Giovanni Papini o la santa imprudencia

Jorge Luis Borges, que en su peculiarísima amplitud podía admirar a Spinoza y a Chesterton al mismo tiempo, escribió alguna vez, refiriéndose a Giovanni Papini, que hay estilos que no permiten al autor hablar en voz baja. La aseveración es muy lúcida: el florentino escribe gritando y en el seno de ese grito lleva incoada la llama viva de una pasión irrenunciable. Papini nació en la misma tierra de san Felipe Neri, pero se parece más bien a san Ignacio de Loyola, a ese vasco tremendo que asumió cabalmente aquella sentencia divina que reza: cuando se recibe un nombre se recibe un destino. “Ignis” significa “fuego” en latín y por ese imperativo nominal, Ignacio pudo encarnar como principio espiritual y operante el “¡id e incendiadlo todo!”. Papini incendió en la hoguera de su tinta ardiente la hipocresía y la estupidez, el brillo fatuo de la verba sofista, el canto de sirena de las falsas ideologías.

Una vez, refiriéndose a su conversión personal, un viejo amigo me decía: “¿Sabes que pasa? Cuando se naufraga mucho tiempo, desesperado y sin sentido, y en medio de la corriente aparece un tronco providencial, uno se aferra a esa salvación”. Esa lúcida reflexión de mi amigo define a Giovanni Papini, un tipo que escribe con la absoluta radicalidad de quien conoce tanto las sombras proyectadas en el fondo de la caverna como la luz límpida del cielo abierto. La bellísima frase que el florentino consagró a la conversión de san Agustín vale para sí mismo: “Porque cuanto más espesa es la basura, al quemarse, tanto mayor es la luz en la altura”. Papini escribe con esencia italiana, pero pega a lo León Bloy. Su Historia de Cristo arranca con una certera y ácida reflexión sobre el lugar físico del nacimiento del Señor:

“Jesús nació en un establo. Un establo, un verdadero establo no es el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edificado al Hijo de David, como avergonzándose de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad. Y no es tampoco el pesebre de yeso que la fantasía confiteril de los imagineros ha ideado en los tiempos modernos […] Ese puede ser un sueño de los novicios, un lujo de los párrocos, un juguete de los niños…, pero no es, en verdad el establo donde nació Jesús”. [1]

Esto es Papini: la bofetada pertinaz, la polémica insaciable, la santa imprudencia. Un hombre que a los 30 años se consideraba “acabado”[2], aspira el aroma del llamado y reconvierte su antigua vena pasional en una pluma sin concesiones. Ya ciego, hacia el final de sus días, le dictará a su hija los trazos febriles de su Giudizio Universale (Juicio Universal, publicada póstumamente en 1957). Si Dante había escrito La Divina Comedia, Papini se siente impelido a escribir el Juicio Universal por aquello de que los italianos no se andan con chiquitas.

Quizás, querido lector, usted espera que yo de curso a la urdimbre de este artículo citando las grandes obras del Papini maduro: Historia de Cristo (1921), Los operarios de la viña (1929), Gog (1931), Los testigos de la pasión (1937), El Libro negro (1951), El Diablo (1953) o el ya citado Juicio Universal (1957), pero no, porque el ferviente rosario de sus palabras puede así carecer de sorpresa.

Tomaré una obra tempana del escritor italiano, fraguada con la pasión juvenil de quien devora y vomita, pero que marca los primeros trazos del genio poderoso, del polemista eterno.

En 1906, Papini entrega a la imprenta El crepúsculo de los filósofos. La primera línea del prefacio anuncia la naturaleza del escrito: “Este no es un libro de buena fe. Es un libro de pasión y de injusticia”. Papini aborda las figuras de Kant, Hegel, Schopenhauer, Comte, Spencer y Nietzsche con afán criminal. Su esfuerzo se orienta a desnudar la vacuidad y la ridiculez de la filosofía moderna, una liquidación de aquello que llama “equívoco aborto del espíritu humano”. El escritor florentino sujeta del cuello a cada uno de estos seis filósofos y los hace comparecer:

“Me he acercado a mirar bien en los ojos de cada uno, he tratado de descubrir en sus almas escondidas y he puesto en la tortura aquellas tres o cuatro ideas que cada uno de ellos ha inventado y ha hecho célebres después de haberlas maltratado y arrojado en el camino como inútiles carroñas”[3]

Papini expone a los filósofos pivotando sobre algunos elementos de sus biografías, exponiendo sus ideas-fuerza y extrayendo el pathos íntimo de sus doctrinas. De repente, asume las formas del catedrático, otras veces, las más quizás, se prueba el ambo blanco del cirujano…o tal vez del carnicero.

Se preguntará usted: ¿y qué es lo que dice de esos 6 filósofos? Papini no es Chesterton, su apologética no sabe de fino humor inglés, pero en medio de esa matanza nos saca algunas sonrisas propias del cine italiano.

De Kant, por ejemplo, dice:

Este hombre que habla de todo, tiene lagunas extraordinarias que son otras tantas pruebas de su espíritu de pequeño burgués. Habla de arte y de estética y no conoce a Shakespeare, jamás ha visitado una galería y prefiere la música militar a cualquier otra. Dicta cursos de geografía y nunca ha salido más de millas fuera de Königsberg; tiene en gran consideración el sentimiento y nunca pudo tener relaciones por muchos años con sus hermanos pobres. [4]

Con Kant, la mueca de Papini es irónica, pero campea cierto respeto ante su figura más que ante su doctrina. Con Hegel en cambio, el florentino es mordaz, despiadado:

Han comparado a Hegel con Cristo, con Alejandro, con Dante, con Napoleón. Y verdaderamente en su vida aparece como un mesías, como un poeta, como un conquistador. Por no pocos años se estuvo creyendo que era un Dios, y estaba rodeado de discípulos atentos, viendo sumisa a sus pies la Alemania espiritual. Pero ninguno ha pensado parangonarlo al mago Merlino, con quien tiene tanta y profunda afinidad ¿No os parece que la suya podría llamarse una filosofía de nigromante o una doctrina de encantador?[5]

Su mirada sobre Schopenhauer es similar a la de Kant. Papini cambia el puñal que usó con Hegel por el bisturí quirúrgico, quizás porque intuye que Schopenhauer fue uno de los primeros en volverse contra el panlogismo hegeliano. Para el florentino, Schopenhauer es el filósofo del pesimismo y del voluntarismo, sí, pero ante todo es un anciano precoz y su filosofía es la expresión de esa senectud:

Tendremos delante la figura legendaria del viejo gentilhombre anglófilo, un poco “ancien regime”, con un aire de médico materialista un poco maligno y libertino, desilusionado y misántropo, pero no por eso se olvida que ha sido niño y es algunas veces ingenuo y amante de las leyendas como un niñito canoso y prudente.[6]

Con respecto a Nietzsche, Papini se concentra en el revés de la trama: para la historiografía oficial y para aquellos que lustran libros con sus axilas, Nietzsche es el filósofo rebelde, el martillo implacable, la locura preclara. Papini lava el rostro del filósofo alemán y escribe:

A pesar de las imágenes y las alegorías, a pesar de los amplios horizontes escenográficos y los crescendos de las sinfonías, el secreto de Nietzsche está descubierto. En una palabra —en una sola y pequeña palabra— está el secreto de Nietzsche, en la palabra “debilidad”. […] Los hombres no aman la debilidad y la enfermedad; los que las poseen son llevados a odiarlas violentamente. Los fuertes no hacen teorías para exaltar la fuerza, los sanos no escriben el elogio de la salud. Solamente los débiles, y los débiles ambiciosos, anhelan más alta potencia por el dolor de no tener siquiera una pequeña potencia real y actual”. [7]

Sobre Comte y Spencer no abundaré en detalles en orden a la visión que Papini tiene al respecto. Quizás, porque piense como Ortega que, hacia la segunda mitad del siglo XIX a la filosofía le brotó un pequeño ataque de humildad y se llamó a silencio. La sentencia es irónica, obviamente, pero aplica al positivismo decimonónico: sin metafísica, la filosofía sufre castración.

Papini siempre ha montado guardia en la atalaya; ateo y católico, joven y maduro, en Florencia o en México, simplemente porque desde el alfa hasta el omega de su vida, ha encarnado su propio apotegma: Cada héroe es siempre aquel despierto en un mundo de dormidos.

  1. G. Papini. Historia de Cristo. Ed. Porrúa, México, 1987: p. 1 
  2. Ver: G. Papini. Un hombre acabado (autobiografía, 1913). 
  3. G. Papini. El crepúsculo de los filósofos. Ed. Claridad, Buenos Aires (Prefacio). 
  4. Ibídem: p. 12. 
  5. Ibídem: p. 34. 
  6. Ibídem: p. 65. 
  7. Ibídem: p. 127-129. 

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