La catedral de Saint-Denis vista por dentro y por fuera

Sin reemigración, Europa no tiene salvación

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Sólo hay una alternativa, no dos: la reemigración o el Gran Reemplazo. Elija usted. Ser o desaparecer. Ésa es la conclusión a la que llega Jean-Yves Le Gallou en el libro que acaba de publicar en Francia. Pero para comprender su alcance, es necesario aceptar cambiar nuestra perspectiva y salir del fatalismo migratorio en el que nos hemos acomodado. La reemigración no es un eslogan, o no sólo eso: es una visión global: histórica, política, jurídica y civilizacional.

 


 

Usted habla de un «giro copernicano»: ¿en qué sentido la reemigración permite replantearse radicalmente la cuestión migratoria?

Es muy sencillo: hasta ahora, la cuestión migratoria se ha planteado exclusivamente desde el punto de vista de los inmigrantes, de quienes llegaban. ¿Qué era lo mejor para ellos? ¿Cómo iban a ser acogidos, alojados, atendidos, educados? No digo que estas cuestiones no existan, pero, lamentablemente, dejan en un segundo plano otra cuestión mucho más esencial, a mi juicio: el punto de vista de los nativos: de la población autóctona, de quienes ya están aquí. Las preguntas prioritarias que hay que plantearse son, pues, las siguientes: ¿cuáles son las consecuencias de la inmigración para los nativos en términos de calidad de vida, tranquilidad, seguridad, acceso a la vivienda, calidad de la escuela, impuestos? Hay que reconocer que, en todos estos ámbitos, la inmigración no es una oportunidad, sino una carga, una plaga, una catástrofe. Esto es lo que se desprende tanto de la experiencia cotidiana («abrid los ojos», nos dice Renaud Camus) como de los notables estudios estadísticos del Observatorio de la Inmigración y la Demografía o de Marc Vanguard.

 

En una palabra, ¿lo que dice es: los nuestros antes que los demás?

Así es: «Big Us» en lugar de «Big Other», pero situándonos a largo plazo. Si hoy no repatriamos a quienes nos son extranjeros, la evolución demográfica (entradas adicionales, pirámide demográfica, tasa de fecundidad diferencial) será tal que los jóvenes blancos europeos serán minoría en la tierra de sus antepasados. Y no deseo para nuestros descendientes el destino de los blancos de Sudáfrica, que se ven reducidos a solicitar asilo político en Estados Unidos. La reemigración es indispensable porque es doblemente legítima.

1) Porque no tenemos por qué aceptar una colonización de repoblación: con el debido respeto al señor Bagayoko, nuevo alcalde ultraizquierdista de Saint-Denis, para quien Saint-Denis es la ciudad de los negros más que la de los reyes.[1]

2) Porque los europeos son el pueblo originario de Europa. Nuestros antepasados moldearon y configuraron el paisaje de la tierra europea. Los europeos son descendientes de una larga etnogénesis: son los herederos de los cazadores-recolectores de la Edad de Hielo (la cueva de Chauvet, Lascaux) que ocupan el espacio europeo desde hace 40.000 años; son los herederos de los agricultores de Anatolia (los megalitos), que llegaron hace 7.000 u 8.000 años; y, por supuesto, los herederos de los indoeuropeos, que llegaron hace 5.000 años. Indoeuropeos que, a su vez, descendían de cazadores-recolectores y nos legaron nuestras lenguas, nuestra visión del mundo y nuestra organización social. Así, desde hace 5.000 años —entre 200 y 250 generaciones—, el poblamiento europeo se ha mantenido estable hasta el inicio de la invasión migratoria en Francia y Gran Bretaña a partir de los años 1960. El primer objetivo de la reemigración —y el más legítimo— es defender el derecho del pueblo histórico a no ser sustituido masivamente y a mantener vivo su marco de civilización, hecho de armonía, equilibrio y espíritu emprendedor y aventurero. ¡Viva la civilización europea!

 

¿Es la reemigración ante todo un proyecto político concreto o un «mito movilizador» destinado a estructurar la acción y el imaginario?

Tal y como yo la concibo, la reemigración es ante todo un mito movilizador: recuperar la conciencia de nosotros mismos, de nuestra herencia étnica y de nuestro legado cultural, religioso (el cristianismo) y civilizacional. En materia política, el porqué es siempre más importante que el cómo. Antes de saber por qué medios volverán a partir los inmigrantes —en barco o en avión, en Airbus o en Boeing, por voluntad propia o por la fuerza—, hay que decir primero cuáles son las razones principales por las que deben volver: por la tranquilidad de los europeos de hoy y por fidelidad al legado recibido de sus antepasados. Para que nuestros hijos puedan vivir en paz en la tierra de nuestros antepasados. He aquí la justificación de la legitimidad de la reemigración. El porqué es anterior al cómo. No olvidemos que la política no es el arte de lo posible, sino el arte de hacer posible lo que es necesario, y la reemigración es infinitamente necesaria.

 

 ¿Cómo pasar de la constatación —cambio demográfico, etc.— a una aplicación realista, jurídica y políticamente viable?

Hay que adoptar un enfoque a la vez progresivo y radical.

 

 ¡Explíquese! ¿Qué entiende por enfoque progresivo?

Hay que distinguir diferentes etapas según las distintas situaciones. Graduemos las cosas.

  • Acto 1: el cese inmediato de toda nueva inmigración como requisito previo indispensable para estabilizar la situación.
  • Acto 2: dar prioridad a las situaciones jurídicamente más claras: indocumentados, delincuentes extranjeros, permisos de residencia caducados.
  • Acto 3: revisión de los permisos de residencia de los extranjeros que viven de la ayuda social o del subsidio de desempleo.
  • Acto 4: revisión de la situación de aquellos binacionales que no están asimilados, son hostiles y, de hecho, no tienen una «nacionalidad efectiva», según los términos de los convenios internacionales.
  • Acto 5: fomento del retorno voluntario de los binacionales no asimilados pero no hostiles, mediante incentivos económicos o administrativos.

 

 ¿Y los binacionales asimilados?

Evidentemente, ellos quedan fuera del ámbito de la reemigración.

 

 Parece razonable. ¿Dónde está entonces la radicalidad?

En el diagnóstico político-jurídico. Hoy en día, sea cual sea el país europeo de que se trate, no es el pueblo quien decide sobre la inmigración a través de los parlamentarios (o directamente por referéndum). Quien decide es el Estado profundo, que actúa a través de sus administraciones y, sobre todo, de sus jueces. La reagrupación familiar no ha sido decidida por los políticos, sino impuesta por los jueces: en Francia, desde 1978, por el Consejo de Estado. El derecho de asilo tampoco se decide según la voluntad popular, sino por jueces que sobreinterpretan la Convención de Ginebra de 1951 (concebida en su momento únicamente para los europeos) y que hacen posible la entrada de sectores enteros de la población, como (todas) las mujeres afganas, (todas) las mujeres somalíes, (todos) los homosexuales togoleses u ugandeses, (todas) las musulmanas de Sri Lanka, (todos) los albinos congoleños, sin olvidar a (todos) los transexuales peruanos. ¡Eso es mucha gente! El Observatorio de la Inmigración y la Demografía ha calculado que, de este modo, 600 millones de personas podrían solicitar asilo en Francia por un motivo u otro. Para ello, habría que transformar la mitad del territorio en un inmenso Seine-Saint-Denis. El Estado de derecho es la nave de los locos. Hay que acabar con la dictadura judicial. Hay que salir de la religión del Estado de derecho, que no es otra cosa que la dictadura de los jueces, y devolver el poder al pueblo. La solución a la invasión migratoria no es técnica, es política. Yo lo llamo el JUGEXIT: es un capítulo clave del libro. Y esto vale para todos los países europeos, como demuestro en el libro.

 

 ¿Puede la reemigración convertirse en un horizonte común a escala europea o sigue dependiendo de las soberanías nacionales?

Recordemos, en primer lugar, que en lo que respecta a la inmigración extraeuropea nada ha sido peor para Gran Bretaña que el Brexit… ¡Seamos lúcidos! Tal y como están las cosas, fingir que se busca la salvación en las «soberanías nacionales» es una amable broma soberanista: pues, desde el mar del Norte hasta el estrecho de Gibraltar, en cada país es la misma pequeña oligarquía de jueces, medios de comunicación y altos funcionarios la que pone en marcha la invasión migratoria y se opone a cualquier política razonable.

Por lo tanto, no hay que echarle toda la culpa a la Unión Europea (una excusa conveniente para la inacción) ni, sobre todo, enfrentar a los pueblos entre sí. Al contrario, hay que llamar a todos los pueblos europeos a rebelarse juntos y a luchar contra las oligarquías dominantes: mediáticas, judiciales y administrativas. Frente a los Estados profundos que quieren imponer la inmigración, la salvación sólo podrá venir de una revuelta desde la base, siempre y cuando todos tomen conciencia de que, sin la reemigración hoy, la Europa del mañana ya no será europea. Identitarios europeos de todos los países, uníos. Pensad en vuestros hijos. Hombres de Occidente, levantaos para defender el continente-civilización de vuestros antepasados…

 

© Éléments

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