José García Nieto (1914-2001)

José García Nieto: la poesía como fe de vida

Hay versos que marcan nuestras vidas y son como jaculatorias. Los poetas son como la intuición: llegan al corazón de las cosas de un solo golpe; no necesitan hilvanar los acerados cordeles del razonamiento. Los filósofos —o mejor aún, los que pretendemos hacer filosofía— necesitamos extensos tratados para definir la esencia del realismo, por ejemplo. Hablamos de la irrefutable presencia extramental del ente, de la subjetividad afectada por la realidad de las cosas, del objeto dictando el método en el proceso del conocimiento; discutimos con Descartes o con Berkeley, pero aparece un poeta gaucho de estas tierras y canta: “Hasta el perro en su ladrido me dio razón de que existo”[1], y se acabó.

Hay versos que marcan nuestras vidas y son como jaculatorias. En días tristes, cuando el alma destila crepúsculos grises, un verso de José García Nieto se trepa a mis labios y un coro de ángeles lo repite al unísono, como si fuera la oración final del rezo de vísperas:

Al lado de la muerte te espero antes de que yo sea la propia muerte. Te espero porque Tú sólo podrás explicarme un día los insistentes encuentros que he tenido con la tristeza.

García Nieto, ovetense, maño, soriano, toledano y madrileño, llevaba la poesía adherida al alma como una segunda naturaleza. Para él, el verso era una fe de vida y su poesía una alquimia en la que el preciosismo no iba reñido con la sencillez de las cosas que amueblan con su silencio la realidad cotidiana. Pepe, con sus zapatos lustrados, siempre impecable, escribía, congregaba y fundaba revistas. Amaba a Gerardo Diego, pero se carteaba con todos. Juan Ramón Jiménez, refractario al elogio fácil, al cumplido pasajero, ponderaba su pluma, y Umbral, quien maduró junto a su sombra en el Café Gijón, ya largamente consagrado y desde la Contraportada del diario El Mundo, se conmovía ante el silencio de su muerte en una tarde de invierno:

La Navidad nos vio en algún café, ateridos y solos, temulentos, adversarios sonrientes de la vida, parientes numerosos de un mal vino. Hoy te he llevado, Pepe, unas flores amarillas a ese tanatorio que es ya como la estación de autobuses de los muertos. Ahora tengo las manos amarillas, que el amarillo es el sol de los muertos, pero tarda mucho en quitarse de las uñas. Mejor así.

Porque en la persona del genio confluyen sin contradicción el esprit géométrique y el esprit de finesse, como decía Pascal, José García Nieto estudió matemática y, a la par, abrazó el periodismo y se acunó en los brazos de Apolo. Como a otras voces, se ha querido silenciar a García Nieto por falangista, franquista, católico y bien peinado. Pepe estaba más allá de las etiquetas porque era profundamente humano y profundamente humanista. Sus supuestos rivales dialécticos reconocían en él a un poeta, un trabajador y un amigo, una lira en tiempos de penuria. Que lo digan Cela o Fernán Gómez, Gabriel Celaya o José Hierro. Solamente los profundamente obtusos por razones políticas, son ciegos para la belleza. Quien se anime a repasar los nombres convocados por García Nieto para la revista Garcilaso (1943-1946) podrá comprobar la inmensa amplitud de nuestro poeta. Al resplandor de mi propia lumbre interior se levanta una trinidad profana de poetas, que son como el canon de mi corazón. Allí cantan Leopoldo Panero, Miguel Hernández y José García Nieto; y el alma goza y se emociona, rompe su soliloquio y se lanza a la escritura como quien parte el pan para otros, porque como decía Paul Claudel: “el fuego que arde en nosotros no es vana brasa”.

Premiado veintiséis veces en su carrera, hasta el merecido y tardío cenit del Cervantes, García Nieto le cantó al rayo, a la siesta, al sol del alba, a la amistad, a las manos:

Estas manos que tienen aún memoria,
que alojan la pasión y han provocado
un bosque, un fuego, un viento arrebatado,
¿qué son sino temblor, cárcel y escoria?
Una tierra adelantan, una orilla
del arrabal, del terraplén oscuro;
arañan azucenas en un muro
de cal donde se asoma ya la arcilla.

En la tarea fuiste Tú el primero
y me dijiste: “Mira, éste es el hombre”.
Me diste la pasión y con su nombre
la posibilidad del alfarero.

Ésa fue la revelación confiada al poeta, alfarero de las palabras, “pastor del ser”, como quería Heidegger. Y canta Pepe, sigue cantando al barro, al amor, a Dios y a la espera:

Tú eres el Dios de mi arrabal, y ya te pronuncias en voz baja porque en esta habitación vamos a estar solos, en esa habitación preparada hace más de sesenta años…

Te espero en el dolor de la alambrada con claveles prendidos por tu mano señalándome el camino que he de seguir con belleza y con riesgo.

Hay versos que marcan nuestras vidas y son como jaculatorias. Por eso llevo tu nombre en mis labios, José García Nieto, y aquel verso a Dios, sutil consuelo:

Te espero porque Tú solo podrás explicarme un día los insistentes encuentros que he tenido con la tristeza.

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