«La peor forma de desigualdad es tratar de hacer igual aquello que es desigual», decía Aristóteles (la cita es apócrifa). No sólo él lo decía; todos nuestros antepasados sabían y practicaban las consecuencias de semejante saber: ellos, que incluso cuando estaban en democracia, no trataban en absoluto como iguales a los desiguales. Todo lo contrario hacemos nosotros, que, habiendo sustituido la democracia por la oclocracia, tenemos el veneno de la igualdad incrustado en nuestro corazón macerado en envidia.
Por ello, incluso quienes defendemos a capa y espada la identidad patriótica, la pertenencia a nuestro linaje, el arraigo en nuestra cultura y civilización, andamos temerosos y como de puntillas cuando la embarazosa cuestión de la desigualdad aparece sobre el tapete. ¿Defender la jerarquía, la autoridad y, por ende, la desigualdad? ¡Por Dios! ¡Cuidado, cuidado, que hasta tan lejos no se puede llegar!, solemos decir, así sea para nuestro coleto.
De modo que, dada la situación, uno no puede sino saludar con enorme placer la publicación en IDEAS, la sección que Hughes dirige en La Gaceta, del artículo que les presentamos a continuación.
Estoy cansado de pretender que la ‘Igualdad’ sea algo deseable. Tampoco puedo aventurarme a afirmar que constituya un fin loable o un bien; es más, creo que es un mal, y uno de los peores que puede soportar un grupo humano. La pulsión igualitaria se emplea como un señuelo, el que utilizan los mediocres para subvertir el orden natural. Y, en un giro inesperado de los acontecimientos, el señuelo ha devenido religión, y con él, la oclocracia impone su ley, que es la peor de las leyes.
Estar en contra del igualitarismo no supone estar del lado de la desigualdad extrema. No pretendo aquí apoyar las pretensiones del duque de Sutherland de poseer las granjas de todo un condado, ni de que tenga a todas nuestras mujeres en un solo harén. ¡Chesterton me libre! Esto es algo obvio. La desigualdad extrema no es deseable porque genera condiciones paupérrimas para gran parte de la sociedad. Para que una comunidad sea fuerte, debe haber cierta estabilidad, similitud entre sus miembros y una serie de condiciones que garanticen su perfectibilidad. Hasta aquí todo claro.
La pretensión igualitaria actúa como una gangrena en el cuerpo social: una ideología que busca necrosar cualquier principio de diferencia. En este sentido, es la utopía de lo «Mismo», en tanto que necesita crear un mundo llano, plano, indiferenciado. ¿Por qué? Porque, en su carácter patológico, asocia la desigualdad con la opresión, la esencia conflictiva de la naturaleza humana con la violencia, y la diferencia con la exclusión. Pero, además, en un nivel más profundo y primitivo, porque la verdad de la realidad duele; ésta nos muestra que hay hombres mejores que otros y que lo mediocre es incapaz de emular lo superior. Según Fernández de la Mora, esta «inasequibilidad subjetiva» da lugar a la envidia y al resentimiento, que, actuando como fuerzas motrices del igualitarismo, buscan erradicar cualquier manifestación superior.
Esta aspiración delirante no nace porque sí. Algunos consideran que el cristianismo sienta las bases del igualitarismo al consagrar la igualdad de todos los hombres ante Dios. Así, dicen que fue la secularización de la idea cristiana de igualdad la que ha motivado esta ideología. Hasta cierto punto, tienen razón. Pero más acertados están aquellos que consideran que fue la victoria del liberalismo la que impulsó el dogma igualitarista. ¿Por qué? Porque con su pretendida libertad negativa sienta las bases, no de una desigualdad metafísica, sino de una anomia y entropía social, que diría Tomislav Sunic.
¿Esto qué significa? Que la libertad liberal presupone la desvinculación del hombre respecto del orden ontológico de las cosas: al darse ley a sí mismo rompe con el principio de autoridad, erosiona las jerarquías y vínculos naturales y da rienda suelta a sus apetencias y deseos, provocando un estado de cosas anómico y anémico que elimina las certezas, expande la inseguridad vital y encumbra el desarraigo. De este modo y sin pretenderlo, engendró las condiciones reactivas a su propio proyecto ideológico. El liberalismo dio lugar a la reivindicación igualitaria, pues ésta constituye la reacción lógica contra lo que Claude Polin denominó «la tiranía de todos contra todos y en todo momento».
El homo œconomicus
A ello se suma que, en su propio seno, albergaba el elemento decisivo para tal transformación: la difusión y universalización de un nuevo tipo de hombre, el hombre genérico. Para el liberalismo, éste no podía ser otro que el homo œconomicus, un ser definido esencialmente por su dimensión económica. Para el igualitarismo, en cambio, el hombre nuevo es, ante todo, el hombre unívoco, cuya nota constitutiva no es ya una determinación concreta, sino el hecho mismo de ser «Uno». Todas las diferencias cualitativas quedan así desprovistas de legitimidad ontológica. Es más, podían y debían ser sacrificadas en el altar del hombre genérico, universal, abstracto e intercambiable. Así es como la ideología igualitaria radicaliza la idea del nuevo hombre del liberalismo.
¿Y por qué ha devenido en totalitaria esta ideología? Porque el igualitarismo, cuando se absolutiza, se convierte en dogma de fe. No puede admitir discusión ni excepción, y entroniza la igualdad como principio último. Éste es su sentido teológico-político: define un bien supremo, identifica herejías y exige una constante vigilancia moral.
Como señala Sunic, «un sistema totalitario no es el apogeo del omnipotente Estado, sino el principio de una sociedad enormemente impersonal». Esto es precisamente lo que emerge cuando la igualdad se convierte en dogma; una sociedad crecientemente impersonal, no por evolución orgánica, sino por un esfuerzo de ingeniería social. Y, en este sentido, hoy nos encontramos ante su expresión más radical, la que absorbe y unifica todas las corrientes igualitarias: el igualitarismo moral de Kant —y de Rawls—; el igualitarismo jurídico de los derechos humanos; el igualitarismo político de Rousseau; el igualitarismo económico y material del marxismo; y el igualitarismo biológico-cultural entre cuyos exponentes se encuentran Franz Boas, Judith Butler o Ashley Montagu.
No hace falta elevarse demasiado para entenderlo. Simplemente basta con observar el constante empeño de los «esclavos naturales» aristotélicos —de esto hablaba Nietzsche—, envidiosos y resentidos por naturaleza, por suprimir todas las diferencias. Para ellos —entre los que se encuentra gran parte de la izquierda—, los sexos no pueden existir, porque implicaría establecer el binomio diferencial de hombre-mujer. Tampoco puede haber razas, porque el hecho biológico descubre diferencias físicas, psíquicas y culturales. En esta cruzada, la cultura debe modificarse para que la diversidad de lenguas, tradiciones, usos, costumbres y preferencias se desdibujen. Las leyes nacionales, propias de un pueblo y por lo tanto distintas del resto, deben integrarse y universalizarse bajo declaraciones lo suficientemente abstractas y vagas como para apelar a toda la humanidad. Lo mismo ocurre con la pretensión de una ciudadanía global. ¡Viva la gobernanza global de la democracia universal! ¡La humanidad es una sola, vivan los derechos de los ciudadanos del mundo!
Las diferencias económicas deben sufrir igual suerte. De ahí el afán de precarizar y nivelar los salarios, de fomentar no solo la igualdad de oportunidades, sino la de resultados —que incluye la igualdad patrimonial—. Ni siquiera se libran las opiniones, que aparte de ser iguales, deben incluso respetarse. Pero podríamos hablar también del sistema educativo o del efecto homogeneizador que tiene el consumo masivo de «productos culturales», entre otras cuestiones.
Una breve mención merece la incansable promoción del relativismo moral, el libre desarrollo de la personalidad o el fomento de la «autenticidad». Aparentes celebraciones «diversitarias» que no hacen más que crear un mundo de diferencia aparente e igualdad inmanente, niveladora, que sofoca la jerarquía natural de los hombres. Así, el ser humano está llamado a ser quien quiera ser, pero este solo puede ser lo «Mismo».
No me lo estoy inventando, lo dicen ellos con esa discursividad llena de declamaciones sentimentaloides: sobre la necesidad de «democratizar» la sociedad, alcanzar una «participación plena», lograr una inclusividad inclusiva, establecer consensos infalibles o de luchar contra todas las discriminaciones. Y en este espectáculo lacrimógeno confunden igualdad con justicia; el principio suicida con el principio antiigualitario por excelencia.
El igualitarismo como pulsión de muerte
El totalitarismo igualitario es suicida porque, ante todo, es una pulsión de muerte. Esto se debe a que la única forma de materializar sus fines pasa por la aniquilación del espíritu superior. La inasequibilidad subjetiva no es otra cosa que la imposibilidad de ser más, de emular aquello mejor. Y esta incapacidad lleva indefectiblemente a una voluntad de que los que puedan ser más no lo sean, de que los mejores sean arrastrados por el impulso nivelador de la masa. Como dice Fernández de la Mora «la más alta función de un grupo es engendrar individuos egregios. Por eso la excelencia de una sociedad depende de su capacidad para producir personalidades eminentes» sin las cuales no existiría el progreso ni el perfeccionamiento de la naturaleza al que se refería santo Tomás.
Todo movimiento, toda acción, implica actualización. Es el paso de lo potencial a lo real, de la posibilidad a lo fáctico. Los inquisidores de la diferencia, al reconocer en el movimiento un estado distinto del previo y, por tanto, diferente-desigual, deberían abrazar el inmovilismo propio de los cadáveres. Si la utopía llegara a término, habríamos logrado el sueño del totalitarismo igualitario: la negación de la vida.
Frente a ello debe articularse un renovado espíritu, que vea en la diferencia un bien, en la desigualdad justicia y en la jerarquía, orden. La naturaleza nos llama a producir tipos superiores que actúen en pro de las causas más grandes y nobles. Pero de ello no me ocuparé; al menos, no esta vez.
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