¿Para qué necesita Vox pactar programas de gobierno con el Partido Popular y, rodando rodando, entrar en los gobiernos de Extremadura y Aragón y los que seguirán en sucesivas elecciones autonómicas? Alegan que urge revertir las políticas sociales, económicas, de género, culturales, etc, de la izquierda tóxica que nos gobierna, nefastas sin duda para la nación española. Muy cierto: es preciso, imperativo, acabar con el sanchismo, reparar el desmontaje del Estado que están llevando a cabo desde 2018 y finiquitar la guerra abierta que mantienen contra el pueblo desde el mismo día, aciago en la historia, en que el jefe de aquella banda de malhechores consiguió alzarse con el poder. Pero, ¿en serio cree alguien en Vox que gobernando con el PP en algunas comunidades autónomas, no en todas, van a poner freno a esta situación y enmendar la tendencia y curso izquierdistas? ¿De verdad y en serio conciben la posibilidad de que el PP se plegue a implementar esas políticas de rescate de nuestra integridad nacional y recuperación económica sin poner mayores inconvenientes? La historia reciente nos indica lo contrario.
El 11 de julio de 2024, la dirección nacional de Vox rompió los acuerdos de gobierno autonómico con el PP en las comunidades de Castilla y León, Valencia, Aragón, Extremadura y Murcia. Además de la salida de los ejecutivos regionales —con la dimisión de vicepresidentes y consejeros—, el partido retiró su apoyo parlamentario externo en Baleares, pasando a la oposición en esas regiones. Motivos hubo, tan vigentes en aquel entonces como hoy: ni el PP va a desarrollar el programa de Vox ni Vox puede poner en práctica su ideario, aun a nivel táctico, sirviéndose del PP como herramienta procedimental. Estar en gobiernos sin poder llevar a la práctica los elementos programáticos nucleares, aparte de resultar frustrante y agotador traslada un mensaje contradictorio a los votantes sobre la verdadera índole de aquella posición: estar pero seguir negados por la matemática electoral para lo propositivo, aunque, en todo caso, se podría evitar que se haga lo contrario por parte de quien realmente gobierna. Un enunciado enmarañado y un despropósito que lamentablemente llevó a Vox a hacer el papel de perro del hortelano desde la primavera de 2023 hasta el verano del 24. A tiempo se dieron cuenta.
A los dos días de tomar Vox aquella decisión, indudablemente acertada, tuvo lugar en Sitges una cena organizada por la dirección de Barcelona, a la que mi mujer y yo fuimos amablemente invitados por unos amigos, afiliados al partido. En el transcurso del evento se acercó a nuestra mesa Joan Garriga, en funciones de anfitrión. Con su cortesía de siempre, se interesó por nuestra opinión acerca de la nueva línea en política autonómica tras la ruptura con el PP. Quienes compartíamos la mesa estuvimos de acuerdo: «Lo que era extraño, impropio de Vox, era que estuviésemos allí, en esos gobiernos y con esa gente». Un servidor, un poco vehemente pero muy convencido, arguyó: «Vox tiene que aclararse, tiene que decidir si quiere ser la pata derecha que le falta al PP o quiere ser Fratelli d’Italia, Rassemblement National o Fidesz». Garriga se detuvo unos instantes, lo pensó dos veces antes de responder: «Me lo han comentado igual bastantes compañeros».
Bastantes, muchos votantes, seguidores o meros y sinceros interesados en el fenómeno Vox —tal sería mi caso—, piensan en efecto lo mismo. Las políticas de izquierda, tenazmente aplicadas en España desde hace cuarenta y cinco años, no van a revertir por vía de colaboración con el PP, de ninguna manera y se contemple la cuestión por arriba, por abajo o por lo lados. Sabemos de sobra que esas mismas políticas, hoy, coinciden en lo sustancial con el trazado ideológico de las oligarquías globalistas y, por supuesto, prefiguran el modelo de sociedad que anhelan: un rejuntado de gente sin ayer ni futuro, minuciosamente precarizada, dependiente del Estado, sin identidad en lo común, asociados en torno a supuestos principios progresistas, un «progreso» que tiene su apoteosis en el reclamo de derechos ilimitados y la aceptación de la miseria como el no va más de la igualdad. Y en tal panorama, el PP es agente activo. No va a retroceder y mucho menos enmendar su línea. El PP es Agenda 20/30: globalismo, precarización, reemplazo cultural, dictadura verde. Su jefa europea, Von der Leyen, lo tiene muy claro. Ellos también.
El papel de Vox no es el de competir desde la lógica electoral inmediata: pactos, acuerdos de mínimos y líneas rojas, posibilismo. Eso es jugar a Aquiles persiguiendo a la tortuga, pues en ese terreno el PP y las fuerzas del sistema siempre van a llevar ventaja. Y si se acaban los votos para el PP, siempre quedará el PSOE. La tarea de Vox debería ser —nótese que digo “debería”, no soy yo quien para decir a nadie lo que tiene que hacer—, la misma recomendada para tiempos de dificultad y minoría por teóricos expertos en condiciones difíciles: hacia las masas. Suena rimbombante pero es verdad que en política y en pugnas a todo o nada, no hay nada nuevo inventado. “Hacia las masas” significa buscar la mayoría, la hegemonía política y cultural; significa quebrar la presunción de invulnerabilidad del sistema para irrumpir con intención de predominio, convertirse definitivamente en el partido de los trabajadores, de las clases medias, de los segmentos productivos de la sociedad; del pueblo. Algo tan impensable —por lo difícil— hoy día en España, era igualmente remoto en la Francia sesentayochista, en la Italia democristiana y eurocomunista… No digamos en la Hungría soviética de 1956. Y fue posible. ¿Por qué no en España? Aunque, para que eso sucediera, es obligatorio que Vox sea Vox y no el receptáculo de votos que le faltan al PP para gobernar.
No digo para mañana, ni siquiera para pasado mañana… Pero el año próximo, electoral sí o sí, marcaría el inicio de la oportunidad. Primero librarnos del sanchismo. Después, ya hablarán las urnas. A lo mejor los resultados sorprenden y las cosas ya nunca vuelven a ser como eran.




















