Antaño, la vida intelectual no era sólo cosa de élites

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¿En qué medida fue realmente así? ¿En qué medida este artículo publicado en The Culturist no está endulzando —afirma que las clases trabajadoras del siglo XIX hacían suyas en Inglaterra  las inquietudes intelectuales— una realidad hoy indetectable? No lo sabemos. En cualquier caso, sea ilusión o sea verdad (más probablemente, sea parte ilusión y parte verdad), este afán cultural de un pueblo sumido en las durísimas condiciones que imponía la revolución industrial naciente, no deja de constituir una información tan interesante como sorprendente en la que sería conveniente ahondar.

 


 

En Inglaterra, desde hace mucho tiempo, ha existido una cultura masiva y autodirigida de la educación entre las personas de la clase trabajadora. Los mineros de carbón en la Inglaterra industrial leían vorazmente; muchos incluso estudiaban por su cuenta latín o historia después de largas jornadas bajo tierra o en fábricas.

Los mineros de carbón, los trabajadores de molinos y los mecánicos construyeron sus propias bibliotecas y formaron sociedades de lectura para estudiar a Shakespeare, Dickens, Milton, incluso a Platón: todo un movimiento intelectual de base que creció de manera independiente de las instituciones elitistas.

Jonathan Rose expone este argumento en The Intellectual Life of the British Working Classes, una de las historias culturales más esclarecedoras de las últimas décadas.

Mientras que las élites podrían haber consumido cultura por estatus, los lectores comunes se involucraban con ella de manera moral y personal, viendo en Shakespeare y los clásicos un medio para el desarrollo moral y el dominio de sí mismos. Esta revelación desafía directamente la suposición académica del siglo XX (inspirada en el posmodernismo y los estudios culturales marxistas) de que la «alta cultura» es, por su naturaleza misma,  excluyente.

Basándose en autobiografías y cartas, Rose muestra que los trabajadores a menudo describían la lectura como una forma de liberación interior y citaban a escritores como Ruskin, Carlyle y Dickens como sus guías morales. Leían con un grado de seriedad que rara vez vemos hoy en día, tratando sus libros como compañeros amados en una búsqueda de por vida de la sabiduría.

 

Pero el panorama se transformó

El auge de los medios de masas y de la televisión después de la Segunda Guerra Mundial hizo que la preferencia por la lectura cediera lentamente ante una preferencia por el entretenimiento pasivo. Y la democratización de la educación coincidió, paradójicamente, con una bajada de los estándares intelectuales. Y así, hoy en día hay más personas que nunca que asisten a la universidad; y, sin embargo, la cultura popular en su conjunto es mucho menos vibrante intelectualmente que hace cincuenta años.

© The Culturist

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