipo de utensilios para atracos y medidas de contención contra las manifestaciones; el grupo regresa unos instantes más tarde y se reparte el botín, con los brazos cargados; jóvenes árabes corren con los brazos cargados de galletas («Sí, yo me quedo con los Kinder») y botellas de Martini: la tienda de comestibles, quizá el Franprix de al lado, debe de haber sido saqueada; un tipo de aspecto blanco con keffiyeh grita sin motivo aparente «¡Aaaah, hijo de puta!» y se lanza, con los dos puños en alto, contra el parabrisas de un pequeño coche amarillo aparcado; «Wallah, tíos, estoy harto de correr»; detonaciones, golpes de contenedores que se estrellan, cláxones incesantes, coches que intentan dar marcha atrás en medio de los saqueadores; «Wallah, esto va a explotar, va a explotar, tíos» (no sé qué va a explotar, pero está a dos metros de mi casa); vuelve la calma momentáneamente; la dueña del hotel sale en tacones a hacer una llamada, con gestos de pánico (más tarde me enteraré de que los saqueadores intentaron derribar su puerta a la una de la madrugada); resuena una nueva explosión; veo cómo se declara un incendio en la calle a través de las ventanas del restaurante de enfrente; parece ser una furgoneta de reparto de Chronopost, sin duda la que está a punto de explotar (más tarde me enteraré de que su explosión habrá destrozado todas las ventanas del restaurante de la esquina); el fontanero de la furgoneta desplaza su vehículo, por miedo, según repite, a que «eso explote», dejando al descubierto todo un botín de botellas de alcohol amontonadas junto a la cuneta, que hacen las delicias de los pocos saqueadores que aún no van cargados hasta los topes. Un hombre árabe que lleva un abrigo tubular lanza un frasco de cristal hacia un objetivo que no veo; a continuación, blande el armazón de un carrito de la compra, grita amenazas ininteligibles y luego da dos golpes en la ventanilla del copiloto del pequeño coche amarillo, el único que sigue aparcado, pero la ventanilla no explota; un joven saqueador corre solo con dos pobres botellitas de leche como único botín; llegan los bomberos, pero luego se marchan, lo que hace que reaparezcan los saqueadores; uno de ellos ve un paquete de Kit Kat en el suelo, lo recoge preguntándose «¿qué locura es esta?»; a la luz de sus móviles, unos jóvenes negros miran debajo de un coche, pero ya no están seguros de su escondite temporal, como ardillas despistadas; de repente, todo el mundo huye a toda velocidad entre gritos de risa; ocho segundos después, llegan corriendo cuatro agentes de los CRS con equipo antidisturbios, tres hombres fornidos y una mujer muy menuda; disparan con un arma que no reconozco y luego desaparecen; los saqueadores regresan en masa, los agentes de los CRS regresan en masa, esta vez con una auténtica carga; una vez restablecida la calma, cuatro huéspedes mayores del hotel intentan salir, con aire abatido; uno de ellos lleva una muleta; un hombre árabe que habla muy despacio y con dificultad se les acerca; están asustados y aceleran el paso, pero ¿adónde van?, me pregunto, ya no debe de haber taxis; al hombre árabe se le unen otras tres personas, de unos cincuenta años, con aspecto un poco de vagabundos; entre ellos hay una señora que lleva una bufanda a cuadros y una gorra abombada; se lía cigarrillos apoyada en un coche y luego se afana con los demás en reparar con cinta adhesiva un objeto que no veo; la vecina de arriba les lanza algo, que ellos atrapan; la señora del jersey rojo, la valiente desatascadora, regresa y continúa con su labor en medio de los saqueadores negros: «¿Qué me vas a decir aparte de “wallah”? Sólo os digo que dejéis de hacer de ladrones», pero ahí la vemos expulsada entre gritos de «sucia puta » por unos saqueadores que esta vez tienen el aire amenazador de amotinados armados con barras de hierro; sólo se ven sus ojos blancos y furiosos en medio de su atuendo negro; el pequeño coche amarillo es registrado por vigésima vez por unos paseantes-saqueadores; uno de ellos arrastra plácidamente una gran maleta con ruedas y mete en ella lo que puede, una escasa cosecha de camisetas que yacen tiradas en la cuneta; pasan dos blancos, los dos en una bicicleta; la chica, en el portaequipajes, lleva una máscara antigás blanca de doble filtro y apoya las manos en las caderas de su compañero; tres saqueadores árabes se detienen y entablan conversación: «Sí, os vi cuando cargaron contra nosotros», se enseñan el botín y se pasan una botella: «Es Jack Daniel’s ». Un joven árabe con chándal gris camina con los brazos cargados de pequeñas cajas blancas; lleva gafas bifocales y tiene la boca constantemente abierta; recoge, junto con dos compinches, los últimos artículos que quedan tirados, recolectores que deben de ser los últimos en la jerarquía de los saqueadores; un camión de bomberos, del que sólo veo la luz azul que se refleja, los pone en fuga; una joven negra corpulenta con un pañuelo negro en la cabeza duda si coger una bolsa blanca que hay detrás de un coche, se arriesga, pero luego da media vuelta; resuenan gritos, sin duda los CRS están a punto de aparecer; un hombre árabe de nariz perfectamente recta, vestido con una magnífica chaqueta de ante, quizá nueva, inspecciona el coche amarillo (su interior habrá sido sin duda muy registrado) y luego da patadas a las bolsas que yacen en el suelo, por si acaso queda algo que llevarse; al fin y al cabo, nunca se sabe, siempre hay tiempo de hacerse con una camiseta de fútbol; pasa un hombre encorvado, con la mano envuelta en un enorme vendaje ensangrentado; de repente, un numeroso grupo de saqueadores y vándalos muy bien equipados y de paso ágil pasa muy cerca; uno de ellos sostiene una gran caja metálica negra, que lanza con todas sus fuerzas contra la calzada, ¡schlang!, luego la vuelve a lanzar, ¡schlang!, y la lanza de nuevo, ¡reschlang!, en medio de sus compañeros; la caja se abre, pero, qué decepción, no contiene nada (entonces comprendo que se trata de un buzón, que luego servirá de balón de fútbol); resuenan unas detonaciones, los saqueadores corren riendo; la proporción debe de ser de un agente de la CRS por cada quinientos o mil saqueadores; un pequeño coche blanco con la palabra «SERVICIO» aparca delante del coche amarillo; de él sale un joven árabe que enseguida se funde con el resto de las siluetas negras, que en ese momento corren para huir de seis CRS (ahí van estos últimos caminando rápido, se nota que están sin aliento); ya no veo a nadie, pero oigo «¡Eh, hijo de puta! ¡Que le jodan a tu madre!», insultos habituales de la noche; los saqueos llevan tres horas, quizá más; han saqueado una tienda a dos metros de aquí, han incendiado una furgoneta a diez, y solo he visto a veinte CRS y a unos cuantos bomberos; me quedo en mi puesto, con la porra en la mano, los gatos aterrorizados; A. me llama, está a salvo, se ha cruzado con D., su ex, vestido de alborotador, «listo para destrozar escaparates y lanzar piedras a los polis», le describo la situación aquí; por su parte, ella estaba en République, allí no era todo gente negra y árabe como aquí, sino más bien una manifestación de «boboland» [de pijoprogres], los policías daban miedo, se lanzaban en coche muy cerca de la multitud; M., la vecina, me llama; están a punto de evacuar el edificio; parece que en los pisos de arriba el gas lacrimógeno va a hacer que la noche sea aún más difícil; Al colgar, me doy cuenta de que un hombre lleva varios minutos gritando en la calle, o más bien gimiendo, un «hâââârgh» que se repite exactamente igual; debe de haberse roto algo, pero no lo veo; «Quiere pelear», dice, «wallah, wallah, hâââârgh»; un hombre con gorro y de aspecto eslavo se apoya en el coche blanco; mira en mi dirección, pero sin verme, ¿y si se encargara de localizar los lugares accesibles para el saqueo?, me coloco la porra bajo el brazo y enciendo un cigarrillo; me ve y se marcha; tregua; nuevo equipo de CRS, esta vez son veinte y llevan escudos muy grandes, de malla metálica, que parecen muy ligeros; «¡Todo recto! ¡Sigan recto!», los últimos llevan una especie de lanzagranadas, con el dedo índice en el gatillo; escoltan a un rubio con chaqueta Barbour y corte de pelo militar, que bromea sobre la situación; los CRS deben de haber ganado terreno, porque los saqueadores preguntan a diestro y siniestro si la calle está cerrada o no; un grupo de tres jóvenes vestidos al estilo «pijoprogre», con barba de tres días, gorra y chaqueta, más bien mestizos, miran hacia un objeto fuera de campo (la verja trasera del Franprix, ya saqueado).
Video con imágenes terribles del saqueo de París
(El artículo prosigue después del video)
En el patio de mi casa
De repente, resuenan unos golpes en mi puerta, la que da al patio, en la planta baja; intentan abrirla; así que han entrado en el edificio. Abro: hay hombres y mujeres, todos negros, en el patio. Suelto un «¡Oh!» y les digo que se vayan. Son unos diez (muchos más, según supe más tarde); los hombres llevan pasamontañas, las mujeres capuchas o pañuelos, algunas están muy envueltas; no se marchan, me preguntan si soy policía, les respondo que no, pero que, aun así, deben irse, y como única respuesta suben las escaleras. Un vecino al que no veo grita: «¡Están en los tejados!», y, efectivamente, veo a dos hombres encapuchados agazapados en una postura extraña en los tejados, a mi derecha, como si fueran a abalanzarse. Uno de ellos intenta bajar por el canalón. Está muy delgado. Una vecina intenta negociar. «Hemos llamado a la policía», grita otro vecino, que sin duda cree que estoy usurpando su papel; le respondo que la policía no va a venir. Me equivoco. Un grupo de policías armados irrumpe por la puerta principal del edificio, bajo la mirada de una vecina que tiembla de frío en pijama («¡Están en mi pasillo »). Se lanzan proyectiles desde los tejados (simples huevos, como se comprobará más tarde…). Algunos policías suben por las escaleras, otros bajan al sótano, otros más entran en el local de los contenedores; de allí salen grupos de amotinados, todos negros vestidos de negro (valga la redundancia). Empellones. En la entrada, un policía golpea con la porra a un hombre de pelo rizado que lanza gritos agudos y se agacha contra una pared; la luz de la entrada ilumina su rostro tenso, y le piden que deje de hacer algo. Otro hombre, árabe esta vez, implora con gestos dramáticos y una actitud de sumisión que me parecen exagerados la clemencia de los hombres con chalecos antibalas, y se lo llevan. Nos anuncian que se sospecha que han saqueado una tienda. Una vecina indignada grita a los policías (todos blancos): «No hay que pegar a los alborotadores, porque todo esto, de todos modos, es culpa de los multimillonarios de extrema derecha» (juro que no me lo invento). Un policía corpulento, que me parece mayor que los demás (a todos sólo se les ven los ojos), le responde que tiene pruebas: «Por las cámaras, ¿quiere verlas? Se las enseño si quiere», y uno de sus compañeros, más joven y más impulsivo, le dice: «Señora, este país se está yendo al garete, nunca lo conseguiremos con gente como usted»; aprovecho para felicitar a estos señores y preguntarles si necesitan algo, y le digo a la vecina que los saqueadores, a los que ella no quiere que se les golpee, habrían aprovechado la primera oportunidad para matar a cualquiera de estos agentes si se hubieran topado con alguno herido o aislado – y que, sin el valor de estos hombres, ya le habrían robado en su piso. Nos dicen que los últimos merodeadores de los tejados se han marchado. Se encuentra botín por todas partes: grandes cajas de cartón con cosas desconocidas en un pasillo (¿parecen muebles de Ikea?), pequeñas cajas de plástico repletas de productos de belleza. Entro un momento en mi casa para comprobar que nadie intente romper las ventanas y luego salgo a la calle. El grupo de policías recupera el aliento; somos unos cuantos los que les damos las gracias. Hablo con uno de ellos, que simplemente me dice que el país está «en llamas esta noche». Cuando le pregunto si aguantan, me dice que es duro, que hoy «se lo han llevado todo en la cara»: «ladrillos, adoquines, cócteles molotov». Nos aseguramos de que la puerta del edificio cierre bien y volvemos a casa. La policía no ha podido impedir cinco horas de saqueos en las tiendas, pero ha intervenido para evitar por los pelos los saqueos de pisos; el próximo saqueo, pienso, lógicamente debería incluir robos en barrios enteros. Una vecina me llama; ha oído ruido, ¿ha pasado algo? Vuelvo a mi puesto; todavía hay hombres mirando debajo del coche amarillo. Un vagabundo (¿qué ha sido de ellos, que antes eran tantos en el barrio?) incluso desliza allí una bolsa de cartón abombada (lo veré recuperarla al día siguiente). Son las dos de la madrugada. Las persecuciones, ya menos frecuentes, continuarán hasta las 03:28, hora en la que disfrutaré, por primera vez, de un minuto de silencio.

18 de octubre. En la calle
Diez de la mañana. Los gerentes de la tienda de comestibles están allí: me dicen que han saqueado sesenta Franprix en los diez primeros distritos. Una señora pregunta si puede comprar mantequilla: «Ah, eso va a ser complicado ahora, señora». Mientras grabo los destrozos —las cajas registradoras automáticas destrozadas, los expositores volcados e incluso un pequeño bocadillo japonés triangular del que solo se ha mordido una esquina y que se yergue sobre una de las cajas—, el dueño me dice que hay que enviar el vídeo a Sarah Knafo[1]; y que lamenta haber votado dos veces, ¡dos veces!, a Macron. Continúo mi camino hacia el oeste. Las distintas zonas de destrucción están bien delimitadas. Masacre general en Châtelet; luego, se pueden recorrer quinientos metros por la calle Saint-Honoré y caminar por un París intacto, pasando junto a frágiles y impecables joyerías, para volver a toparse con una zona (Saint-Roch) llena de esqueletos de bicicletas carbonizadas y escaparates rotos. Frente a los escaparates de lujo, unas mujeres chinas recogen las cajas vacías de artículos de lujo que aún yacen en las aceras, les quitan el polvo y las guardan en bolsas de plástico blancas.
Nueve de la noche
Todavía hay turistas y gente blanca en las calles, los CRS ya están trabajando, varias calles están llenas de gas, llego, junto con una vecina con la que me he encontrado allí, a la puerta del edificio, asfixiándome, bajo las miradas inquietantes de un hombre negro drogado, que parece inmune a los gases lacrimógenos y que da patadas a los restos de un contenedor de basura. Observo que la brigada de CRS presente en la zona es la misma que la de ayer, reconocible por uno de ellos, una mujer muy menuda, de un metro cincuenta, que lleva una mochila enorme, lo que le da el aspecto de un caballero enano con armadura y una gran mochila; no parece tener dificultades para seguir al resto del equipo. La moral no debe de estar tan baja, pues se les ve reír y bromear (aunque es algo efímero). Se abren paso entre la escasa multitud, obedeciendo órdenes lanzadas con voz clara: «¡Sigan recto, chicos, recto, recto!», y a veces, antes de lanzarse a la carga (pero ¿para qué?, me digo, no van a atrapar a nadie, su equipo es demasiado pesado), «¡Adelante!», que parece salir de las trincheras de la Primera Guerra Mundial (pensemos en nuestros padres, los «poilus», que habrían soñado con estar en nuestros pisos y respirar simple gas lacrimógeno, en lugar de morir pulverizados por los obuses en el barro de Flandes).

Bajo mis ventanas
Diez de la noche. Unos hombres árabes circulan por la calle; uno de ellos lleva una barra de hierro, algo nuevo respecto a la primera noche, pero será el único que vea. Llevan guantes de plástico; uno de ellos reparte un pequeño lote entre los demás. Un tipo delgado con gafas inspecciona rápidamente los coches; su torso se inclina y se endereza con agilidad. Algunos ya están heridos. El hotel de enfrente ha apagado la mayoría de sus luces; pronto quedará sumido en la oscuridad, como ayer. Pasa un grupo de negros con pasamontañas y máscaras: «La BRAV-M son los peores, uallllah». Justo cuando me dispongo a volver al trabajo, resuenan dos explosiones, «de verdad», no de morteros ni granadas, sino algo mucho más sordo y profundo; bastante lejos, me parece: sirenas, luces azules por todas partes, ruidos de motores (¿motos?), grupos que pasan a toda velocidad por delante de mis ventanas, seguidos por los CRS unos segundos después.
Las once de la noche: segunda doble explosión, muy impresionante.
Los gatos se esconden debajo de la cama. Aun así, es infinitamente menos intenso que ayer. Ya no hay curiosos que saquean, solo saqueadores más sigilosos y mejor equipados. Nuevas persecuciones, pero cada vez más espaciadas. A la 01:14, primer minuto sin ruido; a la 01:45, explosiones, vuelve a empezar; a las dos de la madrugada, C. me escribe para decirme que ha habido un muerto en Châtelet. Me pregunta si estoy bien.
Algunas observaciones generales sobre el saqueo de Châtelet:
– no eran manifestantes, ni alborotadores, ni vándalos, sino precisamente saqueadores, cuyo objetivo era apoderarse de mercancías y participar en una redada denominada «17/10/26», si nos fiamos de una pintada en letras muy gruesas escrita en un mapa retroiluminado del metro;
- todos los que estaban en Châtelet eran negros y magrebíes (la única excepción que vi en cuatro horas de saqueo fueron tres oportunistas polacos que recogían paquetes abandonados en el suelo), lo que debe de ser una particularidad de la zona, como pude observar durante los disturbios de Nahel;
- impresionante efecto de masa; su número era aterrador, grupos muy grandes y otros más pequeños, en todas las calles de Châtelet, vestidos de negro, con la cabeza cubierta por pasamontañas o capuchas, hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y delgados, la mayoría sin aspecto especialmente belicoso;
- las medidas habituales para restablecer el orden no pudieron impedir una redada de tal magnitud: los CRS hicieron lo que pudieron, pero Châtelet se convirtió en un laberinto en el que los ratones ladrones, que robaban desde Franprix hasta Carhartt, corrían más rápido que los gatos de los CRS;
- por lo tanto, no me creo en absoluto que se dejara a los saqueadores saquear para desacreditar al movimiento; los saqueadores eran, sencillamente, demasiados para que los CRS, sin refuerzos, pudieran contenerlos, al menos en Châtelet;
- no había entre ellos ningún amotinado de extrema izquierda ni de los «black blocs» (de vez en cuando se veía a alguno con su máscara antigás, pero solo pasaba en bicicleta);
- los saqueadores actúan más o menos por oleadas: primero las tropas de choque, es decir, los más atrevidos, que se embolsan la mayor cantidad posible de mercancías; a continuación, las mujeres, que se reparten el botín en la calle; después, los saqueadores curiosos, que recogen lo que sobra abandonado en la acera; y, por último, las sombras errantes, borrachos o drogados —o ambas cosas—, que recogen las últimas camisetas de fútbol de la cuneta (pude observar todo este espectáculo muy de cerca durante horas);
- los saqueadores llevan la ropa a sus cómplices (mujeres, en mi calle), que esconden el botín debajo de un coche; cuando la policía antidisturbios carga, salen corriendo; vuelven unos minutos más tarde y vuelven a empezar; al cabo de un rato, todos se intercambian ropa, bolsas, zapatos y cajas de teléfonos, por lo general en medio de una hilaridad inquietante;
- el objetivo es hacerse con el mayor número posible de artículos sin cargarse demasiado, para poder correr lo suficientemente rápido como para escapar de los pesados CRS;
- en consecuencia, anoche se podía ver a un gran número de saqueadores-curiosos solitarios mirando sistemáticamente debajo de cada coche, tratando de hacerse con el botín de los demás;
- los artículos saqueados son, en primer lugar, la ropa, en gran cantidad (Châtelet, en el momento en que escribo esto, pero también la Madeleine, está plagado de perchas), luego los zapatos, después los pequeños artículos de lujo (perfumes) y, por último, los teléfonos, según una primera observación;
- El botín se transporta a mano, sobre todo por las mujeres, que a veces avanzaban con dificultad debido a lo voluminosa que era su carga, pero a veces también, de forma más organizada, en cubos de basura que arrastraban y, por supuesto, imagino —aunque no lo he visto—, en coches;
- entre los grupos de saqueadores, de vez en cuando se podían encontrar turistas, a menudo estadounidenses, que intentaban llegar a su hotel;
- una vez saqueadas todas las tiendas que se podían saquear, los saqueadores se quedaron en el barrio, intentando entrar donde podían;
- cuando la policía empezó a intervenir en serio en Châtelet, hacia las dos y media de la madrugada, los saqueadores huyeron como pudieron y se refugiaron donde pudieron, en los edificios, en los patios, por los tejados, a menudo con cierto pánico;
- de modo que los saqueadores acabaron en los patios de los edificios; algunos se escondían, otros aprovechaban para intentar entrar, por si acaso, en los pisos; dejaron gran parte del botín en los pasillos del edificio;
A este paso, creo que acabaremos alcanzando en muy pocos años la intensidad de la Noche de los Cristales Rotos en Alemania o la del 7 de octubre en Israel.
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- Sarah Knafo es la actual pareja de Éric Zemmour, el líder de Reconquista, el de ideas más claras dentro del bando nacional. (N. del Traductor) ↑
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