¿Luis Fraga toma partido por Ucrania? Sí, por el país, por sus gentes, por ese hermoso país cuyas élites (llamémoslas así) han llevado a la perdición.
A quienes hemos vivido y trabajado en la Ucrania de principios de siglo nos invade un sentimiento de profunda nostalgia cuando recordamos lo que fue aquello.
Conocí y viví lo que fue aquella Ucrania. Y, ante todo, he de levantar acta de la inmensa calidad humana de ucranianos y ucranianas. Gente amable, trabajadora y hacendosa, a veces algo impulsiva, aunque muy noble. Se vuelcan para ayudar a quien tiene un problema, y si alguien tropieza en la calle y cae al suelo siempre todos acudirán a socorrerle. Buena gente.
Y, además, la belleza del país. Bellos ríos, bosques y llanuras nevadas en invierno, pero rebosantes de vida en verano en el país con el mejor suelo fértil y el mejor granero de Europa. Bellos monasterios e iglesias en todo el país, pero sobre todo en Kiev, lugar de inmensa fuerza telúrica donde con razón se fundó Rusia en el siglo IX ante las milenarias aguas del ancho y poderoso Dniéper. Todo allí es belleza en el país con impresionantes paisajes, monumentos, y las mujeres más guapas del mundo.
Por eso, a quienes hemos vivido y trabajado en Ucrania nos duele, y mucho, que todo aquello ahora se haya perdido para siempre. La Ucrania que yo conocí está destrozada. La Ucrania de principios de siglo nunca volverá a ser lo que fue.
En tiempos de la Unión Soviética, de todas las repúblicas que la integraban, Ucrania era el lugar más próspero. Ahora, el más pobre. Su población y extensión territorial eran mayores que las de España. Ahora, mucho menores en un país casi despoblado que de momento ha perdido una cuarta parte de su territorio y un tercio de su población.
Pero, entonces, ¿qué demonios ha pasado? Ante todo, hay que ser conscientes de que la opinión pública europea desconoce lo que es Ucrania, su historia y sus convulsiones políticas. Su visión está mediatizada por un manido relato oficial que poco tiene que ver con la realidad: Según ese relato, el causante de la catástrofe en Ucrania es Putin (siempre se personifican los males en él), al que un buen día le dio por invadir la pacífica y ejemplar democracia ucraniana. Pero ¿la cosa es así de simple? Los que hemos vivido y trabajado en Kiev (quien esto escribe fue en Kiev empresario desde 2012, asesor del gobierno ucraniano en 2013, y principal figura visible del “Instituto para la paz” de Kiev desde 2016 hasta su desaparición por la guerra en 2022) sabemos que no. Las causas de la catástrofe en Ucrania son mucho más profundas. Y los enfoques simplistas faltan, además, a la verdad, que es otra: Ucrania, la excelente gente de Ucrania, ha sido víctima de la pésima calidad de sus castas dirigentes, mucho peores, y ya es decir, que las de España.
Políticos egoístas e insensatos en el país con mayor corrupción de Europa. Enorme inseguridad jurídica. Debilidad institucional. Y, además, los nefastos oligarcas. El fenómeno de los oligarcas es exclusivo de los países de la antigua URSS: Individuos que en los años 90, cuando cae la Unión Soviética, se enriquecieron escandalosamente mediante el negocio fácil de las privatizaciones y luego, además, intentan mandar en política, alguno de ellos (Poroshenko y Kolomoisky, por ejemplo, en Ucrania) con un ejército privado a sus órdenes. Eso no existe en Europa Occidental. Aquí hay hombres muy ricos, pero ninguno osa mandar en la política, y quienes lo han intentado han acabado en la cárcel. Pero en Ucrania esto es moneda corriente.
Ese apestoso mejunje de oligarcas y políticos corruptos ha mandado en Ucrania desde su independencia de la URSS sin que ninguna institución, ley o freno pudiese poner coto a sus desmanes. Por eso Ucrania se ha hundido.
Con todo, hasta 2014 Ucrania no sólo era un país viable, sino necesario. Pese a sus problemas de corrupción y debilidad institucional e inseguridad jurídica, Ucrania era el colchón ideal entre Rusia y Europa del Oeste. Más abiertos a Europa que Rusia, eran, a la vez, parte de Europa y, además, de la civilización ruso-ortodoxa de la antigua URSS, como España lo es, a la vez, de Europa y del mundo hispanoamericano.
Y, siempre, y a diferencia de Rusia, han mostrado un rostro amable con el resto de Europa. Por ejemplo, a principios de siglo suprimieron sin reciprocidad la exigencia de visados para europeos del Oeste. Resultado: más turistas y buena imagen, en primer lugar, pero además, años después, Europa, en reciprocidad, suspendió la exigencia de visados a los ucranianos. Fueron hábiles, a diferencia de Rusia, con la que sigue habiendo una exigencia mutua de visados de tediosa tramitación burocrática. Ucrania es amable y hospitalaria.
En la actualidad, sólo Bielorrusia (no olvidemos este país) ha tomado el testigo de aquella Ucrania: país serio, colchón entre Rusia y la UE, donde reina el orden, más limpio aún que Suiza, sin exigencias de visados y sin dificultades para el ciudadano extranjero, como sucede en Rusia. Y país que con razón se está convirtiendo en centro de encuentros y acuerdos internacionales a gran escala. Ejemplo de ello son los acuerdos de Minsk (incumplidos por Europa) y la Conferencia anual de Minsk sobre Seguridad en Eurasia, paralela a la de Múnich, que es todo un ejemplo de diálogo entre la UE y el resto de Eurasia
Entonces, ¿por qué Ucrania se ha hundido? La respuesta es clara: por el golpe de Estado del Maidán en 2014. ¿Golpe de Estado? Si. Yo estaba allí y lo viví. Los medios europeos lo llamaron “revolución”, pero fue un Putch organizado con muchos medios y financiación desde el extranjero, concretamente por EE. UU. y el Reino Unido, para deponer —y lo lograron— al presidente democráticamente elegido y poner en su lugar a una Junta títere que pudiese usar a Ucrania como ariete contra Rusia. La primera decisión de esa Junta títere fue prohibir en el Este de Ucrania el idioma materno de la población, el ruso. Craso error. Ello condujo a que estas provincias se rebelasen y declarasen la independencia. Ahí, como guerra civil que en 2013 yo había pronosticado, empieza la guerra actual. En 2014. Conflicto armado en el que Rusia ha intervenido en 2022 con una guerra a gran escala. No le quedaba otra, pues no quería que Ucrania entrase en la OTAN, y además para proteger el idioma materno de la población de Ucrania que se siente rusa. Lo extraño es que Rusia no lo hiciese antes.
Pero no fueron sólo EE. UU. quienes urdieron el golpe de Estado de 2014. Contaban con cómplices interiores: los nazis ucranianos del Oeste en primer lugar, pero además los famosos oligarcas, traidores a Ucrania. Y les salió bien. Tras la Junta provisional que surgió del Maidan, el oligarca Poroshenko fue elegido presidente, mientras que el cada vez más rico Kolomoisky colocó a Zelensky en la presidencia tras acabar Poroshenko su mandato. Quien esto escribe conoce bien esta historia , pues intentaron meterlo en la conspiración (necesitaban más respaldo extranjero), organizándome, a través de una Fundación financiada por Soros , un encuentro con Poroshenko casi dos años antes del golpe y de que fuera presidente. ¿Fue ese encuentro en Kiev, en Járkov o en Odesa? No. En Washington. Más claro, agua. Me negué porque el tipejo me causó mala impresión. Y acerté, pues nada más ser elegido presidente lanzó sus tropas, vestido de militar, contra la separatista (con razón) Donetzk, dando lugar a la guerra civil que con la intervención rusa desde 2022 ha estado a punto de llevarnos a una guerra nuclear.
Ucrania, ahora, la bella y hospitalaria Ucrania en la que viví y trabajé, está ahora destrozada. Tal vez para siempre. Rusia seguirá avanzando hacia el Dnieper en el campo de batalla; Polonia, no lo descartemos, con uno de los mejores ejércitos de Europa, tal vez invada parte del Noroeste. El país puede desaparecer o, en el mejor de los casos, ver reducidas su población y territorio en un tercio, y sin duda Zelensky acabará mal. Guerra larga, en cualquier caso, pese a los ilusos intentos de Trump (pero los EE. UU generaron esta guerra) de apaciguar la situación en la Cumbre de Alaska.
Nos queda, a quienes hemos trabajado y vivido en ese bello país al que queremos, la nostalgia. La nostalgia de un lugar excelente con magnífica gente que ya nunca volverá a ser lo que fue.
Luis Fraga fue senador en España durante 21 años (1989-2011). Asesor (2013-2014) del Gobierno de Ucrania, y destacado miembro —principal cabeza visible— del Consejo de Dirección del “Instituto para la Paz” en Kiev (2016-2023) hasta su reciente ilegalización. Fundador (2011) del grupo parlamentario informal de amistad entre Ucrania y España. Patrocinador (2022) del primer libro bilingüe en español y ucraniano sobre poesía y pintura ucranianas.









