La patética imagen del presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich llorando y siendo consolado por los aplausos de los participantes de la OTAN, o la cara de pasmados de los lideres europeos, Van Der Layen a la cabeza, durante el discurso del vicepresidente estadounidense J. D. Vance podrían resumirlo todo. La voluntad de instituir un discurso único imponiendo la censura, el intento de desmantelar las estructuras sociales asentadas en la herencia de nuestra civilización heleno -cristiana que ha perdurado hasta hoy se ha visto frustrado por el terremoto que supone la presidencia de Trump. El camino al Gólgota ha empezado para todos ellos y ya sabemos su destino final.
Mientras los cabecillas partidarios de un mundo unipolar homnogeneo, fundado sobre una ideología absolutista, maniquea e hipócrita que desprecia a los pueblos, se reunía en algo parecido a la cena de los idiotas en París, los lideres de los Estados Unidos y Rusia reanudaban el dialogo con la voluntad de acabar con una guerra que ya se ha cobrado un aciago tributo de toda una generación de jóvenes y menos jóvenes de idénticas raíces pese al esfuerzo de algunos fanatizados por hacerles creer lo contrario mediante un discurso de odio y rencor.
Los esfuerzos por doblegar a Rusia han fracasado, la realidad del mundo ha cambiado. La necesidad de restablecer la confianza del pueblo en sus gobernantes, el ineludible diálogo entre las naciones, el respeto de los intereses económicos y de seguridad en un mundo multipolar, son aspectos inevitables, y Trump y su equipo han sido conscientes de ello y se han apresurado a lanzarse al ruedo sabedores de que el destino y el resurgir de los Estados Unidos depende de aceptar este cambio.
Lo anterior no excluye que Trump y su equipo no antepongan, como es lógico y estamos viendo, los intereses de EE. UU. frente a sus competidores e incluso aliados. Los jefecillos europeos, obedientes y serviles hasta el empacho, parecen despertarse de un mal sueño y se rasgan las vestiduras ante semejante ultraje. Se pensaban tal vez que iban a tener un sitio reservado en el cenáculo, y lo que han cosechado es el desprecio de unos y otros porque tanto rusos como norteamericanos, por distintos motivos, sienten lo mismo. Tanto Trump como Putin han sido insultados hasta la saciedad.
Su arrogancia se ha manifestado una vez más en esa cena de los idiotas donde se ha colado el inglés, pero que ha excluido a las discrepantes Eslovaquia y Hungría, pero también a algunos de los que más se han visto implicados en la guerra de Ucrania: Eslovenia, Chequia o Rumanía. Los belicistas a ultranza con la vida de los demás no se han puesto de acuerdo y reculan dando paso a un discurso ilusorio de inverosímil aplicación. El desequilibrio y las contradicciones han aflorado a raíz de esa reunión y no dejan presagiar nada bueno para el futuro de la dictadura de Bruselas.
No podemos alegrarnos de ello, sino sentir rabia y tristeza por vernos en esta situación de ninguneo por culpa de unos políticos mediocres e incompetentes que desprecian a sus pueblos, ignoran sus necesidades, actúan por intereses espurios y encima sacan pecho. Pero no hay que perder la esperanza porque tanta mentira, tanta manipulación, tanta arbitrariedad tarde o temprano tendrá una respuesta, y surgirá necesariamente una corriente que impulsará un nuevo orden.
Por lo pronto, la llegada de Trump y la configuración de su nuevo equipo suponen un cambio profundo por no decir un terremoto. El Trump de ahora no es el de la pasada presidencia, tiene experiencia y se ha rodeado de un equipo que, aunque inexperimentado, lo ha elegido él y le es leal, lo cual no fue el caso en su anterior mandato. Es un hombre de negocios; por lo tanto sabe y está acostumbrado a negociar, pragmático, valentón, pero con una particularidad, y es que su mundo profesional ha sido el de los negocios inmobiliarios, sector muy peculiar, por decirlo de alguna forma.
El nombramiento de sus inmediatos colaboradores, su vicepresidente J. D. Vance, el Secretario de Estado Marco Rubio, el Secretario de Defensa Pete Hegseth, el Asesor de Seguridad Nacional, Michael Waltz, la Directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard, el Secretario de Salud Robert F. Kennedy, o el multimillonario Elon Musk, al frente de la oficina presidencial que supervisará los recortes masivos de los gastos federales, ya han empezado a remover y vaciar la ciénaga que hasta ahora gobernaba en la sombra.
Todos los nombramientos que han tenido que pasar previamente por el Senado, han superado la mayoría necesaria (52 votos a favor), salvo el voto en contra de uno de los senadores republicanos enfrentado a Trump, el cual votó con los demócratas. La ciénaga no ha podido corromper a los senadores para poder oponerse a los nombramientos. Trump es el nuevo Sheriff y va a restablecer el orden en OK Corral.
La patada en el hormiguero ya ha hecho aflorar corruptelas y desviaciones no sólo del anterior gobierno, sino de instituciones cuyo propósito distaba mucho de su finalidad, como es el caso de USAID, demostrándose que era una herramienta de la CIA que ha estado promoviendo revoluciones de colores, entre otras la causante de la guerra de Ucrania con el Maidan, y desestabilizando gobiernos en todo el mundo. No se libran tampoco los medios de comunicación pensionados para trasladar el mensaje orientado, agresivo y belicista que ha contribuido a desestabilizar a la sociedad y promover a la confrontación.
Trump ya ha solicitado una auditoría para saber a dónde ha ido a parar el dinero enviado al gobierno de Zelinsky. Una buena parte de los 48.000 millones de dólares asignados al presupuesto del Ministerio de Defensa ucraniano está en cuentas en el extranjero. El propio Zelinsky ya ha manifestado que no sabe donde están los 100.000 millones de dólares de los 177.000 millones entregados por los EE. UU. para la guerra contra Rusia.
La verdad sobre el COVID y la manipulación de la población, o la información sobre el contubernio de las agencias de información y de seguridad para desestabilizar gobiernos e imponer voluntades nos deparan muchas sorpresas, y a algunos muchas satisfacciones al haber sido retratados cómo negacionistas o complotistas. Por lo pronto hay que reconocer la valiente y meritoria disposición del actual equipo de gobierno de llevar a cabo las investigaciones oportunas.
No podemos más que congratularnos por todas estas iniciativas que tendrán un efecto positivo para la sociedad estadounidense y sin duda repercutirán en las nuestras, pero también tenemos que ser conscientes de que debemos de defender nuestros intereses y reivindicar el lugar que nos corresponde como naciones preeminentes que han contribuido al desarrollo del mundo actual, y eso supone deshacerse de la actual clase política inepta y desleal al pueblo.
Esperanzador para el mundo entero es el compromiso de acabar con la guerra en Ucrania, y en especial para rusos y ucranianos que llevan tres años enfrentados en una guerra fratricida. Aunque todos deseamos un rápido final de esta contienda, tenemos que ser realistas y pensar que va a llevar tiempo llegar a un acuerdo de paz.
Las declaraciones de Trump de poner fin a la guerra en poco tiempo estaban lejos de la realidad y sin duda fueron realizadas con un fin electoralista. Decir que la economía rusa estaba en dificultades cuando ha crecido al 4,1% el año pasado y seguirá creciendo, o que se le pueden imponer sanciones de las que no se repondrá, han sido otras de las manifestaciones que revelaban un mal asesoramiento intencionado o un desconocimiento de la realidad rusa.
La conversación entre Trump y Putin de cerca de 90 minutos, a iniciativa del primero, y el acuerdo de iniciar conversaciones ha sido el primer paso para restablecer el dialogo, obstaculizado por los gobiernos demócratas de Obama y Biden, y saboteado durante su anterior mandato acusándole de connivencia con los intereses de Rusia, algo que quedó aclarado tras las investigaciones del Fiscal Especial y la declaración de la Cámara de Representantes. Tras esta conversación, Trump manifestó su intención de reunirse con Putin, con el que dice tener buena relación. Ambos coinciden en la necesidad de elecciones en Ucrania y que esta última provocó el conflicto.
Fruto de esa charla ha sido el inicio de conversaciones entre los equipos de Trump y de Putin en Riad. Pocos, pero elegidos. Por parte estadounidense, Marco Rubio, Mike Walz, y Steve Witkoff enviado especial del presidente. Por parte rusa, dos pesos pesados, Serguey Lavrov y Yuri Ushakov, asesor presidencial y hacedor de la política exterior rusa. A la delegación rusa se les unió con posterioridad Kirill Dmitriev, Jefe del Fondo de Inversión Directa, probablemente con la finalidad de aclarar el asunto de los embargos de los activos rusos por bancos americanos y europeos, así como las sanciones. Cada parte tenía clara cuál era su posición, y las primeras impresiones en ambas delegaciones han sido positivas.
Como era de esperar, las primeras actuaciones han ido en el sentido de normalizar las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, con el nombramiento de sendos embajadores, y acordar la composición de los equipos negociadores que se reunirán para establecer los acuerdos correspondientes relacionados con las medidas de seguridad que demanda Rusia, lo que supone la disminución de la presión de la OTAN en la proximidad de sus fronteras, así como los acuerdos sobre proliferación de armas nucleares, los intereses estratégicos en el panorama de un mundo multipolar no exento de áreas de influencia, sin olvidarse de las sanciones contra Rusia.
Aunque el tema del cese el fuego en la guerra de Ucrania es lo que aparentemente ha provocado el inicio de conversaciones, los rusos priorizan estos otros aspectos que han de ser negociados previamente, sin los cuales no se puede empezar a tratar el asunto ucraniano. Los rusos no tienen prisa en llegar a un acuerdo en el ámbito de la guerra, van ganando terreno y reduciendo al ejército ucraniano, pese a que éste ofrece una resistencia encomiable, probablemente por compartir las mismas raíces, pero está desmoralizado y con dificultades para la incorporación de nuevos efectivos por el rechazo de la ciudadanía al alistamiento. Los rusos tienen asegurados los nuevos territorios en las próximas negociaciones y puede que, según se alargue el conflicto, lleguen a reclamar los que hayan ocupado hasta el momento. Odessa podría ser uno de ellos.
Pese al esfuerzo que a Rusia le supone en hombres y en lo económico, necesita tener la seguridad de que no van a volver a ser engañados como lo fueron con anterioridad —los propios estadounidenses lo han reconocido en palabras del vicepresidente J. D. Vance— con la expansión y la provocación de la OTAN.
De ahí también su negativa a sentarse a negociar con los mandatarios franceses, alemanes e ingleses, que ya les engañaron y por los que manifiestan un absoluto desprecio. No lo olvidan y no se lo perdonan. Además, la actitud belicista y consistente en designar a Rusia como enemigo de todos ellos no coincide en absoluto con el interés de poner fin al conflicto y establecer un dialogo constructivo. Por más que pataleen y chillen, las negociaciones se harán sin ellos y asistirán a la firma cuando todo esté acordado.
De extrema izquierda a extrema derecha, los políticos asentados en los respectivos parlamentos europeos, salvo el caso de algunos húngaros y eslovacos, se han declarado a favor de la guerra. Nadie se salva. ¿Qué esperan ahora de Rusia? Ya sabemos que la política es el arte del disimulo, de decir una cosa y hacer otra, y empezamos a ver con absoluta desvergüenza a políticos cambiando su discurso mientras hablan de la necesidad de una paz justa y necesaria. Tres años de guerra y cerca de un millón y medio de muertos. El balance moral es devastador.
Seamos optimistas y esperemos se llegue pronto a un acuerdo de paz, y que se reanuden las relaciones entre Europa y Rusia, algo que nunca debió romperse. Si el desprecio hacia los lideres europeos por parte del gobierno ruso es manifiesto, en cambio no es predominante entre los ciudadanos rusos, quienes, al igual que sucede con los europeos, tienen una postura amistosa y pacífica.
¿Pueden imaginarse a Trump acudiendo a Moscú para la celebración del 80.º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, junto a Putin, Xi Jinping, Lula, y el presidente de Irán? No lo descarten, porque Trump es capaz de ello. Les recomiendo una bolsa grande de palomitas para contemplar una buena comedia de risa al ver la cara de todos los napoleones de turno, aunque seguro que alguno intentará autoinvitarse en la tribuna.