El ensayista italo-suizo Giuliano da Empoli, autor entre otros libros de Los ingenieros del caos, nos explica en esta entrevista las principales claves para entender el gran cambio de época al que estamos asistiendo.
Al día siguiente de la elección de Trump, Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, escribió en X: “Estoy seguro de que usted no comprende del todo la bifurcación de la civilización humana que comenzó ayer”. ¿Ha cambiado realmente el mundo?
La reelección de Trump fue una especie de apocalipsis en el sentido literal de la palabra: no el fin del mundo, sino la revelación de algo. El caos, que hasta entonces había sido el arma de los insurgentes, se ha convertido en hegemónico. Y nos hemos volcado en el mundo de los depredadores. Como dijo Joseph de Maistre de la Revolución Francesa, “durante mucho tiempo la tomamos por un acontecimiento. Nos equivocamos: fue una época”.
Detrás del aparente caos, ¿no hay una forma de lógica en la Administración Trump?
Por supuesto, tiene su lógica. Pero la ciencia política de los últimos cuarenta años es completamente incapaz de explicarla. Para entenderla, hay que recurrir a los clásicos latinos, como Suetonio y Tácito, o a las sátiras de Juvenal y Petronio. Incluso si lee a Maquiavelo y a Guichardin, podrá ver que los depredadores como Trump y Bukele son personajes perfectamente típicos. En cierto modo, representan la normalidad de la historia humana. La excepción fue la fase que acaba de terminar, cuando se creía que los abogados y los tecnócratas aún podían gobernar la sociedad.
Es una “vuelta a la normalidad” a escala de la larga historia, pero estamos viviendo un “momento maquiavélico”, en su opinión. ¿Qué caracteriza este momento?
En Italia, a finales del siglo XV y principios del XVI, el momento maquiavélico se caracterizó por la irrupción de la fuerza. En aquella época, la tecnología ofensiva se desarrolló más rápidamente que la defensiva: los cañones con balas de hierro fundido eran capaces de perforar las murallas de las pequeñas y muy civilizadas repúblicas italianas del Renacimiento. No fue hasta mediados del sigloXVI cuando se construyeron nuevas fortalezas capaces de resistir los ataques de la artillería pesada. Esto restableció la paz, pero Italia siguió sometida a las potencias europeas hasta mediados del siglo XIX. Hoy nos encontramos de nuevo en un momento en el que las tecnologías ofensivas se desarrollan más que las defensivas. Gracias a la tecnología digital, lanzar un ciberataque o una campaña de desinformación no cuesta casi nada, ¡pero la dificultad de defenderse es evidente! Como resultado, nuestras pequeñas repúblicas y nuestras grandes o pequeñas democracias liberales corren el riesgo de ser aniquiladas.
¿Significa el anunciado rearme de Europa que sus jefes Estado han tomado por conciencia de esta nueva situación?
Estamos experimentando el shock de la humillación. Es el choque de una provincia romana que se despierta ante un nuevo emperador; un poder muy diferente, imprevisible y arbitrario cae sobre ella, y se da cuenta de que sólo era una provincia. Esta humillación es un hecho, y está aquí para quedarse. No vamos a salir de ella rápidamente. Pero puede ser fructífera en la medida en que pueda darnos el deseo de salir de ella. ¿Seremos capaces? Es demasiado pronto para decirlo.
Usted describe un mundo regido por el equilibrio de poder: en las negociaciones con Rusia, ¿Trump muestra fortaleza o debilidad?
Sobre la base de las pruebas de que disponemos, la actitud de Trump hacia Rusia es bastante sorprendente. Yo compartía bastante la idea de que su regreso a la Casa Blanca representaba una oportunidad para cambiar la dinámica. Pero todo lo que hemos visto hasta ahora es desconcertante, incluso en términos de táctica negociadora: hemos visto a Trump ceder en gran medida ante Putin sin lograr gran cosa.
¿Pondría a Putin, Trump e incluso a Mohammed Ben Salman y Nayib Bukele al mismo nivel que los “depredadores”?
Los contextos políticos son obviamente muy diferentes y no producen los mismos resultados. Pero básicamente, todos siguen la misma lógica. Cuando se está en un momento maquiavélico en el que domina el caos, ya no hay reglas y lo que prima es el milagro político. El milagro es la intervención directa de Dios, que se salta las reglas normales de la existencia en la tierra para producir algo extraordinario. La lógica de los depredadores es la misma. Putin llama a esto “control manual”: cuando las reglas ya no funcionan, él tiene el poder de intervenir directamente para producir el resultado que desea. Esta acción directa, sorprendente y transgresora produce asombro. Desde César Borgia, ésta ha sido la forma en que los depredadores han consolidado su poder.
En Mohammed Ben Salman y Nayib Bukele encontramos la típica idea maquiavélica de que el fin justifica los medios. Así que rompen las reglas de una forma extremadamente brutal. MBS encerró a las trescientas personas más poderosas del reino en sus suites del Ritz-Carlton de Riad para meterlas en cintura. Borgia estrangulaba a sus invitados: ¡era peor, pero es el mismo principio! Después podemos hablar de los fines: en este caso, una modernización de Arabia Saudí, una mejora de la posición de la mujer, una sociedad que lucha contra los islamistas y una abolición de la policía religiosa en veinticuatro horas. Esta brutalidad está al servicio de una visión.
Lo mismo puede decirse de Bukele: encarceló a gente sin juzgarla. 80.000 personas tatuadas porque todos los pandilleros de El Salvador están tatuados, pero él cree que ha liberado a millones de personas que vivían con miedo y que ahora se encuentran en uno de los países más seguros del mundo. Se salta todas las normas, pero a veces los resultados están ahí.
Usted dice que los “depredadores” “se reconocen entre sí“. En la escena diplomática, los países cuyos líderes no son “depredadores” están condenados a la marginación?
Creo que en estos momentos les cuesta orientarse. Porque los autócratas están perfectamente acostumbrados a la idea de apoyarse en un pequeño círculo de familiares y amigos para gobernar el país. Así que les parece perfectamente normal establecer su relación con Trump sobre esa base. Pero si eres un simpático demócrata europeo, vas a querer seguir el protocolo oficial y hablar con el ministro de Asuntos Exteriores y los embajadores. Eso no te llevará a ninguna parte con Trump. Su lógica se acerca más a la de los autócratas y las familias monárquics; de hecho, él mismo trata de establecer una especie de familia monárquica<en Estados Unidos. Así que hoy en día es muy difícil orientarse para los partidarios del sistema.
Esta gente había construido su comprensión del mundo sobre el respeto de las normas y los procedimientos. Observo, además, que desde 1980, todos los candidatos demócratas a la presidencia y vicepresidencia de los Estados Unidos —con la excepción de Tim Walz — ¡eran abogados! Hoy en día, el “partido de los abogados” está totalmente pasado de moda. En su obra Enrique VI, Shakespeare hizo decir a Dick el Carnicero: “En la época de la Revolución, lo primero que hay que hacer es matar a todos los abogados”. Eso es exactamente lo que Trump está haciendo hoy: va contra los jueces y ataca a los bufetes de abogados. Los jefes tecnológicos siguen la misma lógica. No quieren leyes ni normas; sólo quieren acelerar las cosas.
Los demócratas son incapaces de adaptarse porque invocar el respeto de las normas frente a los problemas de fondo no es una respuesta satisfactoria. Ante las imágenes de prisioneros que Trump envía a a El Salvador, contraatacan diciendo: “Esta gente no ha tenido un juicio”. Eso es cierto, y es un problema, pero su respuesta es políticamente insuficiente.
Mucha gente sigue pensando que Trump está loco, es estúpido o irracional. Sin embargo, usted escribe que “no existe prácticamente ninguna relación entre el poder intelectual y la inteligencia política”…
Trump no es inteligente en el sentido intelectual de la palabra . Es alguien que no lee nada. Y no hablo sólo de libros o periódicos (eso es casi un hecho): ni siquiera lee las diez líneas de notas que escriben sus asesores para prepararle antes de una reunión. Sólo trabaja oralmente. Y sin embargo, tiene una notable relevancia política y un gran instinto de poder. Por otra parte, hay personas muy inteligentes que son unos pésimos políticos.
Durante su primer mandato, Trump podía parecer hostil a los gigantes tecnológicos, y viceversa. Ahora, con Elon Musk en el gobierno, tenemos una mezcla de ambos. ¿Cómo analiza esto? ¿Significa que están tomando el poder?
Trump no es ciertamente una marioneta. Es un hombre de poder con su propia lógica, y no está supeditado a la Tecnología. Pero estamos asistiendo a una convergencia entre los oligarcas tecnológicos y las figuras políticas extremas. Al principio, jefes tecnológicos parecían jóvenes simpáticos con capucha, pero en los últimos veinticinco o treinta años han crecido en poder hasta el punto de que ahora son comparables a los Estados. En 2012, el jefe de Google, Eric Schmidt, fue más importante para su reelección que Musk para la de Trump, pero permaneció en su puesto, entre bastidores. Hoy se ha alcanzado un nuevo nivel: los señores de la Tecnología han comprendido que les interesa barrer a las viejas élites políticas.
Las viejas élites económicas estaban perfectamente satisfechas con los simpáticos socialdemócratas y los simpáticos liberales, un centro izquierda y un centro derecha bastante similares y bastante tecnocráticos. Éstos eran los senderos azules de Davos, una ruta suavemente señalizada. Ahora hemos llegado a La Montaña Mágica. Los gigantes tecnológicos están “empeñados en liarla parda”, por citar el título del libro de Xavier Niel. El eslogan de Facebook era “Muévete rápido y rompe cosas”. Es la misma lógica de la transgresión: hay que romperlo todo, liberarse de las autoridades y de las reglas para desplegar una nueva visión. Esto converge perfectamente con la visión de depredadores como Trump, que también son outsiders y quieren liberarse de las ataduras del establishment.
Ante esta convulsión tecnológica, ¿deben las autoridades políticas apoyar el movimiento, intentar regularlo e impedirlo, o es ya demasiado tarde?
Probablemente sea demasiado tarde. Sería bastante insensato oponerse a la inteligencia artificial —no soy un ludita[1]—, pero existe un grave problema con el imperio de la Tecnología. Las nuevas tecnologías y los proyectos de inteligencia artificial bien podrían llevarnos a la siguiente etapa la evolución humana. Y no está bien que todo eso esté en manos de unas cuantas empresas y personajes privados, cada uno más terrorífico que el otro, sin ningún tipo de salvaguarda.
Las viejas élites políticas se comportaron con los gigantes digitales como los aztecas con los conquistadores. Podrían haber derrotado a los doscientos españoles que aparecieron en las costas, pero se quedaron impresionados por sus caballos y sus armas, esos palos de los que salen el fuego y el trueno. Nunca habían visto nada igual y tomaron a estos hombres por dioses. La relación entre los políticos y los jóvenes encapuchados era exactamente igual. Pensaban que eran extraterrestres —en cierto modo lo eran—. Al permanecer en este estado de fascinación, la vieja élite ha sido incapaz de reaccionar. Y merece ser barrida.
¿Conduce esto necesariamente al caos, o tiene razón Trump cuando habla en su discurso de investidura de una “nueva edad de oro”?
Si esto ocurre, la edad de oro no será para mañana. Creo que el caos empeorará aún más. Dicho esto, es posible que esta fase de transición caótica traiga consigo un nuevo orden de algún tipo. Así es como lo ven los técnicos; no imaginan un caos permanente, sino que lo ven como un instrumento para traer un nuevo orden. Un orden que ya no sería democrático, pero, en su opinión, sería beneficioso para todos porque las decisiones se tomarían racionalmente mediante algoritmos.
¿Podría el pueblo, que ya apoya cada vez menos a las élites tecnocráticas, soportar un gobierno tecnológico?
Puede que no. La verdadera novela de anticipación de la IA la escribió Kafka. Como en El proceso y El castillo, la IA toma decisiones sin que nadie sepa en qué se basan. Esto ya es una realidad para algunos trabajadores. Los repartidores casi no tienen relación con un superior humano: están solos frente a la aplicación y su algoritmo. Y esta forma de organización se extenderá a las altas esferas de la sociedad; abogados y médicos estarán sujetos a ella.
¿Estaremos preparados para tolerar un sistema cada vez más tecnocrático? Ésa es la verdadera cuestión. Lo inteligente sería integrar estos instrumentos democráticamente, lo cual no es imposible. Rilke dijo: “Vivo en mal entendimiento con las cámaras porque encuentro que son demasiado arrogantes y carecen de la humildad que deberían tener siempre las máquinas”.. Me gusta esta idea de la humildad de las máquinas. Pero para que las máquinas sean humildes, no hay que ser un ludita; al contrario, hay que ser lo bastante avanzado tecnológicamente para poder domar a la máquina.
- Partidario del ludismo, el movimiento de los obreros que, a comienzos de la revolución industrial, la emprendieron, sobre todo en Gran Bretaña, contra las máquinas. (N. del Trad.) ↑
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