Álvaro Sánchez.Ocaña Vara ha sido durante mucho tiempo, y esperamos que, cuando sus actividades se lo permitan, vuelva a serlo, el “cronista taurino” de nuestro periódico o, más exactamente, el articulista dedicado a reflexionar sobre los ritos y cuestiones de la tauromaquia.
Hoy vuelve a tomar la palabra con ocasión de haber publicado un apasionante libro, Filosofía de los toros. El ritual de lo sublime (Editorial Almuzara) del que extraemos las siguientes páginas.
Sánchez Dragó, frente al dirigismo y los hechos, abraza lo mágico, lo ancestral y lo esotérico de una España ya desaparecida que ni está, ni se la espera.
Ya en el Paleolítico, el hombre primitivo usó la fuerza de la sangre, plasmada en las paredes de las cuevas, como medio para mantener la vida. El caudal de experiencias del hombre primitivo sobrevive en los ritos de iniciación que han llegado hasta nosotros y cuya indefectible meta estriba en facilitar el libre acceso del neófito al mundo trascendental.
En Gargoris y Habidis, antiguos reyes de Tartessos, señala Dragó que los diez reyes de la federación atlante se reunían una vez al año para presenciar la ceremonia religiosa de la lazada del toro y su posterior ofrenda a los dioses. Platón lo cuenta al detalle: los soberanos confesaban sus posibles abusos, luego invocaban a Poseidón, solicitándole brío y destreza para capturar a la res y, por último, la reducían con garrotes y cuerdas, pero sin fierros, y la degollaban conforme a un ritual. Platón está describiendo una corrida: también los matadores solicitan la venia de un ser inaccesible, el presidente, se apoderan psicológicamente del burel con palitroques y telas, y al final utilizan un arma blanca para degollarlo como mandan unos cánones rigurosamente preparados.

En tres países existieron reglamentos taurinos de corte similar: Egipto, Creta y España. Platón, en el Timeo, alude a la costumbre española de acosar toros como algo heredado de la liturgia poseidónica. ¿Por qué la mayoría de investigadores buscan el origen de la tauromaquia española en Creta y no al revés? ¿Dónde se dieron los primeros naturales? ¿En Egipto, en Creta o en España?
No son pocos los mitos en torno al toro que surgieron en la antigua Iberia. Tres de las aventuras de Hércules giran en torno al toro: la lidia del monstruo de Creta, al que enlaza y luego libera; la limpieza de los establos del rey Augías; y el episodio de Gerión. Este monarca era ganadero y andaluz, como Habidis. Vivía en una isla que pudo ser la onubense o la gaditana. Parece normal que ya entonces ramonease una rica cabaña en las dehesas donde hoy pastan importantes ganaderías de lidia, y que se juzgara empresa digna de semidioses y héroes la de apoderarse de aquellos.
El becerro de oro, Moloch, Indra, Júpiter, Ra, el Minotauro, el numen astifino de los españoles inmolado a fuego en la noche de San Juan. Tales taumaturgias no se han perdido. No tenemos más que acudir a las capeas o al ya expuesto toro nupcial o de bodas.
Sin embargo, está claro que en los momentos actuales, de toreo posmoderno, también asistimos a un nuevo sentido de la muerte del toro. Aparte de la sensibilidad mayor o menor de los públicos hacia lo que podemos denominar el espectáculo de la muerte, lo que sí está claro es que la vida o muerte del toro se tiene ahora más en cuenta que nunca. No hay más que observar el elevado número de indultos cada temporada, potestad bajo la jurisdicción del presidente, compartida la culpabilidad por el torero y el público, el indulto es una especie de suspensión del rito, del mito y, evidentemente y por el bien de todo, debe quedar como algo muy excepcional. No puede la fiesta caer en el abismo de la cancelación de la muerte, de su enfrentamiento con ella y del buenismo animalista que todo salpica. El rito exige que el toro muera en la plaza, en la liturgia del enfrentamiento entre la vida y la muerte, sello de nuestra condición de seres mortales y conscientes de serlo. El toro debe morir en la plaza. Con la estocada culmina y termina la tauromaquia.
En definitiva, la visión simbólica del espectáculo como ritual que hemos comentado está dando paso a un espectáculo más bien circense en cuyo escenario, la plaza, se mata visiblemente, pues la plaza no es sino un panóptico en el que “todo se ve” o, si se quiere llamar de otro modo, a lugares en los que se muere públicamente.
Si, hasta lo expuesto, quedaba alguna duda de si este espectáculo podía tildarse de artístico, ¿no es cierto que, actualmente, con la nueva manera de ver la muerte del toro, este se asemeja al arte conceptual que tanto nos costó considerar ‘arte’? ¿Qué diferencia encontramos entre la muerte visible de un toro bravo con, por ejemplo, las valoradísimas obras de Damien Hirst y su tratamiento y percepción ante la misma?
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