¡Qué racha la de Trump en 2026! Maduro en Venezuela, El Mencho en México, el ayatolá Jamenei en Irán. Esperando a ver cuál sea el cuarto que caiga, hacemos preces para que no se olvide de la tiranía castrista en Cuba. Mientras tanto, leemos con fruición las reflexiones de Trystan Mordrel sobre el actual signo geopolítico.
La muerte del Guía Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, no es el derrumbe de un enemigo ni el triunfo definitivo de otro. No es el colapso de Occidente ni la implosión automática de sus adversarios. Es algo más sutil y profundo: el agotamiento de una ilusión histórica, la del orden mental nacido en 1945, ese edificio de normas, foros y declaraciones que creyó haber domesticado para siempre la sustancia trágica del poder.
La operación que lo eliminó no buscó ruinas espectaculares ni columnas de humo visibles desde el horizonte. No se trató de devastar instalaciones ni de paralizar aeródromos. Fue una espera, casi una vigilia técnica. Meses de inteligencia, de interceptaciones, de paciencia geométrica, hasta que el vértice del régimen coincidiera bajo un mismo techo. Y entonces, en pleno día, cuando la doctrina defensiva esperaba la noche, la decisión cayó con la precisión de un bisturí. No fue una batalla. Fue una afirmación de voluntad.
El año 1975
Quien quiera comprender la densidad del momento debería volver a 1975, aquel año en que la sensación de declive parecía universal. No sólo por Irán, que aún no había ingresado en su fase teocrática, sino porque ese año condensó una intuición de ocaso en distintos escenarios del mundo occidental.
En abril, Saigón cayó con la lentitud de una puerta que ya no tiene bisagras firmes. La imagen del helicóptero sobre el techo de la embajada estadounidense no fue apenas un episodio militar; fue una fractura simbólica. La potencia que había estructurado el orden de posguerra parecía incapaz de sostener su propio relato. En septiembre, en España, el franquismo ejecutó a cinco militantes del FRAP y de ETA, en un gesto final de rigidez que ya no podía ocultar la fatiga del régimen. Las condenas internacionales se multiplicaron. El aislamiento era palpable. En noviembre, tras una agonía prolongada y casi ritualizada en la televisión, murió Franco. Y sin embargo, España no estalló.
La llamada Transición española es evocada como modelo de conciliación. Lo fue en su superficie institucional. Pero en su interior significó algo más complejo: una cesión gradual del poder político por parte de una derecha que había perdido impulso histórico. Conservó espacios económicos, preservó estructuras sociales, mantuvo influencia en zonas decisivas del tejido productivo, pero la derecha renunció a disputar la orientación profunda del Estado. La voluntad política se evaporó; quedó la gestión. Fue una mutación sin ruptura, una transferencia sin drama visible, donde la continuidad económica se aseguró a cambio de la retirada doctrinal. No hubo revolución, pero tampoco hubo afirmación renovada.
Mientras tanto, en la Argentina, 1975 no era transición, sino vértigo.
El gobierno de Isabel Perón se movía entre decretos contradictorios y crisis superpuestas. El «Rodrigazo»[1] pulverizó el salario real con una violencia casi física; la inflación avanzaba como un incendio sin brigadas suficientes. En Tucumán, el ERP[2] intentaba implantar un foco rural inspirado en la experiencia cubana, y el Operativo Independencia marcó el ingreso explícito del Ejército en la lucha antisubversiva. En las ciudades, los Montoneros intensificaban secuestros, atentados, copamientos y ataques a unidades militares. La violencia insurgente era sistemática, ideológica, sostenida en el tiempo.
La Triple A respondió con asesinatos selectivos, en una lógica clandestina que dejó víctimas y profundizó la degradación institucional. Fue brutal, fue ilegal, fue parte de la espiral. Pero el clima previo ya estaba electrizado por la acción armada revolucionaria que aspiraba abiertamente a la toma del poder. Argentina no vivía una disputa parlamentaria intensa; vivía una guerra subterránea donde la legalidad se erosionaba día a día. El asalto de Monte Chingolo, en diciembre, terminó en derrota para el ERP, pero para entonces el tejido del Estado estaba agrietado. La sensación social dominante era la del desgobierno, del vacío, del cansancio colectivo. El golpe de marzo de 1976 no irrumpió como una anomalía aislada; fue el desenlace de un proceso de desgaste acumulado.
Y, sin embargo, aquel 1975 que parecía anunciar el ocaso definitivo de Occidente no fue su final. La década siguiente demostraría que el declive no era irreversible. Hubo reacción, reordenamiento, recuperación estratégica. La necrológica fue prematura.
Hoy la situación es distinta. No asistimos al colapso de los enemigos de Occidente. Irán no desaparece con la muerte de un líder; China no se desmorona; Rusia no se evapora. Tampoco vemos el derrumbe del propio Occidente. Lo que se agota es el paradigma mental que creyó haber sustituido la decisión por el procedimiento, la voluntad por la norma, la política por la administración técnica del mundo.
El derecho internacional no desaparece, pero vuelve a ocupar su lugar subordinado. El centro vuelve a ser la capacidad efectiva de actuar. La muerte de Jamenei no es una escena final, sino un recordatorio de que la historia nunca se dejó domesticar del todo.
En este contexto, Europa enfrenta su encrucijada más delicada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas vivió bajo tutela estratégica estadounidense. No sólo delegó su defensa: delegó su pensamiento. Adoptó categorías morales ajenas, convirtió la normatividad en sustituto de la potencia y transformó la autocrítica permanente en política cultural. La culpa fue elevada a principio rector. Y una civilización que se contempla exclusivamente a través de sus faltas termina dudando de su legitimidad para actuar.
Spengler advertía que las culturas no mueren por agresión externa sino por agotamiento interior. Cuando pierden confianza en su forma, se vuelven administradoras de su propia disolución. Europa corre ese riesgo si persiste en definirse más por su penitencia que por su voluntad.
La muerte de Jamenei no inaugura una era pacífica ni anuncia un derrumbe inmediato del régimen iraní. Tampoco significa la victoria definitiva de Occidente. Las civilizaciones no caen por la desaparición de un hombre, ni se redimen por una operación quirúrgica. Lo que sí revela es el agotamiento de una ilusión: la de un orden internacional que se creyó irreversible porque estaba escrito en tratados y sellado en instituciones.
El mundo que nació en 1945 no desaparece, pero pierde su carácter sagrado. La arquitectura normativa ya no basta para contener la voluntad estratégica de las potencias. La decisión vuelve a ocupar el centro, no como capricho, sino como fundamento último de la soberanía. En esa reconfiguración, Europa enfrenta una prueba de madurez: seguir habitando una tutela cómoda, donde el pensamiento estratégico es importado junto con las garantías de seguridad, o recuperar una autonomía intelectual que preceda a cualquier autonomía militar.
Pero la cuestión no concierne sólo a Europa. La América hispana arrastra, desde el siglo XIX, una relación ambivalente con Estados Unidos. Independiente en el discurso, dependiente en los hechos. Ha oscilado entre la imitación, la resistencia retórica y la subordinación práctica. Sus élites han denunciado el «imperialismo» mientras negociaban bajo sus reglas financieras y estratégicas. Esa forma de vasallaje no siempre es militar; suele ser mental. Consiste en medir la propia política según categorías ajenas, en reaccionar en lugar de decidir.
Europa y la América hispana en la encrucijada
El siglo XXI ofrece a ambos espacios —Europa y la América hispana— una misma disyuntiva: permanecer como periferias morales del orden atlántico o reconstruir una conciencia histórica propia. No se trata de romper alianzas ni de ensayar bravatas, sino de abandonar la comodidad de la delegación permanente. Una civilización que no piensa su lugar en el mundo termina aceptando el que otros le asignan.
1975 pareció anunciar el ocaso definitivo de Occidente. No lo fue. Fue una fase de transición hacia otra configuración del poder. Hoy tampoco asistimos a un colapso terminal. Lo que observamos es una redistribución de fuerzas, una nueva etapa en la larga dialéctica entre norma y voluntad, entre derecho y potencia.
La historia no desapareció en 1945. Sólo quedó amortiguada durante unas décadas por la estabilidad relativa de la Guerra Fría y el espejismo posterior de la globalización pacificadora. Ahora reaparece con su ritmo antiguo, más sobrio que épico, más estructural que dramático.
Quien confunda este momento con un fin absoluto se equivoca de siglo. No es el final de nadie. Es el principio de una recomposición.
Las recomposiciones del orden internacional nunca benefician a quienes se limitan a administrar lo heredado. Favorecen a las potencias que anticipan el cambio y actúan, no a las que esperan que el equilibrio anterior se restablezca por sí solo.














