Milei o la política como escena, ruptura y revancha

En la Argentina, la política no es administración: es escena. Y el nuevo discurso de Javier Milei ante el Congreso de la Nación Argentina fue una representación cuidadosamente orquestada de esa verdad antigua.

El presidente que se proclama enemigo del Leviatán comprende mejor que muchos estadistas clásicos que el poder contemporáneo no reside sólo en la ley, sino en la imagen. La transmisión única a través de la televisión pública, cuyo aparato ha reducido severamente, no fue un gesto técnico sino estratégico. Un solo sistema de cámaras. Un solo encuadre. Una sola narración visual. Las cadenas privadas repitieron ese flujo. El país vio lo que el presidente decidió mostrar.

 

En la era digital, el encuadre es soberanía

La llegada al Congreso no mostró el saludo con la vicepresidenta Victoria Villarruel. La escena oficial comenzó cuando Milei ya estaba dentro, entre aplausos. El apretón de manos frío, casi mecánico, quedó fuera del relato principal. No se trató de un descuido. Fue una elipsis deliberada. En política, lo que no se muestra también habla.

Durante el discurso, el dispositivo se repitió. Cuando el presidente interpelaba a la oposición, la cámara no buscaba los rostros de los aludidos. Permanecía fija en él. La «casta» no tenía cara. Era concepto, no individuo. La acusación se convertía así en monólogo épico.

 

Milei sabe que hoy la batalla es óptica antes que jurídica

Pero el contenido fue tan nítido como la escenografía y anoté en mi memoria algunas frases notables.

«El modelo del Estado presente ha sido una máquina de empobrecer a los argentinos», afirmó. Para el lector europeo, habituado a Estados sociales estables, la frase puede parecer hiperbólica. Sin embargo, la Argentina arrastra años de inflación crónica, emisión monetaria descontrolada, subsidios financiados con déficit y pérdida de confianza en su moneda. Cuando Milei habla de un Estado que empobrece, no invoca teoría abstracta: evoca experiencia colectiva.

Luego martilleó la frase que resume su proyecto: «No vinimos a administrar la decadencia, vinimos a terminarla». No es una consigna técnica. Es una declaración de guerra política. Administrar implica continuidad. Terminar implica ruptura.

Cuando se dirigió a la oposición, el tono fue frontal: «Ustedes son los responsables del desastre que estamos reparando». Y añadió su fórmula reiterada: «la casta política que vivió de espaldas al pueblo mientras multiplicaba privilegios». No era un ataque coyuntural. Era una impugnación moral del sistema entero.

Para comprender la potencia de ese mensaje, hay que situarlo en el desgaste del kirchnerismo.

El kirchnerismo no sólo gestionó mal la economía. Desplazó el eje simbólico del peronismo. Sustituyó la centralidad del trabajo y la producción por la hegemonía del discurso cultural. Elevó la agenda multi-minoritaria a principio estructural. Convirtió la pedagogía moral en política de Estado. La alianza con la izquierda universitaria, mediática  y cultural fue estratégica: consolidó hegemonía simbólica. Pero tuvo un costo material.

Mientras el discurso se sofisticaba, la inflación devoraba salarios. Mientras se multiplicaban batallas semánticas, la industria retrocedía. El peronismo histórico, nacional, industrialista, social, quedó subsumido bajo una narrativa progresista que hablaba más de deconstrucción que de ascenso social.

Se produjo así una fractura silenciosa entre relato y experiencia.

El agotamiento del peronismo de izquierda no es sólo electoral. Es narrativo. Ya no ofrece horizonte económico convincente. Su alianza con la extrema izquierda cultural lo distanció de sectores populares tradicionales para quienes empleo, producción y orden pesan más que los debates simbólicos.

 

Aquí aparece la posibilidad de revancha

El peronismo nunca desaparece; muta. Puede surgir un nuevo peronismo nacional-popular despojado del progresismo cultural, que recupere la bandera productiva y soberana. En ese espacio podría converger una parte del electorado desencantado tanto del kirchnerismo como del liberalismo absoluto.

Victoria Villarruel representa, aún de manera embrionaria, esa tensión. Su crítica a la «apertura económica indiscriminada» y su afirmación de que «sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno (…) estamos hablando de nacionalismo o globalismo» introduce una fisura estratégica. No habla en clave de mercado versus Estado, sino de nación versus globalización.

Si Milei encarna la demolición del modelo redistributivo, Villarruel podría simbolizar una eventual reconstrucción nacional desde otra derecha.

Europa no es ajena a esta dinámica.

En el continente se observa también el agotamiento de izquierdas culturales que han priorizado la hegemonía simbólica sobre la solidez económica. El caso de Pedro Sanchez es ilustrativo: una coalición apoyada en la centralidad del discurso multi-minoritario, en la fragmentación social elevada a principio político y en la construcción permanente de relatos morales como herramienta de poder. La gestión económica queda subordinada a la consolidación cultural.

Pero hay un elemento adicional en el caso europeo. La principal fuerza de derecha en España, el Partido Popular, heredera del espíritu de la Transición, ha rehuido sistemáticamente la batalla cultural. Ha preferido la administración prudente, la mera gestión técnica, dejando el terreno simbólico en manos de la izquierda. Fiel a la lógica pactista nacida en 1978, evita disputar el campo de las ideas.

Así se produce un desequilibrio doble: en Argentina, la izquierda cultural eclipsó la economía; en España, la derecha administrativa abandonó la cultura. En un caso, el discurso simbólico terminó por desconectarse de la realidad material. En el otro, la prudencia gestora renunció a disputar el terreno donde realmente se construyen las mayorías duraderas: el de las ideas, el de los marcos mentales, el de la legitimidad cultural.

Cuando un campo simbólico queda vacío, alguien lo ocupa. Cuando se ocupa en exceso y se transforma en aparato pedagógico permanente, alguien reacciona. La política no tolera los vacíos prolongados ni los monopolios morales indefinidos. La hegemonía cultural no es un adorno: es el cimiento invisible del poder.

La Argentina de Milei es el resultado de esa reacción. No nació sólo del hartazgo económico, sino del cansancio frente a una narrativa que pretendía definir lo correcto en todos los planos, histórico, moral, social, mientras la vida cotidiana se deterioraba.

España, en cambio, aún no ha producido su Milei. No ha surgido una figura capaz de unificar a la derecha en torno a un programa explícitamente centrado en la batalla cultural como condición previa para derrotar a la izquierda. La principal fuerza conservadora sigue aferrada a la tradición tecnocrática heredada de la Transición, convencida de que basta con administrar mejor. Pero administrar no es disputar. Gestionar no es construir hegemonía.

Mientras no aparezca un liderazgo que comprenda que la contienda decisiva no es sólo presupuestaria sino cultural, la derecha española continuará moviéndose en terreno inclinado. Porque en la política contemporánea, quien domina el marco simbólico condiciona incluso la gestión del adversario.

La Argentina ofrece así un espejo incómodo. No necesariamente un modelo exportable, pero sí una advertencia: sin confrontación cultural no hay cambio estructural duradero.

El presidente no se modera. No suaviza su lenguaje. No retrocede hacia el centro. Empuja la ruptura hasta el límite. Si logra estabilizar la economía, su reelección podría convertirse en consecuencia natural de un ciclo que recién comienza.

La incógnita no es sólo económica. Es histórica. ¿Qué forma adoptará el peronismo tras el agotamiento del kirchnerismo cultural? ¿Qué síntesis emergerá entre soberanía, mercado y nación?

Mientras tanto, la cámara sigue fija en Milei.

Y en política, quien domina el encuadre domina el instante.

Pero dominar el instante no equivale a dominar el futuro.

La historia argentina, como la europea, enseña que las mutaciones profundas nunca se detienen en el primer acto.

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